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Capítulo 16. Buenas noches, Lyra
La cena fue servida poco después.
El enorme comedor de la residencia estaba iluminado por decenas de candelabros de cristal.
La mesa, preparada para recibir a numerosos invitados, solo tenía dos lugares ocupados.
Lyra observó la inmensidad del salón.
—¿Siempre cena solo?
Conrad dejó la copa sobre la mesa.
—Casi siempre.
—Debe ser aburrido.
—Lo es.
Ella sonrió.
—Entonces hoy tiene suerte.
Conrad arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque tendrá compañía.
Aquellas palabras provocaron que una leve sonrisa apareciera en el rostro del Archiduque.
Los criados estuvieron a punto de olvidar que debían seguir sirviendo la cena.
Uno de ellos susurró apenas.
—¿Lo viste?
Otro asintió lentamente.
—El señor... sonrió otra vez.
—Desde que llegó esa joven parece otra persona.
—No solo eso. Hoy cenó con alguien por voluntad propia.
—Y permitió que una invitada entrara a su despacho.
—Jamás había sucedido.
La señora Carmen escuchó los murmullos y sonrió para sí.
—Tal vez... esta enorme casa por fin vuelva a sentirse como un hogar.
Mientras tanto, Lyra hablaba con naturalidad.
Le contó algunas anécdotas de sus viajes, de cómo Afther había mordido la capa de un comerciante creyendo que llevaba zanahorias y de cómo una vez terminó perdida durante una cacería cuando era niña.
Conrad apenas intervenía.
Prefería escucharla.
Le gustaba verla reír.
Cada sonrisa era un pequeño milagro que el destino le había devuelto.
Sin darse cuenta, el tiempo pasó.
Las velas comenzaron a consumirse.
Lyra bostezó discretamente.
—Perdón...
Conrad dejó la taza de té sobre la mesa.
—Ha sido un viaje largo.
Ella intentó mantenerse despierta.
—No tengo sueño...
Pero sus propios ojos la traicionaban.
Continuó hablando unos segundos más hasta que, poco a poco, su voz se apagó.
Apoyó la cabeza sobre uno de sus brazos.
Y se quedó profundamente dormida.
El comedor quedó en silencio.
Los criados observaron la escena sin atreverse a moverse.
Conrad se levantó lentamente de su asiento.
Se acercó a Lyra.
Apartó con delicadeza un mechón de cabello plateado que cubría su rostro.
Dormía plácidamente.
Como si, por primera vez en mucho tiempo, hubiera encontrado un lugar donde podía bajar la guardia.
Conrad sonrió con ternura.
Después, con una delicadeza casi imposible para un hombre de su tamaño, la tomó entre sus brazos.
Lyra se acomodó inconscientemente contra su pecho.
Ni siquiera despertó.
La señora Carmen se llevó una mano al corazón.
Jamás...
En todos los siglos que llevaba conociendo a Conrad...
Lo había visto cargar a alguien con tanta suavidad.
El Archiduque comenzó a subir las escaleras.
Ningún sirviente se atrevió a seguirlo.
Solo observaron en silencio cómo el hombre al que todos conocían como el Rey de la Corte Oscura sostenía a aquella joven como si fuera el tesoro más valioso del mundo.
Al llegar a la habitación, abrió la puerta con cuidado.
La dejó sobre la cama y acomodó lentamente la manta sobre su cuerpo.
Lyra murmuró algo entre sueños.
Él no alcanzó a entender las palabras.
Solo vio cómo una pequeña sonrisa aparecía en sus labios.
Conrad permaneció unos segundos contemplándola.
Había esperado demasiado tiempo para volver a verla respirar.
Con infinita delicadeza, se inclinó hacia ella.
Depositó un suave beso sobre su frente.
—Buenas noches... mi vinculada.
Su voz fue apenas un susurro.
Una promesa.
Un juramento.
—Esta vez...
No permitiré que nadie vuelva a arrebatarte de mi lado.
Sin saberlo, Lyra sonrió un poco más entre sueños.
Como si una parte de su alma hubiera reconocido aquella voz... mucho antes que su memoria.