Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.
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Capítulo 23 - Un dragón devorando una cruz
El Dragón de Plata debía zarpar a las nueve de la mañana, pero Damaris llevó al joyero a las siete.
Diane lo encontró instalado en el salón con una bandeja de terciopelo, seis estuches y un ayudante que protegía la alfombra con paños. Sobre la mesa había sortijas de diamantes, zafiros y perlas. Cada una brillaba como una forma distinta de cerradura.
—No puedo quedarme —dijo Diane.
Damaris ni siquiera levantó la vista del catálogo.
—El señor Alcázar ha viajado desde Cádiz.
—No le pedí que viniera.
—Tu compromiso se anunciará el domingo. No llevarás una joya elegida a última hora.
En el vestíbulo, el reloj marcó las siete y cinco. Diane había calculado cuarenta minutos hasta el puerto en carruaje, veinticinco si conseguía un caballo y menos de una hora caminando a través de los campos. Stefany esperaba junto a la verja con un pañuelo blanco escondido bajo la capa.
—Eduardo todavía no ha elegido —continuó Damaris—. Tendrás la cortesía de reducir las opciones.
—Eduardo no sabe que el joyero está aquí.
—Los hombres agradecen que se les ahorre la ilusión de decidir.
Diane miró hacia la ventana. Stefany ya no estaba junto a la verja. El administrador ocupaba su lugar, hablando con dos mozos.
—Necesito ir a la tienda.
—Ester y María vienen a las ocho para verte probar las sortijas.
La elección de los nombres no era casual. Damaris había llenado la mañana de testigos. Si Diane se marchaba, su ausencia llegaría a la plaza antes que ella al muelle.
—¿Qué ocurre si no elijo ninguna?
Damaris cerró el catálogo.
—Tu padre ha permitido demasiadas excentricidades porque cree que cumplir dieciocho te hará razonable. No lo obligues a descubrir que se equivocó.
El reloj marcó las siete y diez.
Diane se sentó.
A la misma hora, Iván cruzaba la pasarela del Dragón de Plata con el cuaderno azul oculto bajo la camisa.
El barco parecía mayor desde el agua que desde el dique. El casco negro se elevaba sobre él como una pared recién construida. La pintura plateada del nombre todavía despedía olor a aceite. Debajo, cuando la luz golpeaba de lado, podían distinguirse las letras cubiertas del Esperanza.
Soria esperaba junto a la lista.
—Robles.
—Aquí.
—Fogonero auxiliar. Litera catorce. Si pierdes una herramienta, la pagas. Si enfermas, pagas al médico. Si mueres antes de Lisboa, tus salarios cubren el traslado del cuerpo.
—¿Y si no trasladan el cuerpo?
Soria enseñó el diente de oro.
—Entonces te habrás ahorrado el último descuento.
Un hombre de barba entrecana tomó el saco de Iván antes de que pudiera responder. Tenía la mano izquierda deformada por una quemadura y ojos del color del hierro mojado.
—Gabriel Mena —se presentó—. Cubierta y calderas cuando falta gente.
—No necesito ayuda.
—En este barco todos la necesitan. Algunos tardan más en descubrirlo.
Gabriel condujo a Iván bajo cubierta. No parecía enviado para proteger a nadie. Lo empujó cuando se detuvo frente a una puerta, criticó el nudo de su saco y le advirtió que el capitán Ferreira castigaba la curiosidad con los trabajos más cercanos a la caldera.
Iván decidió que le desagradaba.
Aquella era precisamente la impresión que Eduardo había pedido.
Desde una oficina abandonada frente al muelle, Eduardo observaba el embarque a través de los cristales cubiertos de sal.
Gabriel alzó una mano al llegar a la escotilla. No fue un saludo, sino la señal acordada: Iván estaba dentro y no lo habían separado de la tripulación común.
—Mena no podrá protegerlo de todo —dijo Beatriz detrás de Eduardo.
—No le he pedido que lo proteja de todo. Solo que impida que desaparezca antes de comprender qué transportan.
—Escúchate.
Eduardo bajó el catalejo.
—Si retiro a Iván ahora, Guillermo sabrá que conozco el cambio de ruta. Buscará a otro hombre y moverá las pruebas.
—Y si lo dejas, Diane sabrá que tu palabra termina donde comienza tu necesidad.
Eduardo miró la calle que descendía desde la plaza. No había ningún carruaje de los Díaz.
—Le concedí la despedida.
—No confundas una noche con absolución.
A las ocho, Ester y María llegaron a la casa de los Díaz.
María llevaba un vestido color crema y dos sombras bajo los ojos. No miró a Diane al entrar. Jacobo la acompañó hasta la puerta, comprobó quién estaba en el salón y solo entonces se marchó.
Ester comprendió la urgencia apenas vio el reloj.
—El zafiro —dijo en voz alta—. Diane siempre ha preferido el azul.
—No he dicho eso —respondió Diane.
—Lo digo yo. Pruébatelo y terminamos.
