En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 13: Mirada posesiva.
El aire alrededor de Lyssa se sentía pesado, casi sólido, cargado de una energía antigua y voraz que parecía querer tragarla entera. Serena estaba allí, a solo unos pasos, deslizándose sobre la arena húmeda como si la tierra misma se abriera para recibirla, y bajo la luz rojiza de la luna llena, su belleza era aún más deslumbrante y aterradora. Su cola, larga y cubierta de escamas oscuras que brillaban con reflejos metálicos, se movía lentamente a sus espaldas, dejando un rastro de agua salada que se evaporaba al instante, como si quemara la tierra al tocarla.
Christhian seguía interpuesto entre ellas, con el cuerpo tenso y rígido, temblando por el esfuerzo inmenso de resistir la presencia de la criatura. Sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, y respiraba con dificultad, como si el aire a su alrededor fuera escaso o envenenado. Pero Serena ni siquiera pareció notarlo al principio. Sus ojos, esos orbes brillantes de luz venenosa y dorada, estaban fijos exclusivamente en Lyssa, y en ellos no había rabia, ni odio, ni deseo de destrucción… al menos, no solo eso. Había algo mucho peor: posesión absoluta.
La sirena se acercó un paso más, y Christhian dio un respingo, como si una fuerza invisible lo empujara hacia atrás, obligándolo a apartarse. No podía mantenerse en medio; la voluntad de ella era más fuerte que cualquier barrera que él intentara poner. Quedó al lado, impotente, con el rostro desencajado por la angustia, mientras Serena se colocaba justo frente a Lyssa, tan cerca que Lyssa podía sentir el frío intenso que emanaba de su piel, un frío que calaba hasta los huesos.
—Por fin estamos solas, tú y yo —dijo Serena con suavidad, con esa voz aterciopelada que sonaba como una caricia y como una amenaza al mismo tiempo—. Ya no hay secretos entre nosotras. Ya sabes quién soy. Ya sabes lo que soy. Y sobre todo… ya sabes a quién pertenece todo lo que ves aquí.
Lyssa intentó hablar, intentó mantenerse firme, aunque por dentro sentía que sus piernas le fallaban. Levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada, negándose a mostrar miedo, aunque cada fibra de su cuerpo le gritaba que huyera, que se escondiera.
—Yo, no te pertenezco —dijo ella, con voz firme, aunque baja—. Y tampoco te pertenece todo lo que hay aquí. Mi madre vino buscando la verdad. Christhian está aquí retenido contra su voluntad. Ellos no son cosas para que tú las reclames.
Serena soltó una risa suave, musical y cruel, que hizo que las sombras a su alrededor se agitaran con violencia. Levantó una mano larga, pálida y fría, adornada con collares hechos de huesos pequeños y conchas afiladas, y acercó sus dedos lentamente al rostro de Lyssa, rozando apenas su piel, como si estuviera examinando algo que ya consideraba suyo. El contacto helado le provocó un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, dejándola paralizada.
—¡Qué dulce ingenuidad! —susurró la sirena, inclinándose hacia ella, hasta que sus rostros estuvieron muy cerca—. Crees que las cosas funcionan como en tu pequeño mundo de tierra firme, ¿verdad? Crees que la voluntad, el amor o la razón tienen algún poder aquí, en mi dominio. Pero déjame dejarte algo muy claro, niña de la sangre maldita…
Se detuvo, y sus ojos brillaron con una intensidad cegadora, clavándose en los de Lyssa, invadiendo su mente, mostrándole imágenes que no eran suyas: el mar profundo y oscuro, mujeres de su familia caminando hacia el agua, Christhian siendo marcado de niño, su propia madre caminando voluntariamente hacia las olas con una expresión de paz y de esclavitud al mismo tiempo.
—Todo lo que te interesa… todo lo que amas… todo lo que te hace sentir viva… me pertenece a mí desde mucho antes de que tú nacieras —dijo Serena con lentitud, enfatizando cada palabra, como si grabara fuego en el cerebro de Lyssa—. Tu madre… me pertenece. La tuve porque quise tenerla. Su curiosidad, su valentía, todo eso que tanto admiras… fue lo que la trajo a mis brazos. Ahora vive en mis profundidades, en mi palacio de coral y oscuridad. Es hermosa, es tranquila… y es mía. No pienso devolvértela. ¿Por qué habría de hacerlo? Lo que es bueno, lo que es especial… lo guardo para mí.
Hizo una pausa, y su mirada se desvió un instante hacia Christhian, que observaba todo con desesperación, sin poder intervenir, y luego volvió a fijarse en Lyssa con una intensidad aún mayor, cargada de celos y orgullo.
—Y él… —susurró, y su voz se llenó de una pasión oscura y posesiva—. Christhian. Mi tesoro más grande. Lo encontré cuando era pequeño, inocente, puro. Lo tomé. Lo moldeé. Le di todo lo que creía que necesitaba: compañía, amor, un propósito. Le di mi marca, le di mi voz, le di mi vida. Él respira porque yo quiero. Él siente porque yo lo permito. Él ama… porque yo se lo ordeno. Y ahora llegas tú, con tus ojos curiosos y tu determinación, y crees que puedes entrar aquí y arrebatármelo. Crees que puedes hacer que él mire a otra cosa que no sea yo.
