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La Obsesión del Mafioso Ruso

La Obsesión del Mafioso Ruso

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Síndrome de Estocolmo / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.

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Capítulo 17

La sopa sabía peor de lo que parecía.

Valentina lo comprobó tres horas después, cuando el hambre venció al asco y Nikolái seguía al otro lado de la habitación, de pie como un castigo que no sabía dónde colocarse.

Metió la cuchara en el tazón.

Probó.

Se quedó inmóvil.

—Esto es un crimen.

Nikolái levantó la vista.

—¿Te duele?

—La sopa, sí.

No sonrió.

Ella tampoco.

Pero la frase quedó ahí, pequeña, viva, como una astilla de la mujer que había sido antes del sótano.

Nikolái dio medio paso.

Valentina dejó la cuchara.

Él se detuvo.

Aprendía rápido cuando el aprendizaje le dolía.

—Sokolov dijo que debes comer.

—Sokolov no dijo que intentara matarme con caldo.

—Es sopa.

—Es amenaza líquida.

Nikolái miró el tazón con una seriedad absurda.

—Borís la hará mañana.

—Gracias a Dios.

La palabra Dios dejó una sombra rara en la habitación. Valentina apretó los dedos sobre la cuchara y bajó la mirada. No quería hablar como si estuvieran teniendo una conversación normal. No quería olvidar ni por medio segundo que la puerta seguía cerrada, que Dani estaba lejos, que su cuerpo todavía se tensaba cada vez que Nikolái respiraba demasiado cerca.

Durante los días siguientes, Nikolái intentó cuidar.

Intentó.

Esa era la palabra exacta.

Dejó comida en mesas lejanas. Ordenó que nadie entrara sin tocar. Hizo que Sokolov revisara su fiebre dos veces al día. Mandó traer ropa de verduras, no de pollo, porque Valentina le había dicho a Sasha que la pollo le daba asco después de Estambul.

También mandó vaciar medio ala de la mansión.

Valentina lo supo por el ruido de muebles moviéndose y por Borís explicándole, con su voz de funeral elegante, que el dormitorio contiguo quedaría libre "por si la señorita prefería más espacio".

—Prefiero una embajada —dijo ella.

Borís bajó la mirada.

—Eso no está entre las opciones autorizadas.

—Qué sorpresa.

El cuarto contiguo quedó abierto, con una puerta interior que Valentina podía cerrar desde su lado. No era libertad. Era una jaula con recámara extra. Aun así, la primera noche durmió tres minutos más porque Nikolái no estaba dentro de la misma habitación.

Tres minutos.

Luego despertó con la sensación de una mano en la muñeca y vomitó en el cesto.

Nikolái se enteró.

Claro que se enteró.

Al día siguiente, la alfombra junto a la cama desapareció y apareció un cesto de porcelana con agua limpia al lado.

Valentina lo miró durante mucho rato.

La consideración le dio rabia.

Porque llegaba después.

Todo en él llegaba después.

Pero cuando él participaba directamente, todo salía mal.

El primer desastre fue el vendaje.

Sokolov tuvo una emergencia con uno de los hombres heridos y dejó instrucciones claras. Nikolái entró con gasas, pomada y una cara de concentración tan intensa que Valentina pensó que quizá estaba desarmando una bomba.

—No.

—Sokolov dijo cambiarlo.

—Que lo cambie Sasha.

—Sasha está interrogando a Grigori.

Valentina sintió un tirón en el estómago, pero no preguntó. No quería imaginar qué significaba `interrogar` en esa casa.

—Entonces espero.

—Puede infectarse.

—He sobrevivido a cosas peores que una infección.

Nikolái no respondió.

Se quedó junto a la mesa, con las gasas en la mano, mirándola como si cada frase de ella fuera una cuenta que no sabía pagar.

Valentina extendió el brazo al fin.

—Si me duele, se va.

—Sí.

—Y no me agarra.

—Sí.

—Y no respira encima de mí.

Él se quedó quieto.

—Eso no puedo prometerlo.

—Entonces aléjese lo suficiente para no hacerlo.

Nikolái obedeció.

El vendaje quedó demasiado apretado.

Valentina aguantó quince segundos antes de decir:

—Me está cortando la circulación.

