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Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:15.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Clara Serrano juró que nunca volvería a caer por Adrián Fuentes.
Un año atrás, él le rompió el corazón, la dejó con una mentira clavada en el pecho y desapareció justo cuando ella más necesitaba una explicación.
Ahora Clara sólo quiere trabajar, cuidar a su madre y mantenerse lejos de los hombres peligrosamente guapos.
Pero el destino tiene pésimo sentido del humor.
En una consulta médica, vuelve a encontrarse con Adrián: el mismo rostro que no pudo olvidar, la misma voz que todavía le eriza la piel... y ahora también el poderoso CEO capaz de comprar medio mundo con tal de acercarse a ella.
Clara intenta huir.
Adrián no piensa soltarla.
Para protegerse y resolver sus propios problemas, Clara acepta firmar un contrato con él: un año juntos, beneficios claros y nada de enamorarse.
Pero Adrián no quiere una novia por contrato.
Quiere a Clara.
La que lo odia, lo provoca, lo reta y todavía tiembla cuando él la besa.
Entre celos, secretos, dinero, deseo y una verdad que ninguno de los dos ha terminado de confesar, Clara tendrá que decidir si Adrián Fuentes es el error más caro de su vida...
O el único hombre que siempre estuvo dispuesto a perderlo todo por ella.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2

Iván Ríos sintió que le vaciaban una cubeta de agua helada encima.

En su cabeza sólo había tres palabras:

Ya valí.

¿Cómo iba a explicarle esto al señor Fuentes?

¿De verdad su encanto era tan brutal que casi conquistaba a la mujer de Adrián Fuentes?

No.

Eso no sonaba a buena noticia.

Sonaba a sentencia.

Clara dijo algo más, pero Iván ni siquiera lo procesó. En cuanto ella se fue del café, él salió casi huyendo hacia la oficina de Adrián.

Tardó un buen rato frente a la puerta.

Respiró.

Le pidió a todos los santos que su cara siguiera intacta al final de la tarde.

Luego entró.

Adrián levantó apenas la mirada.

Tenía los ojos fríos.

No fríos de indiferencia.

Fríos de celos.

Y en cuanto vio la cara de Iván, la pluma que tenía entre los dedos se partió con un chasquido seco.

Iván se quedó tieso.

El aire de la oficina se volvió pesado.

De pronto imaginó su futuro: él, en una mina perdida, pagando con sudor el pecado de haber recibido un elogio de Clara Serrano.

Porque eso era.

Un pecado.

Casi le gustó a la mujer del jefe.

Adrián lo miró durante varios segundos.

—Ven.

Una sola palabra.

Iván tragó saliva.

No quería.

Pero era un junior mantenido por su familia, con más ropa cara que valor real. Frente a Adrián Fuentes, lo único inteligente era obedecer.

Se acercó.

Adrián se puso de pie y lo observó con una atención lenta, incómoda, como si quisiera encontrar defectos en cada centímetro de su rostro.

Luego soltó una risa baja.

—¿Le pusiste algo en el café?

Iván parpadeó.

—¿Qué?

—Algo para marearla. Para que dijera que eres guapo.

Porque, si no, Adrián no encontraba explicación.

¿Clara había dicho que Iván era guapo?

¿Que si no tuviera tanto historial hasta lo pensaría?

Sólo de imaginarlo, se le tensó la mandíbula.

Iván alzó las manos, pálido.

—Señor Fuentes, se lo juro, yo no tengo nada de eso.

Adrián lo miró de arriba abajo con absoluto desprecio.

—Entonces explícame cómo te vio atractivo. Con esa cara de producto regresado a fábrica.

Eso dolió.

Iván estaba convencido de que era guapo.

Guapísimo.

Pero también estaba convencido de que decirlo en voz alta en ese momento podía costarle la nariz.

Así que se calló.

Adrián tomó su celular, escribió algo y lo dejó sobre el escritorio.

Un minuto después entraron dos hombres.

Iván giró la cabeza.

—¿Qué... qué pasa?

Los hombres caminaron directo hacia él.

—Señor Fuentes, ¿qué van a hacer?

Adrián volvió a sentarse.

—Una pequeña mejora.

—¿Mejora?

Iván intentó retroceder, pero los dos hombres ya lo tenían sujeto.

—¡Espere! Podemos hablarlo. La cara no, por favor. Es lo único que tengo.

Adrián sonrió apenas.

No fue una sonrisa amable.

—Tranquilo. Es temporal.

Claro.

Si Clara pensaba que esa cara era guapa, bastaba con arruinarla un rato.

A ver si la próxima vez todavía decía la palabra guapo con tanta tranquilidad.

Iván murió por dentro.

Al día siguiente, cuando volví a mi edificio, vi a alguien esperándome afuera.

No tuve que acercarme para saber quién era.

Adrián estaba recargado junto a un coche negro, con un traje hecho a la medida, las piernas largas ligeramente cruzadas y ese aire de hombre caro, frío, imposible de tocar.

Cada línea de su cuerpo parecía puesta ahí para arruinarme la paz.

