Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.
NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11
Capítulo 11
El villano más guapo que he visto
La frase siguió persiguiendo a Joaquín tres días.
En el desayuno, en la junta de Grupo Carranza, en el ensayo privado donde intentó tocar Chopin y se equivocó tres veces en el mismo compás.
Valentina le mandó mensajes.
'Joaco, ¿sigues molesto conmigo?'
'Joaco, Mariana está muy mal. Sofía fue demasiado cruel.'
'Joaco, tú sabes que mi hermana siempre exagera.'
Él miraba la pantalla y recordaba los caracteres rotos:
####### #### ###### #### #####
El destino no lo dejaba hablar.
Pero sí lo dejaba pensar.
Y pensar que, por primera vez, le dolía.
Esa misma mañana, Valentina llegó al departamento de Mariana Navarro con una olla térmica de sopa de pollo, un ramo de flores blancas y la cara perfecta de quien sabía convertir una visita en escena.
Mariana estaba en el sofá, con una rodilla inmovilizada y moretones discretamente maquillados en el cuello. A su alrededor, tres amigas guardaban silencio con la misma rabia inútil.
—Te traje sopa —dijo Valentina, dejando la olla en la mesa—. Mi mamá dice que ayuda a sanar más rápido.
Mariana soltó una risa áspera.
—Tu hermana me tiró al piso en un baño y tú me traes sopa.
—Yo también sufrí por lo que pasó.
—No tanto como yo.
Valentina se sentó junto a ella y le acomodó la manta sobre las piernas.
El gesto era tierno.
La voz, no.
—Mariana, tú eres Navarro. No tienes que tragarte esta vergüenza.
Mariana levantó la vista.
—Mi primo no se mete en pleitos de mujeres.
—Tu primo se mete cuando alguien toca el apellido Navarro.
El nombre quedó en el cuarto como humo de tabaco.
Rodrigo Navarro.
Para la alta sociedad limpia de la ciudad, era una mancha fascinante: heredero de los Navarro, dueño de bares, antros y salones privados donde los apellidos respetables entraban por puertas sin letrero. Su padre, Marcos Navarro, había muerto años atrás en un accidente que nunca terminó de oler a accidente. Rodrigo tenía quince cuando heredó el imperio nocturno y aprendió que la policía, los políticos y los empresarios también bailaban si la música era bastante cara.
Desde entonces, el rumor decía que odiaba a los Montero.
Valentina bajó la voz.
—Sofía ahora vive con Leonardo. Si tu primo quiere tocar a los Montero, esta es una oportunidad.
Mariana la miró.
—¿Quieres usarme?
—Quiero ayudarte a recuperar dignidad.
Mariana sonrió con un diente apretado.
—Mientes bonito.
—Y tú odias suficiente. Somos útiles la una para la otra.
Media hora después, Mariana pidió que la llevaran a la oficina privada de Rodrigo.
El lugar no parecía oficina. Parecía un salón preparado para recibir confesiones peligrosas: paredes oscuras, una barra cerrada, sillones bajos y un ventanal desde el que se veía Polanco como una maqueta cara.
Rodrigo estaba de espaldas, hablando por teléfono.
—No quiero disculpas. Quiero que el permiso salga antes del viernes.
Colgó.
Se volvió.
La primera impresión no fue belleza.
Fue peligro.
Rodrigo Navarro tenía esa clase de rostro que parecía hecho para arruinar vidas con una sonrisa: ojos oscuros, pestañas largas, boca perezosa y una calma que no era elegancia, sino advertencia.
Mariana enderezó la espalda.
—Primo.
Rodrigo miró su rodilla inmovilizada.
—Te dije que no jugaras a matona en casas ajenas.
—Sofía Reyes me atacó.
—¿Después de que tú la atacaste?
Mariana se quedó muda.
Rodrigo caminó hasta ella despacio.
—Tía Estela te crió con demasiado dinero y poca vergüenza.
