En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
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PORQUE JUNTOS SOMOS INVENCIBLES.
Se giró y le tendió la mano a Layla, invitándola a acercarse. Ella desmontó y caminó a su lado, erguida, hermosa, con la dignidad de una princesa de Al-Jazair, mirando al guardián con valentía y curiosidad.
—Ella es Layla —presentó Caelen con orgullo, poniendo su mano sobre el hombro de ella, protegiéndola y reivindicándola al mismo tiempo—. Hija de Zayn y Elena, princesa de Al-Jazair, Cuñada de Amara de Zoraya. Ella me encontró cuando yo no sabía quién era. Ella creyó en mí cuando yo mismo me despreciaba. Ella es mi igual, mi compañera, mi amor y mi reina. Y su magia es tan poderosa y antigua como la mía.
Lord Theron miró a Layla con una mezcla de sorpresa y respeto, reconociendo también en ella la luz, la fuerza y la realeza que llevaba dentro. Hizo una reverencia profunda ante ella también.
—Bienvenida, Princesa Layla —dijo él—. Las profecías también hablaban de ti. Decían que la luz de Velarion volvería acompañada de la fuerza de Al-Jazair, que ambas magias se unirían para restaurar el equilibrio. Lo que habéis hecho, lo que habéis logrado… es algo que nadie más en siglos ha conseguido.
Los tres comenzaron a caminar hacia el interior de Aethyr, y Theron les fue contando todo lo que había sucedido en los años de oscuridad. Les explicó que los enemigos, liderados por un hechicero oscuro llamado Malakor, habían creído que habían matado a todo el linaje, pero que la magia del reino había protegido el lugar, ocultándolo bajo una niebla mágica y manteniendo viva una pequeña esperanza.
—Malakor todavía cree que no queda nadie de la familia real —les advirtió Theron, con voz seria—. Pero ahora que habéis cruzado el Paso, ahora que vuestra magia brilla con tanta fuerza, no tardará en saberlo. Él quiere el poder de Velarion para sí mismo, quiere apagar la luz para siempre y gobernar todo el mundo en oscuridad. El peligro es real, Alteza.
Caelen apretó la mano de Layla con fuerza, y sus ojos brillaron con una determinación feroz y valiente.
—Que venga —dijo él con frialdad y poder—. Durante años fui un hombre olvidado, débil y solo. Pero ahora soy Caelen de Velarion. Tengo mi magia, tengo mi historia, tengo a Layla a mi lado… y tengo un pueblo que liberar. Que venga Malakor. Le demostraremos que la luz es mucho más fuerte que cualquier oscuridad.
Al llegar a un valle oculto, rodeado de bosques inmensos y de una belleza sobrecogedora, Theron les indicó que descansaran en una antigua casa de caza real, que había permanecido intacta gracias a la magia protectora del lugar. Era una construcción hermosa, de piedra blanca y madera noble, llena de antigüedades, libros y objetos que pertenecían a su familia.
Al entrar, Caelen se detuvo en el centro de la sala principal, y todo a su alrededor reaccionó ante su presencia: las lámparas se encendieron solas con luz azul y dorada, los muebles parecieron recobrar vida, y en las paredes, cuadros cubiertos de polvo se limpiaron por sí solos, revelando las imágenes de sus padres, de sus antepasados, de toda su historia.
—Esto es tuyo, mi amor —dijo Layla, acercándose a él y abrazándolo por la espalda, apoyando su cabeza en su hombro, mirando con él aquellos rostros que ahora reconocía en sus propios rasgos—. Todo esto te ha estado esperando. Y ahora, tú eres quien lo va a devolver a su antigua gloria.
Caelen se giró entre sus brazos y la miró, y en sus ojos había gratitud, amor, pasión y esa sed de ella que nunca desaparecía. La levantó en brazos con la misma facilidad de siempre, y comenzó a subir las escaleras hacia la habitación principal, una habitación grande, hermosa, con una cama inmensa cubierta de sedas blancas y doradas, llena de cojines y mantas suaves.
