Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 13
Capítulo 13: Vente a vivir a mi casa
El viernes por la mañana, el último día del plazo, Renata por fin encontró algo.
Era un departamento minúsculo pero limpio, en planta baja, sin humedad, a precio de milagro porque el dueño tenía prisa. Estaba sentada frente al agente, pluma en mano, a punto de firmar el contrato que salvaría a la abuela, cuando le entró el mensaje.
De Max. Tres palabras.
"Estoy en el hospital."
La pluma se le cayó de la mano.
No decía qué hospital. No decía qué había pasado. No decía nada más. Pero a Renata se le vació la sangre del cuerpo, porque su cabeza, en menos de un segundo, ya había armado lo peor: un accidente, su corazón, su vista, algo. El hombre al que había jurado alejar de su vida estaba "en el hospital", y todos los muros que había levantado en seis años no le sirvieron de nada.
—Señorita, ¿firma o no firma? —El agente la miraba—. Tengo otros tres interesados.
—Yo… —Renata miró el contrato. Miró el teléfono. Miró el contrato.
Y se levantó.
—Perdón. Surgió una emergencia. —Agarró su bolsa—. ¿Me lo puede guardar una hora? Una hora nada más, vuelvo y firmo, se lo prometo.
—Una hora. Ni un minuto más.
Renata ya iba corriendo escaleras abajo, marcándole a Max sin que contestara, el corazón en la garganta, la lista de departamentos y la fecha límite olvidadas por completo.
—
Llegó al Hospital Santa Elena sin aire, despeinada, y preguntó en recepción por Maximiliano Montenegro con una voz que no reconoció como suya.
La mandaron a una habitación privada. Empujó la puerta de golpe.
Y se encontró a Max perfectamente sano, de pie, sin un rasguño, junto a una cama donde Emilio yacía con una pierna enyesada y cara de fastidio.
—Ah, eres tú —dijo Emilio, agrio.
Renata se quedó en el umbral, jadeando, mientras el alivio y la rabia chocaban dentro de ella como dos coches.
—¿Estás… estás bien? —le preguntó a Max, todavía sin procesarlo.
—Yo, perfectamente. —Max la miraba con una calma insoportable—. Fue Emilio. Se cayó de un árbol jugando no sé qué. Fractura de tibia. Nada grave.
—Me mandaste "estoy en el hospital". —La voz le temblaba—. Sin decir nada más. Pensé que… —Se interrumpió, porque terminar la frase era confesar demasiado—. Pensé lo peor.
—¿Sí? —Algo brilló en los ojos de Max, atento, peligroso—. ¿Y por qué pensaste lo peor, Rena? ¿Por qué soltaste lo que estabas haciendo y viniste corriendo, si yo te doy tanto asco?
Renata apretó los labios. Había caído redondita en algo, no sabía bien en qué.
Lo había, sí. Había soltado la pluma a milímetros del contrato. Había dejado plantado al agente, había puesto en riesgo lo único que le quedaba —un techo para su abuela el día en que vencía el plazo de Rodrigo— porque tres palabras de Max le habían hecho creer que él se moría. Toda su cabeza, todos sus cálculos de seis años, barridos en un segundo por el miedo a perderlo. Y lo peor era que no podía decírselo. No podía dejarle ver que seguía siendo, después de todo, su punto ciego.
—Vine porque eres mi paciente. Punto.
—Claro. —Max no le creyó ni un poco—. Bueno. Ya que estás aquí, y ya que el médico de Emilio dice que necesita atención en casa varias semanas… te tengo una propuesta de trabajo.
—No.
—Todavía no la oyes.
—La oigo y es no.
—Te mudas a la casa. —Lo dijo de corrido, como quien ya lo tenía todo planeado—. Como médica de planta de Emilio mientras se recupera. Cuarto, comida, sueldo aparte del contrato. Y antes de que digas que no por la razón equivocada… —se acercó, bajando la voz para que Emilio no oyera, y la clavó con la mirada— déjame adivinar lo que te detiene. Crees que es por ti. Crees que sigo enamorado de ti, ¿verdad? Que te quiero cerca por eso.
Renata se quedó muda.
—Pues no. —Cada palabra era una piedra colocada con cuidado—. Tú me lo dejaste bien claro: fue un juego. Para mí también, resulta. Esto son negocios, doctora Salas. Mi hermano necesita una médica de confianza, tú necesitas un techo, y yo necesito que el tratamiento de mi padre no se interrumpa porque tú andas durmiendo en la calle. Es una transacción. Nada más. —Ladeó la cabeza—. A menos que seas tú la que no se confía a sí misma viviendo bajo mi techo.
Era una trampa perfecta, y los dos lo sabían. Si decía que no, confesaba que le importaba demasiado estar cerca de él. Si decía que sí, perdía la única distancia que le quedaba. Max la había acorralado con sus propias armas: usando la indiferencia que ella había fingido, para obligarla a aceptar lo que de otro modo jamás aceptaría.
Y abajo, en algún cajón de su cabeza, estaba la abuela. El plazo de Rodrigo que vencía ese mismo día, a esa misma hora. El departamento que ya no iba a alcanzar a firmar porque había salido corriendo por un mensaje de tres palabras. No tenía techo. No tenía tiempo. No tenía opciones.
Lo miró, y supo que él también lo sabía. Que lo había calculado todo. Que esa "transacción" era, en realidad, una mano tendida disfrazada de negocio, para que ella pudiera tomarla sin perder la cara.
—Tengo una condición —dijo al fin, despacio—. Mi abuela no se muda contigo. Le rento un departamento propio, cerca, con lo que me pagues. Ella tiene su espacio, su tranquilidad. Yo voy y vengo.
—Hecho. —Max no dudó ni un segundo; era exactamente lo que esperaba—. Ortega te ayuda con lo de tu abuela hoy mismo.
—Yo me encargo de mi abuela.
—Como quieras. —Una pausa—. Bienvenida a casa, doctora.
Desde la cama, Emilio los miraba con el ceño cada vez más fruncido, oliéndose que algo se le escapaba.
—Espérate. ¿Va a vivir con nosotros? —Se incorporó de golpe y se arrepintió enseguida por el tirón en la pierna—. ¡Hermano! ¡No! ¡Esta mujer es la que te…!
—Es tu médica, Emilio. —El tono de Max no admitía discusión—. Y vas a portarte bien con ella.
—
Esa tarde, Renata fue por sus cosas y las de la abuela.
Mientras doblaba la poca ropa que tenían, le explicó a la abuela el arreglo, omitiendo cuidadosamente la mitad de las cosas. La abuela la escuchó, asintió despacio, y al final dijo, con esa media sonrisa suya que lo veía todo:
—Así que te vas a vivir a casa del muchacho de la vainilla.
—Es trabajo, abue. Voy a cuidar a su hermano. Tengo mi cuarto, él tiene el suyo. No es lo que estás pensando.
—Yo no estoy pensando nada, mija. —La abuela le acomodó un mechón detrás de la oreja, con los ojos brillando de pura picardía—. Pero Dios escribe derecho en renglones torcidos. Y a veces le ayuda un empujoncito.
Renata no le contestó. Cerró la maleta, cargó la caja de medicinas, y trató de no pensar en que esa noche dormiría bajo el mismo techo que Maximiliano Montenegro.
En el cuarto de al lado, para ser exactos, separados solo por una pared y una puerta. Aunque eso todavía no lo sabía.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