Laura lo tenía todo: un esposo millonario, una carrera exitosa, y el amor de sus hijos. Pero el pasado no perdona. Y el suyo está a punto de volver para cobrarse el precio.
Un viaje soñado a Colombia se convierte en la peor de las pesadillas. Los Zetas los secuestran. Andrés, su hijo de cuatro años, es arrancado de sus brazos. Y Valeria, la ex esposa de Alfred, ha vuelto de la cárcel con una sola misión: hacerle pagar cada minuto que pasó encerrada.
En medio de la selva, sin armas, sin aliados y sin esperanza, Laura deberá tomar el mando. No es una heroína. Nunca quiso serlo. Pero cuando se trata de proteger a los suyos, no hay línea que no esté dispuesta a cruzar.
"El precio de tu amor 2: El regreso" — una novela de acción, romance y supervivencia. La espera terminó. La venganza comenzó.
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Capítulo 13: El Encuentro.
CAPÍTULO 13: "El encuentro"
El segundo día en la selva fue más duro que el primero. El sol golpeaba sin piedad. La humedad se pegaba a la piel como una segunda capa.
Los mosquitos los atacaban en enjambres.
Sofía no paraba de quejarse y Andrés ya no lloraba, no tenía fuerzas. Laura lo cargaba en brazos, sintiendo cómo su cuerpo pequeño y caliente le quemaba el pecho.
—Tiene fiebre —dijo Alfred, tocando la frente del niño.
—Hace rato que me di cuenta.
—Necesita un médico.
—Lo sé.
—Laura...
—No podemos detenernos, porque va a ser peor—Dijo Laura con una mezcla de preocupación y dolor.
Alfred la miró. Quiso decir algo, pero no encontró las palabras. Siguieron caminando y el sendero se bifurcó. Laura se detuvo a orientarse, porque no sabía qué camino tomar.
— ¿Por cuál de los dos caminos vamos a seguir? —preguntó Daniela.
—No lo sé.
—Mamá, usa el GPS de tu móvil—Sugirió Sofía mientras se rascaba las piernas.
—No sirve de nada, porque se me apagó el teléfono.
— ¿Y ahora? —Insistió Daniela reflejando en el rostro verdadera preocupación.
Laura miró hacia la izquierda, y luego hacia la derecha.
—Nos vamos por este —dijo, señalando el camino de la derecha.
— ¿Por qué nos vamos por ese?
—Porque tiene más sombra.
Daniela no discutió. Ya había aprendido que Laura no tomaba decisiones al azar.
Caminaron otra hora. Fue entonces cuando vieron la cabaña. Era pequeña, de madera con un techo de zinc. Había un corral con gallinas, y una hamaca colgada entre dos árboles.
—Allí debe haber alguien —Expresó Patricia con cierto temor.
—Ahora vamos a averiguarlo —respondió Alfred.
Se acercaron con cuidado.
— ¿Buenas? —llamó Alfred.
Nadie respondió.
— ¿Hay alguien aquí?
Una mujer asomó la cabeza por la puerta. Era mayor, de pelo cano y la piel arrugada por el sol.
— ¿Quiénes son ustedes? —preguntó.
—Somos turistas —respondió Laura—. Los Zetas nos secuestraron, y logramos huir del lugar donde nos tenían. Pero nos deben andar buscando.
— ¿Y sabiendo eso, vieron para mi casa?
—Señora por lo que más quiera, mi hijo tiene fiebre y necesitamos ayuda.
La mujer los miró largamente.
—Así que fueron los Zetas—la mujer murmuró pensativa
—Sí, esos bandidos asaltaron la camioneta donde veníamos, y nos tomaron prisioneros.
La mujer miró con más detenimiento el rostro enrojecido de Andrés, y las picaduras de las piernas de Sofía. Entonces la expresión hermética y hostil que mostró al verlos, cambió en apenas unos segundos.
—Pasen—Dijo sin apartar la mirada de Laura, que sostenía al niño haciendo un esfuerzo supremo.
La cabaña era humilde, pero limpia. Había una cama, una mesa y una cocina a leña. La mujer les ofreció agua y pan.
—No tengo más —dijo—. Disculpen.
—No se disculpe —respondió Laura—. Esto es más de lo que aspirábamos encontrar.
— ¿Adónde van?
—A la frontera.
—Está lejos.
—Lo sé.
— ¿Y al niño qué le pasa?
—Está enfermo.
La mujer se acercó a Andrés y le tocó la frente.
—Tiene fiebre. Le voy a prepararle un té.
—Gracias—Dijo Laura esbozando una leve sonrisa.
La mujer preparó el té en una olla de barro. El olor a hierba llenó la cabaña.
— ¿Cómo usted se llama? —preguntó Laura.
—Rosa.
—Yo soy Laura. Él es Alfred mi marido. Ella es mi hija Sofía. Y tres de los cautivos que lograron escapar con nosotros: Ellos son Daniela; Patricia y Roberto. Y este chiquitico es Andrés.
—Son muchos.
—A pesar de eso hemos logrado sobrevivir al cerco de los Zetas, y a los peligros de la selva.
— ¿Por qué los secuestraron?
—Por venganza.
Rosa no preguntó más. Andrés bebió el té, y se durmió en los brazos de Laura.
—Es un buen niño —dijo Rosa sonriendo por primera vez.
—Además de bueno, mi hijo es fuerte a pesar de tener solo cuatro años. El y Sofía son todo lo que tengo.
—No diga eso. También tiene a su esposo y a sus amigos.
Laura miró a Alfred. Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.
Parecía agotado, pero vivo.
— ¿Cree que lleguemos a la frontera? —Preguntó Laura a la señora.
—Si Dios quiere, sí.
— ¿Usted cree en Dios?
—Claro. Es lo único que me queda.
Laura bajó la mirada. No era creyente, pero en ese momento necesitaba creer. Rosa les ofreció quedarse esa noche.
—Acomódense como puedan y descansen. —Dijo con seguridad. Conozco la selva y les voy a enseñar un atajo, para que lleguen a la frontera más rápido.
— ¿No le da miedo vivir sola en este preguntó Alfred.
—Los Zetas mataron a mi esposo hace años, así que ya no me queda miedo. Solo rabia.
Laura sintió un escalofrío al escuchar las palabras de Rosa.
—Lo siento.
—Laura no se disculpe, que ustedes no tuvieron que ver nada con eso.
—Con lo de su esposo no, pero con lo que pueda sucederle sí.
— ¿Por qué dice eso?
—Porque traje a mi familia hasta aquí, y eso la está poniendo en peligro.
—Pues mire Laura que yo veo el asunto desde otro punto de vista.
— ¿De cuál punto de vista? —Preguntó Alfred, adelantándose a su mujer.
Ustedes solo querían conocer un país hermoso, pero fueron las acciones de los secuestradores, quienes los trajeron hasta aquí.
—Duerma. Mañana será otro día.
Laura cerró los ojos y el sueño la venció en segundos. Durmió como no lo había hecho en días, gracias a la bondad de Rosa, una desconocida que les abrió las puertas de su casa, sin pedir nada a cambio. En la selva, la bondad era un lujo. Y ellos acababan de recibir el más valioso.