El sol le daba de lado y le dibujaba un borde dorado en el perfil.

Qué rabia.

Hasta la luz estaba de su parte.

Él escuchó mis pasos y levantó la mirada.

Por un segundo, se me fue el aire.

Luego vi cómo sus labios querían curvarse.

Lo contuvo.

Yo llevaba un vestido claro, sencillo, de esos que usaba para verme limpia y profesional sin pensar demasiado. Aun así, su mirada bajó un instante por mi cuerpo, no de forma vulgar, sino con esa familiaridad peligrosa de quien recordaba demasiado.

Me obligué a reaccionar.

Pasé de largo hacia la entrada.

Adrián se movió y me bloqueó el paso.

—Estás estorbando —dije.

Fuera del consultorio, sin camilla, sin bata, sin esa vergüenza clínica, recuperé un poco de fuerza.

—Sí —contestó él.

¿Sí?

¿Eso qué significaba?

Fruncí el ceño.

—Hazte a un lado.

No quería repetir errores.

Algunas caídas sólo necesitaban una vez para dejar cicatriz.

Adrián no se movió. Metió una mano en el bolsillo del pantalón y sacó algo.

—Olvidaste esto.

Miré su mano.

Un paquete de pañuelos.

Abierto.

Con unas cuantas hojas adentro.

Lo reconocí.

Lo había sacado en el hospital para limpiarme las manos.

Me dieron ganas de reírme.

—¿Manejaste hasta aquí para devolverme unos pañuelos? Lo que gastaste en gasolina compra una caja entera. Qué generoso.

Adrián aprovechó la palabra como si se la hubiera puesto en bandeja.

—Sí. Soy generoso en muchas cosas. Tú lo sabes.

Se acercó un poco.

Su voz bajó.

—No sólo lo sabes. También lo has usado.

El olor de su perfume me golpeó.

Limpio.

Amaderado.

Demasiado conocido.

Por un instante, el año entero que intenté poner entre nosotros se volvió delgadísimo.

Di dos pasos hacia atrás.

—¿Qué he usado?

Maldita sea.

¿Para qué pregunté?

Adrián sonrió con esa calma de hombre que sabía exactamente dónde tocar una herida.

Volvió a inclinarse hacia mí, cerca de mi oído.

—Mi dinero.

Hizo una pausa.

Su respiración me rozó la piel.

—Y también...

Me ardió la cara.

Retrocedí otros dos pasos y lo miré con toda la alerta del mundo.

Había sido una tonta por abrir la boca.

Siempre igual.

Él decía una cosa con la voz baja y mi cabeza regresaba a un año atrás, cuando también me provocaba así, cuando yo fingía enojo y terminaba roja, escondiendo la cara contra su pecho.

No.

Eso ya no existía.

Adrián pareció de excelente humor. Me tendió los pañuelos.

—Te traje tus cosas. ¿No deberías invitarme a comer?

Tomé el paquete.

—Sí.

Sus ojos se iluminaron apenas.

—¿Sí?

—Sí, no debería. Ya puedes irte.

Adrián se quedó quieto.

Por un segundo pareció no saber si reír o enojarse.

—Ahora juegas con las palabras.

—Aprendí varias cosas este año.

Intenté rodearlo, pero él volvió a hablar, como si no le importara mi prisa.

—Escuché que hay un junior de familia rica siguiéndote todos los días.

Me detuve.

—¿Me investigaste?

Su expresión no cambió.

—No. Lo escuché de un amigo. Conozco al tipo.

Mintió con una naturalidad que casi daba miedo.

Luego añadió, con desprecio:

—Es feo y encima sueña demasiado. ¿Quieres que te ayude?

Me relajé un poco.

Claro.

¿Qué tenía yo para que Adrián Fuentes se tomara la molestia de investigarme?

Quise terminar la conversación.

—No necesito ayuda.

Y, porque todavía tenía orgullo, añadí:

—Además, sí es guapo.

El rostro de Adrián se tensó.

No mucho.

Lo suficiente para que yo lo notara.

Su mandíbula se marcó.

—¿Guapo? ¿Ése?

Me miró como si acabara de diagnosticarme una enfermedad nueva.

—Creo que además de ginecología necesitas oftalmología.

—Qué gracioso.

—¿De verdad te gusta esa cara? ¿Más que la mía?

Mi pecho se apretó.

Porque la respuesta era obvia.

Porque, desde que lo vi en el consultorio, una parte estúpida de mí se había quebrado.

Adrián seguía siendo Adrián.

Y eso era precisamente lo peligroso.

Me recordé a mí misma lo que había pasado.

No te hundas otra vez.

Si vuelves a caer, la que se va a romper eres tú.

Intenté entrar al edificio.

No pude.

Adrián apoyó una mano en la pared, luego la otra, y me encerró entre su cuerpo y la entrada.

Su sombra cayó sobre mí.

El aire se llenó de él.

La cercanía, el perfume, la temperatura de su pecho bajo el traje, esa forma de mirarme como si todavía tuviera derecho a mí.

Todo era demasiado familiar.