El joyero deslizó la sortija por el dedo de Diane. No pasó del nudillo.
—Habrá que ajustar la montura.
—Pruebe otra —ordenó Damaris.
Ester dejó caer deliberadamente una bandeja. Las perlas rodaron sobre el suelo. El ayudante se arrodilló, el joyero gritó y Damaris acudió a salvar las gemas como si fueran hijas extraviadas.
—La puerta lateral —susurró Ester.
Diane corrió.
María se interpuso en el corredor.
Por un segundo quedaron frente a frente, separadas por todo lo que una sabía y la otra ignoraba.
—El administrador vigila la verja —dijo María—. Usa la salida de la cocina y cruza el naranjal.
—¿Por qué me ayudas?
María hizo girar el anillo.
—Porque una traición no debería obligarme a cometerlas todas.
Diane no tuvo tiempo para preguntar. Atravesó la cocina, saltó un muro bajo y encontró a Stefany con dos caballos en el camino del molino.
A las ocho y treinta y siete galopaban hacia el puerto.
La primera sirena sonó cuando aún faltaban dos kilómetros.
El lamento metálico recorrió los campos y espantó una bandada de gaviotas. Diane apretó las rodillas contra el caballo. El contrato de Iván golpeaba dentro de su chaqueta con cada zancada.
La segunda sirena sonó al llegar a los almacenes.
Los estibadores retiraban la última pasarela. Un remolcador tensaba las cuerdas. El Dragón de Plata expulsó una columna de humo que cubrió el muelle y convirtió a los hombres en sombras.
—¡Iván!
El nombre se perdió entre cadenas y órdenes.
Diane desmontó antes de que el caballo se detuviera. Corrió hasta el extremo del embarcadero, levantando el pañuelo blanco que Stefany le había entregado.
En la cubierta de popa, una figura se volvió.
Iván no podía distinguir su rostro, pero reconoció el pañuelo. Se abrió paso entre marineros y cajas. Llegó a la baranda cuando la espuma ya ensanchaba la distancia.
Diane agitó la tela.
Iván alzó ambas manos. No llevaba nada blanco que responder. Sacó el cuaderno azul y lo sostuvo sobre la cabeza.
Durante un instante, aquello bastó: ella supo que conservaba las coordenadas; él supo que había llegado.
Entonces el humo se apartó y Diane vio a Eduardo en la ventana de la oficina abandonada.
No estaba sorprendido. No corría. Observaba el barco con el rostro inmóvil de quien había contado cada minuto del zarpe.
La gratitud por la noche concedida se deshizo. Eduardo había conocido la hora, el sello y el peligro. Había podido retrasar el barco o advertirla de que Damaris preparaba otra trampa. En cambio, la dejó llegar cuando las cuerdas ya estaban en el agua.
Diane bajó el pañuelo.
Él vio el gesto desde la ventana y comprendió su significado. No había perdido todavía su confianza completa, pero acababa de abrir la grieta por donde terminaría escapando.
Beatriz se acercó.
—¿Le dirás lo de Gabriel?
—No mientras mi padre pueda leer el miedo en su rostro.
—Entonces aceptas que te considere el enemigo.
Eduardo observó a Diane en el muelle, pequeña y rígida contra la espuma.
—Es más seguro que saber para quién debe temer.
A bordo, Iván perdió de vista el pañuelo cuando el barco giró hacia la bocana.
El capitán ordenó desplegar la vela auxiliar. La lona descendió desde el mástil con un golpe. Hasta entonces Iván solo había visto el emblema pequeño de las cajas: un dragón plateado atravesando una figura negra que parecía una luna.
En la vela, el dibujo estaba completo.
La forma negra tenía cuatro brazos desiguales. No era una luna. Era una cruz envuelta por la cola del dragón, con la mandíbula cerrada sobre el extremo superior.
Un dragón devorando una cruz.
Iván recordó las palabras de Diane sobre registros falsos y rutas imposibles. Recordó también que Soria nunca le permitió conservar una copia completa del manifiesto.
—No mires tanto —dijo Gabriel Mena a su lado.
—¿Qué significa?
—En este barco, preguntar y caer al agua suelen ocurrir en ese orden.
Gabriel se alejó antes de que Iván pudiera detenerlo.
La costa comenzó a reducirse. Santa Lucía perdió primero las ventanas, después los tejados y por último la torre de la iglesia. Iván llevó una mano al cuaderno escondido bajo la camisa.
Al abrirlo en su litera, descubrió que dos páginas estaban pegadas. Introdujo la uña por el borde y separó la costura con cuidado.
Una tira de papel cayó sobre la manta.
Diane había escrito una posición, la palabra Madeira y una advertencia: «Si el capitán cambia el rumbo, no confíes en el nombre del barco. Confía en las cicatrices del casco.»
Iván miró por el ojo de buey. La espuma borraba el camino detrás de ellos.
Guardó las coordenadas dentro de la camisa, junto al corazón.