Estela Navarro era la madre de Mariana y la tía que había criado a Rodrigo después de la muerte de Marcos. Por eso Mariana creía que podía entrar a su oficina cojeando y salir con un ejército.
Se equivocaba.
—Me humilló —insistió Mariana—. Y está con Leonardo Montero.
El nombre Montero cambió el aire.
Rodrigo dejó de sonreír.
—Repite eso.
Mariana apretó los dedos en la manta.
—Sofía Reyes. La esposa de Leonardo. La hermana de Valentina. Me humilló delante de todos.
Rodrigo bajó la mirada a la rodilla vendada.
—Entonces no te humilló suficiente.
Mariana no entendió hasta que él empujó con el pie la base de su silla.
No fue un golpe brutal.
Fue exacto.
La silla se movió, la pierna lesionada chocó contra la mesa baja y Mariana gritó.
Las amigas dieron un paso atrás.
Rodrigo se inclinó, sin tocarla.
—Si vas a llevar mi apellido a una pelea, aprende primero a perder sin llorar.
Mariana lloró de rabia.
Él ya no la miraba.
—Preparen una cena —ordenó a su asistente—. Reserven un privado. Inviten a las hermanas Reyes, a Leonardo Montero y a Joaquín Carranza.
—¿Con qué motivo, jefe Navarro?
Rodrigo sonrió.
—Para disculpar a mi prima.
La cena fue esa noche.
Sofía recibió la invitación mientras estaba en el penthouse de Torre Reforma 888, comiendo papas fritas en el sillón de Leonardo como si la casa fuera suya desde hacía años.
Leonardo leyó el mensaje en silencio.
—Rodrigo Navarro quiere verte.
Sofía levantó la vista.
—¿A mí o a mi certificado de defunción futuro?
—A ti, a Valentina, a mí y a Joaquín.
Sofía dejó una papa a medio camino de la boca.
[Por fin. El villano más guapo que he visto. Rodrigo Navarro, dueño de media noche de la Ciudad, enemigo jurado de los Montero porque cree que la familia de Leo mandó matar a su papá. Qué dramático. Qué equivocado. Qué cara debe tener para que la novela le perdone tantos delitos.]
Leonardo se quedó quieto.
Enemigo jurado.
Padre muerto.
Montero acusado.
—No vas a ir sola —dijo.
—Técnicamente me invitó contigo.
—Exacto.
—Montero, sonaste celoso.
—Soné prudente.
—Qué nombre tan aburrido para los celos.
Él no respondió.
En el restaurante, el privado tenía luz baja, manteles negros y una puerta que se cerraba desde afuera. Valentina llegó primero, vestida de blanco, como si la noche anterior no hubiera dejado tres hombres escondidos en un vestidor y una familia Carranza al borde del escándalo.
Joaquín llegó después.
Parecía no haber dormido.
Cuando vio a Sofía, apartó la mirada.
Ella lo notó.
[Ay, Joaco. Traes cara de haber descubierto que el amor verdadero no paga abogados penales.]
Joaquín tragó saliva.
Valentina sonrió, sin entender.
La puerta se abrió.
Rodrigo entró sin prisa.
Y Sofía, que había leído en la novela que ese hombre era “el primer rostro de la Ciudad”, casi quiso demandar a la autora por quedarse corta.
Era indecentemente guapo.
No guapo de portada limpia.
Guapo de problema legal.
[Ah, bueno. CDMX primera belleza masculina, título confirmado. Si este hombre me sonríe en un callejón, yo corro, pero mirando hacia atrás por respeto al arte.]
Rodrigo se detuvo.
La sonrisa le desapareció apenas.
Leonardo lo vio.
Joaquín también.
Tercero.
Rodrigo acababa de oírla.
—Señora Montero —dijo Rodrigo, recuperando la sonrisa—. Ahora entiendo por qué mi prima perdió.
Sofía alzó una ceja.