Demasiado injusto.

—Quítate —dije, empujándolo.

No se movió.

Él bajó la cabeza.

La frialdad de su rostro se agrietó por primera vez.

—No contestaste.

Su voz ya no sonaba burlona.

Sonaba tensa.

Casi rota.

—¿Él es más guapo que yo?

Lo miré con rabia.

—Adrián, quítate.

—Antes te gustaba que te abrazara.

La frase me atravesó.

Antes.

Esa palabra era un cuchillo.

Solté una risa amarga.

—Tú mismo lo dijiste. Antes.

Antes me gustaba su pecho.

Antes me gustaba su mano en mi cintura.

Antes me gustaba que me acorralara contra la pared y me besara hasta que se me olvidara discutir.

Antes confiaba en él.

Ahora sólo podía recordar que el hombre que más amé me mintió. Y que, una noche, lo vi besar a otra mujer.

El dolor me subió por la garganta.

Lo aplasté como pude.

—Antes era antes. Ahora es ahora. Ya terminamos.

Le sostuve la mirada.

—Así que compórtese, señor Fuentes.

La última palabra me salió con un hilo de voz.

Un año.

Había pasado un año.

¿Por qué volvía ahora?

¿Porque terminó con aquella mujer?

¿Porque se acordó de mí cuando ya no tenía a nadie más?

Los ojos de Adrián se enrojecieron apenas.

—Yo nunca acepté terminar.

Me quedé helada.

Él tampoco entendía.

Adrián no sabía qué había pasado entre ellos.

Sólo recordaba la noche anterior al mensaje.

Una noche completa con Clara en sus brazos.

Habían estado bien.

Más que bien.

Ella se había entregado a él con la misma dulzura de siempre, con esa mezcla de vergüenza y deseo que a él le quemaba la sangre. No hubo distancia. No hubo despedida.

Y al día siguiente recibió el mensaje.

Frío.

Definitivo.

Terminamos.

Clara tenía un tono especial en su celular. Una alerta fuerte, imposible de ignorar, porque cualquier cosa de ella era prioridad.

El mensaje apareció mientras él manejaba.

Al leer esas palabras, se le vació el pecho.

Perdió el control un segundo.

Un segundo bastó.

El coche terminó contra un poste.

Adrián pasó casi un año entre hospital, rehabilitación y rabia contenida. Se obligó a recuperarse porque quería verla. Porque necesitaba una explicación. Porque, cuando supo que ella no había tenido otro novio, se permitió una fantasía miserable:

tal vez Clara todavía lo quería.

Claro que estaba enojado.

Claro que alguna vez pensó en darle una lección por haberlo dejado así.

Pero no pudo.

No soportaba imaginarla desgastándose día y noche por trabajo. Por eso mandó a Iván a acercarse, a facilitarle el contrato, a quitarle piedras del camino sin que ella supiera.

Y aun así, ella lo miraba como si él fuera el culpable de todo.

Yo no sabía nada de eso.

Sólo veía al hombre frente a mí, con los ojos rojos, acorralándome otra vez en un lugar donde mi corazón no sabía defenderse.

—Para estar juntos hacen falta dos personas —dije—. Para terminar, basta una. Te guste o no, ya terminamos.

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

Adrián respiró hondo.

Pareció ordenar sus emociones por la fuerza.

—Entonces dame una razón. Si vas a dejarme, al menos dime por qué.

¿Una razón?

La noche regresó a mi cabeza.

Yo, feliz, preparando una sorpresa.

Yo, llegando con el corazón lleno.

Yo, viendo cómo él besaba a otra mujer.

Y después, como si eso no bastara, descubriendo que la vida que me había mostrado no era toda la verdad. Que su trabajo, su familia, su identidad... todo tenía partes ocultas.

El dolor seguía ahí.

Entero.

Como si no hubiera pasado un año.

Lo miré.

Quise sonar tranquila.

—Primero suéltame. No quiero que nadie me confunda con la otra.

Las pupilas de Adrián se contrajeron.

Por fin entendió que había algo más.

Algo grave.

Lentamente bajó las manos.

Me dejó espacio.

Yo respiré, aunque el aire me raspó por dentro.

—Primero: me engañaste.

Su rostro se endureció.

—Clara...

—Segundo: me mentiste.

Levanté la barbilla.

—¿Son suficientes?

Adrián bajó los ojos.

Mentirle, sí.

Eso no podía negarlo del todo.

Pero engañarla con otra mujer, jamás.

Cuando volvió a mirarme, su voz fue baja.

—¿Por qué estás tan segura de que te engañé?

Me reí sin ganas.

—Porque lo vi.

La palabra salió seca.

—Te vi besar a una mujer.

Adrián no se movió.

El silencio entre nosotros se volvió enorme.

Por primera vez desde que apareció frente a mi edificio, no parecía celoso.

Parecía furioso.

No conmigo.

Con alguien más.

Y ese alguien, yo todavía no sabía quién era.

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Delia
Me gustó la novela desde el comienzo, felicitaciones
Delia
😭😭😭
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