—Ahora que estamos aquí, en mi tierra, en mi casa… —murmuró él mientras la depositaba suavemente sobre la cama, cubriéndola inmediatamente con su cuerpo, mirándola con hambre y adoración—, quiero hacerte el amor como te mereces. Quiero que sientas lo que significa ser amada por un príncipe de Velarion. Quiero que cada rincón de este lugar sepa que tú eres mi reina.
Layla lo miró, con el corazón latiendo desbocado, con el cuerpo ardiendo de deseo solo con verlo, solo con escuchar su voz. Se quitó las prendas rápidamente, ansiosa por sentirlo, por tenerlo, por unirse a él en aquel lugar que era tan suyo.
—Entonces demuéstramelo —le retó ella con una sonrisa llena de promesas, abriendo sus brazos y sus piernas para recibirlo—. Hazme tuya, Príncipe. Marca tu territorio en mi piel.
Caelen no esperó más. Se deshizo de su propia ropa en segundos, quedando desnud° ante ella, con su cuerpo perfecto, fuerte, lleno de cicatrices que eran medallas, y con las marcas brillantes recorriendo su pech°, sus brazos, su espalda, brillando con una luz mágica que iluminaba toda la habitación. Se lanzó sobre ella, besándola con una pasión feroz, devorando sus labios, su boca, su cuello, dejando marcas de sus besos por toda su piel, reivindicándola, poseyéndola.
—Mía… siempre mía… —repetía él entre besos y susurros, mientras sus manos expertas recorrían cada centímetro de su cuerpo, apretando sus pech°s, acariciando sus caderas, deslizándose entre sus piernas ya abiertas y húm´das de deseo—. Nadie más te tendrá así. Nadie más sabrá lo que yo sé de ti.
Esta vez, su amor fue distinto. Fue más intenso, más profundo, más mágico. Al estar en su tierra, rodeado de su propia energía, su poder se desató por completo. Cuando la tocaba, cuando la besaba, cuando entr°ba en ella, la luz dorada y azul salía de su cuerpo, envolviéndola a ella también, mezclándose con la magia de Layla, creando una tormenta de sensaciones que iba más allá del placer físico, llegando directamente al alma.
La amó de todas las formas posibles: despacio, saboreando cada gemido, cada movimiento; rápido y profundo, llenándola hasta el límite, haciéndola gritar de placer; suave y tierno, mirándola a los ojos todo el tiempo, recordándole cuánto la amaba. Conocía su cuerpo a la perfección ahora, sabía exactamente dónde tocar, dónde besar, dónde presionar para llevarla al cielo y al infierno en cuestión de segundos.
—Eres mi luz… —le decía él mientras se movía dentro de ella, profundo, rítmico, llenándola de su ser—. Me salvaste de la oscuridad, Layla. Y ahora, te doy todo lo que soy. Mi poder, mi reino, mi vida… todo es tuyo.
—Y todo es tuyo… —respondía ella, perdida en el placer absoluto, sintiendo cómo su propio cuerpo respondía a él con una intensidad que la hacía temblar—. Soy tuya, Caelen… cuerpo y alma… ahora y siempre…
Cuando llegaron al clímx, fue una explosión de luz tan brillante que iluminó todo el valle, una mezcla de magias antiguas que hizo temblar la tierra suavemente, como si el propio reino celebrara la unión de su príncipe y su reina. Se quedaron abrazados, sudorosos, temblando, con las piernas entrelazadas, recuperando el aliento, mirándose a los ojos con una felicidad que no cabía en sus pechos.
Caelen se recostó a su lado, atrayéndola para que reposara su cabeza sobre su pecho marcado de luz, y acarició su cabello con suavidad, mirando hacia el techo, con una sonrisa de triunfo y amor.
—Mañana, mi amor —dijo él en voz baja, llena de promesas—, iremos hacia el centro del reino. Iremos hacia el Castillo de Cristal. Recuperaremos el corazón de mi poder. Y entonces… entonces estaremos listos para enfrentarnos a Malakor y a todo lo que venga. Porque contigo a mi lado, Layla… puedo conquistar el mundo entero.
Layla sonrió, cerrando los ojos, sintiéndose segura, amada y poderosa. Había encontrado su destino, su amor, su lugar. Y ahora, junto al Príncipe de Velarion, estaba lista para cualquier batalla, cualquier magia oscura, cualquier desafío. Porque juntos, eran invencibles.