Él miró el brazo, frunció el ceño y lo deshizo con torpeza.

La segunda vez quedó flojo.

La tercera, aceptable.

—No sirves para esto —dijo ella.

—No.

No se defendió.

Eso la irritó más.

El segundo desastre fue el agua.

Valentina se despertó de una pesadilla con la camiseta pegada a la espalda y la garganta cerrada. Nikolái estaba en el sillón, no dormido, nunca dormido del todo. Se levantó demasiado rápido, tomó una toalla húmeda y se acercó.

Ella retrocedió contra el cabecero.

—No.

Él se detuvo, pero la toalla goteó sobre la sábana.

—Sudabas.

—No soy un mueble que se limpia.

Nikolái bajó la toalla.

—Hazlo tú.

—Eso hago desde antes de conocerlo.

La frase pegó.

Él dejó la toalla sobre la mesa y se alejó.

Valentina se limpió la cara con movimientos duros, odiando que las manos le temblaran.

El tercer desastre, antes de las pastillas, fue la comida mexicana.

Nikolái apareció con un plato de algo que, según él, eran chilaquiles.

Valentina lo miró.

—¿Quién murió en la cocina?

—Seguí una receta.

—¿De una amenaza anónima?

El plato tenía totopos blandos, salsa demasiado dulce y crema puesta con precisión militar. En otro momento, en otra vida, quizá se habría reído de verdad. En esa habitación, el olor a cilantro la hizo pensar en casa con tanta fuerza que tuvo que cerrar los ojos.

Nikolái lo notó.

—¿Está mal?

—Todo está mal.

Él miró el plato.

—Puedo pedir otro.

—No hablaba de la comida.

Nikolái dejó el plato sobre la mesa más lejana.

No respondió.

El tercer desastre llegó con una petición.

Sokolov había salido. Sasha estaba en el pasillo. Nikolái dejó una taza de té sobre la mesa y Valentina lo miró hasta que él entendió que quería hablar.

—Necesito pastillas anticonceptivas.

La habitación se congeló.

Nikolái tardó en responder.

—No.

Valentina sintió que algo viejo y peligroso le subía al pecho.

—No era una solicitud.

—No.

—Después de lo que hizo, no tiene derecho a negar eso.

La mano de Nikolái se cerró sobre el respaldo de la silla.

—No vas a tomar nada que pueda dañarte.

Valentina soltó una risa sin humor.

—Qué fino le salió el instinto protector.

—Te casarás conmigo.

El mundo se volvió blanco.

No por sorpresa romántica.

Por terror.

Valentina se puso de pie de golpe. El cuerpo todavía no tenía fuerza suficiente y la cama le golpeó la parte posterior de las rodillas.

—No.

—Sí.

—Está enfermo.

—Probablemente.

—No voy a casarme con usted.

Nikolái avanzó un paso.

Valentina tomó la taza de té y se la arrojó.

No le dio en la cara. Él giró apenas y el líquido le manchó la camisa. El movimiento de su brazo, rápido, automático, golpeó la bandeja de la mesa. La bandeja cayó al piso con un estruendo.

Valentina se encogió.

Él se quedó inmóvil.

La vio protegerse la cabeza con los brazos.

Nikolái retrocedió como si el golpe lo hubiera recibido él.

—No iba a pegarte.

Valentina no levantó la cabeza.

—Eso ya no significa nada.

La frase le dejó la cara vacía.

Salió sin decir otra palabra.

Esa noche, Valentina encontró las pastillas en la mesa de noche.

No había nota.

Solo el paquete cerrado, junto a un vaso de agua.

Ella lo miró durante mucho tiempo.

Luego lo guardó debajo de la almohada.

No era perdón.

Era una herramienta.

Y las herramientas se conservaban.

Sobre todo en una casa donde hasta el silencio tenía dueño.

Esa noche durmió con el paquete bajo la almohada, no porque la protegiera de Nikolái, sino porque le recordaba que todavía podía guardar algo solo para ella.

1
Martha Rebolledo
Normal
Yeris
comienza buena
Vane Alvarez
creo que Dani, actúa, para poder sacarla... y que tiene algún aliado, x eso los disparos y demás. para distraer a volkov y poder escaparse
Morrita
Que perdón, no entendí jaja
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