—¿Por qué sabe escoger enemigos mejores que ella?
—Porque no tiene tu sentido del humor.
—Ni mi técnica de defensa.
Rodrigo soltó una risa breve y se sentó frente a ella.
El asiento no era casual.
Quedó justo en diagonal a Sofía, suficientemente lejos para no ser grosero y suficientemente cerca para obligar a Leonardo a levantar la vista cada vez que Rodrigo hablaba.
Joaquín observó esa distancia como quien observa una nota sostenida demasiado tiempo.
Tres hombres en la misma mesa.
Uno era el esposo legal que fingía frialdad.
Otro, el heredero que acababa de descubrir que la mujer a la que seguía quizá lo llevaría a la ruina.
El tercero, el enemigo de la familia Montero, sonriendo a la esposa ajena como si acabara de encontrar un juguete raro.
Sofía bebió agua, ignorante de la geometría absurda que acababa de crear.
[Qué escena. Si la autora estuviera aquí, seguro pondría música dramática. Leo en modo refrigerador premium, Joaco con cara de funeral y Rodrigo con sonrisa de “me gustan las mujeres prohibidas”. Eso debe ser hereditario, ¿no? Con ese papá suyo...]
La voz interior se cortó ahí, no por silencio del Destino, sino porque Sofía decidió que no quería pensar más en padres muertos durante la cena.
Rodrigo, en cambio, se quedó con esas palabras como con una astilla bajo la piel.
Hereditario.
Su papá.
Mujeres prohibidas.
Leonardo vio que los dedos de Rodrigo rozaban el borde del vaso con demasiada fuerza.
Valentina tensó los labios.
Leonardo dejó una carpeta sobre la mesa.
—Antes de conversar, resolvamos lo de Mariana.
Rodrigo miró la carpeta.
—¿Evidencia?
—Videos del colegio. Testimonios. Pagos a estudiantes para humillar alumnas becadas. Agresiones en baños sin cámaras. Tu prima no empezó ayer.
La sonrisa de Rodrigo se volvió fría.
—Me estás amenazando en mi cena.
—Estoy ahorrándote vergüenza pública.
Sofía tomó agua.
[Qué educados. Uno amenaza con expedientes, el otro sonríe como si coleccionara cadáveres. Rodrigo, cariño, antes de jugar al villano con Leo deberías revisar tu premisa básica: el que mató a tu papá no fue la familia Montero.]
El vaso de Rodrigo quedó suspendido a dos centímetros de la mesa.
No fue un sobresalto grande.
Pero Leonardo lo vio.
Joaquín también.
Valentina no.
—¿Qué quieres? —preguntó Rodrigo.
Leonardo empujó la carpeta un centímetro.
—Retírate de la subasta del terreno de San Ángel. Grupo Montero lo necesita.
Rodrigo lo miró largo rato.
Sofía escuchó el silencio y mordió otra papa que había traído en una servilleta dentro del bolso.
Rodrigo bajó la vista a la carpeta.
Luego a Sofía.
—Acepto.
Valentina perdió la sonrisa.
—¿Así nada más?
—Mi prima necesita reposo, no portadas —dijo Rodrigo.
Leonardo cerró la carpeta.
—Buena decisión.
—No te acostumbres.
La cena terminó sin cena.
Sofía salió con Leonardo, Joaquín se quedó junto a Valentina sin tocarle la mano y Rodrigo permaneció en el privado hasta que todos se fueron.
Entonces tomó un vaso y lo estrelló contra la pared.
El cristal se hizo polvo.
—No fueron los Montero —murmuró.
La frase no era información.
Era una grieta abierta en diez años de venganza.
Su asistente asomó la cabeza.
—¿Jefe?
Rodrigo cerró los ojos.
Cuando los abrió, ya estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Tomó el celular y buscó el contacto recién guardado de Sofía.
Escribió:
Oye, ¿salimos?
Luego añadió otra línea:
Prometo no llevar a mi prima.