una niña arrancada de su casa, un silencio que duele a todos los que la conocen y un secreto que se esconde bajos las propias narices del jefe de la mafia Alemana.
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la calma antes de la noche
La mañana llegó envuelta en un silencio que resultaba extraño incluso para un lugar como aquel.
Por primera vez en muchos años, el burdel no despertó con risas fingidas, música estridente ni el constante ir y venir de hombres ebrios. El ataque de la noche anterior había dejado una huella imposible de ocultar. El amplio salón de la planta baja parecía un campo de batalla: mesas destrozadas, botellas hechas añicos, sillas volcadas y manchas oscuras que el agua apenas conseguía borrar del suelo de madera.
Zonia descendió por la escalera de servicio con un balde en una mano y un cepillo en la otra. Caminaba con la cabeza baja, como siempre, evitando mirar el desastre que la rodeaba. Su largo cabello negro caía sobre sus hombros mientras comenzaba a frotar una de las manchas de sangre que se había secado durante la madrugada.
A pocos metros, Nataly hacía exactamente lo mismo.
—Jamás vi un desastre igual... —murmuró mientras escurría el trapo dentro del balde—. Ese viejo siempre termina metiéndonos en problemas.
Zonia levantó apenas la vista.
Nataly suspiró.
—Y las que terminamos limpiando somos nosotras.
La muchacha respondió únicamente con un leve movimiento de cabeza antes de volver a concentrarse en el piso.
El olor metálico de la sangre seguía impregnando el ambiente. En las paredes aún podían verse agujeros producidos por las balas y algunos vidrios rotos dejaban entrar el aire helado del exterior.
El silencio resultaba incómodo.
Solo era interrumpido por el roce de los cepillos sobre la madera y el agua cayendo dentro de los baldes.
Cada tanto aparecía alguna de las pocas mujeres que todavía vivían allí para ayudar unos minutos antes de regresar a sus habitaciones. Nadie hablaba demasiado. Todas habían comprendido que algo importante había ocurrido la noche anterior.
Nataly, en cambio, no podía dejar de pensar en ello.
—Dicen que eran alemanes... —comentó en voz baja mientras seguía limpiando—. Nadie sabe cuántos entraron. Solo que parecían fantasmas. Entraron, golpearon a todos los guardias y desaparecieron antes de que llegara alguien.
Zonia escuchaba con atención.
No preguntaba. Nunca preguntaba.
Pero Nataly conocía cada uno de sus silencios.
—Lo único que sé es que dejaron al viejo hecho pedazos.
Por primera vez, Zonia levantó la mirada hacia ella.
Nataly sonrió apenas.
—No... tampoco me da lástima.
La joven volvió a bajar la cabeza.
Durante horas continuaron limpiando el salón, las escaleras y el pasillo principal. El agua del balde cambiaba de color una y otra vez hasta volverse completamente rojiza.
Cuando terminaron la planta baja, comenzaron con los pasillos del piso superior.
Las habitaciones permanecían cerradas.
Todo parecía extrañamente tranquilo.
Al llegar el mediodía, una voz conocida rompió el silencio.
—¡Nataly! ¡Zonia!
Era Viviana.
Ambas caminaron hasta la cocina.
El cálido aroma de la comida recién preparada contrastaba con el ambiente frío del resto del edificio.
Sobre la mesa había dos platos humeantes y un trozo de pan para cada una.
—Siéntense antes de que se enfríe.
Nataly sonrió con sincera gratitud.
—No sé qué haríamos sin vos.
Viviana fingió molestarse.
—Seguramente morir de hambre.
Las tres compartieron una pequeña sonrisa.
Zonia tomó lentamente la cuchara y comenzó a comer con la tranquilidad de quien había aprendido a disfrutar cada bocado porque nunca sabía cuándo volvería a tener otro plato delante.
Viviana la observó unos segundos.
Aquella muchacha seguía siendo demasiado delgada.
Cada cicatriz sobre sus brazos hablaba por sí sola.
Cuando terminaron de comer, la cocinera respiró hondo.
Su expresión cambió por completo.
—Brakaj despertó.
Nataly dejó el cubierto sobre la mesa.
—¿Y?
—Preguntó por Zonia.
El silencio cayó inmediatamente sobre la cocina.
Los dedos de Zonia quedaron inmóviles alrededor del plato.
Viviana bajó la voz.
—Quiere verla ahora mismo.
Nataly negó con la cabeza.
—Voy con ella.
—No creo que le guste la idea.
—No me importa.
Viviana conocía esa mirada. Sabía que no lograría convencerla de lo contrario.
Las dos salieron de la cocina y comenzaron a subir las escaleras.
Cada peldaño parecía más pesado que el anterior.
Al llegar frente al despacho, Nataly golpeó dos veces la puerta.
Una voz ronca respondió desde el interior.
—Entra.
Nataly abrió lentamente.
El despacho seguía siendo el mismo de siempre, aunque el hombre sentado detrás del escritorio parecía otro.
Brakaj tenía el rostro completamente cubierto de hematomas.
Uno de sus ojos permanecía casi cerrado por la hinchazón.
Su labio inferior estaba partido.
La mano izquierda descansaba sobre el escritorio envuelta en gruesos vendajes.
Tres dedos ya no estaban.
Durante unos segundos nadie dijo una palabra.
Brakaj observó primero a Zonia.
Después dirigió la mirada hacia Nataly.
Su expresión se endureció.
—Dije que mandaran a la chica.
—No iba a dejarla venir sola.
El hombre golpeó el escritorio con la mano sana.
—¿Desde cuándo necesitás pensar por tu cuenta?
Nataly bajó la vista sin responder.
Conocía demasiado bien el carácter de aquel hombre. Esperó un grito. Esperó un golpe.
Pero nada de eso ocurrió.
Brakaj permaneció varios segundos en silencio. Luego...
Sonrió. Una sonrisa lenta. Fría. Cruel.
Aquella expresión hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Nataly.
Había aprendido a temer esa sonrisa mucho más que cualquiera de sus gritos.
Brakaj volvió a mirar a Zonia.
La observó detenidamente.
Como si estuviera evaluando una vieja pertenencia que había permanecido guardada durante años.
—Ha crecido...
Murmuró casi para sí mismo.
Zonia permanecía inmóvil.
Con las manos unidas delante del cuerpo y la cabeza ligeramente inclinada.
Ni siquiera levantó la vista.
—Esta noche recibiremos visitas importantes.
Nataly sintió cómo el corazón comenzaba a latir con fuerza.
Brakaj apoyó la espalda contra el respaldo de la silla. Hizo un pequeño gesto de dolor.
—Quiero que la bañes.
Hizo una pausa.
—Buscale el vestido más bonito que tengamos.
Nataly frunció el ceño.
—¿Para qué?
Los ojos del hombre brillaron con una satisfacción enfermiza.
—Porque van a conocerla.
El aire pareció desaparecer del despacho.
Nataly sintió un nudo en el estómago.
Conocía a Brakaj desde hacía demasiados años.
Sabía reconocer cuándo estaba tramando algo.
Y aquella sonrisa...
Era la misma que había visto otras veces antes de arruinar la vida de alguien.
Miró de reojo a Zonia.
La muchacha seguía inmóvil.
No preguntó.
No lloró.
No habló.
Simplemente aceptó la orden con un pequeño movimiento de cabeza, como había hecho toda su vida.
Aquello rompió el corazón de Nataly.
Porque comprendió que Zonia ya ni siquiera esperaba que las cosas pudieran ser diferentes.
—Ahora váyanse.
Las dos obedecieron sin decir una palabra.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellas, caminaron en silencio por el pasillo.
Solo cuando estuvieron lejos del despacho, Nataly tomó con suavidad la mano de la muchacha.
La apretó con fuerza.
Intentando transmitirle una tranquilidad que ella misma no sentía.
Por primera vez en muchos años...
Tenía el presentimiento de que aquella noche cambiaría el destino de Zonia para siempre.
pero, con la q llegó te dará la fuerza y el poder de defenterte