Serena acercó su rostro al de Lyssa, y su aliento, frío y cargado de olor a mar profundo y muerte, golpeó su cara.
—Pero te equivocas, pequeña. Él ya es mío. Su cuerpo, su mente, su alma… todo me pertenece. Cuando él te mira, cuando siente esa atracción que tanto te gusta creer que es amor… es solo un reflejo de mí. Es solo que tú llevas mi marca, igual que él. Es solo que tú eres parte de lo que yo creé. Él no te quiere a ti… me quiere a mí, en ti. Y tú… tú tampoco lo quieres a él. Lo que sientes es solo el vínculo que yo forjé para mantenerlos atados, para jugar con ustedes dos como si fueran muñecos.
Lyssa sintió que la rabia le subía por la garganta, más fuerte que el miedo, más fuerte que el frío. Apartó la cara bruscamente de los dedos de la sirena, rechazando su tacto, y miró a Serena con desafío.
—Te equivocas —dijo ella con fuerza—. Lo que sentimos es real. Tú lo has atado, lo has torturado, le has robado la vida… pero no has podido matar lo que hay dentro de él. Y lo que hay entre nosotros… tú no lo creaste. Solo lo usaste. Pero ahora nosotros lo vamos a usar para romper todo lo que has construido.
Por un segundo, una sombra de furia verdadera cruzó el rostro perfecto de la sirena, y sus ojos brillaron con una luz roja intensa. Pero rápidamente volvió a sonreír, una sonrisa más amplia, más aterradora, llena de una confianza absoluta. Levantó la mano de nuevo, pero esta vez no tocó su cara; se la llevó a la muñeca de Lyssa, apretando con fuerza justo sobre la marca oscura que allí brillaba.
Lyssa ahogó un grito de dolor agudo, como si le clavaran cuchillos al rojo vivo en la piel. Cayó de rodillas, incapaz de sostenerse, y escuchó a Christhian gritar su nombre, intentando acercarse, siendo retenido por barreras invisibles que Serena había puesto.
—¡Míralo! —ordenó la sirena, señalando a Christhian con la cabeza, mientras apretaba más fuerte la marca, haciendo que el dolor se extendiera por todo el cuerpo de Lyssa—. ¡Míralo y entiende! Él sufre ahora solo porque yo te hago daño. Él siente tu dolor como si fuera suyo. Él corre hacia ti, aunque sabe que yo lo ordeno. ¿Crees que eso es amor, niña tonta? ¡Eso es propiedad! Eso es que ambos estáis grabados con mi nombre, con mi esencia.
Se agachó hasta quedar a la altura de Lyssa, mirándola desde arriba con esa belleza cruel y triunfal.
—Te lo repito, por última vez, para que te quede grabado en el alma: todo lo que te interesa, todo lo que buscas, todo lo que podrías llegar a amar… me pertenece a mí. Tu madre está conmigo y nunca saldrá. Christhian vive por mí y nunca será libre. Tú misma… tú misma estás aquí solo porque yo te dejé venir, solo porque me gusta ver cómo luchas, cómo sufres, cómo crees que tienes alguna oportunidad.
Se puso de pie lentamente, deslizando su mano helada por el brazo de Lyssa hasta soltarla, dejando tras de sí una sensación de quemadura y suciedad que no se iría nunca. Miró hacia arriba, hacia la luna roja, y abrió los brazos, dejando que su poder fluyera libremente por todo el pueblo, haciendo que el mar rugiera con fuerza, que las olas subieran más alto, que las casas temblaran en sus cimientos.
—Esta noche te lo he dicho todo —anunció Serena, con voz resonante que llenó el aire—. Ya no hay dudas. Ya sabes tu lugar. Y tú lugar no es aquí, junto a lo que es mío. Tu lugar es lejos… o aquí abajo, en mis profundidades, junto a todos los demás que reclamo para mí.
Volvió a mirarla una última vez, con esa mirada posesiva y absoluta, que reclamaba cada parte de ella, cada pensamiento, cada deseo.
—Disfruta de lo poco que te queda de libertad, pequeña. Disfruta de mirarlo, de hablar con él, de soñar con salvar a tu madre. Porque todo eso… todo eso que te hace sentir viva… pronto será mío. Y cuando llegue ese momento, te darás cuenta de que nunca fuiste nada más que una invitada en mi reino. Y de que nada, absolutamente nada, escapa a mi posesión.
Con un último movimiento elegante y aterrador, Serena se giró y comenzó a deslizarse de vuelta hacia el mar, donde las aguas oscuras la esperaban abiertas, brillando con reflejos rojizos. A su paso, las sombras se inclinaban, el suelo se abría, y el aire vibraba con su triunfo.
Lyssa quedó en el suelo, temblando, con el dolor punzante en la muñeca y las palabras de la sirena resonando en su mente como una sentencia de muerte. Christhian corrió hacia ella, se arrodilló a su lado y la tomó entre sus brazos, abrazándola con desesperación, con miedo, con amor contenido.
—Te lo dije… —susurró él contra su cabello, con la voz rota por el llanto y la rabia—. Te dije que ella lo considera todo suyo. No solo cosas, Lyssa… vidas, sentimientos, recuerdos… todo cree que le pertenece. Y esta noche… esta noche nos ha dejado claro que no va a permitir que nada ni nadie se lo quite.
Lyssa se aferró a él, levantando la vista hacia las aguas negras donde la figura de la sirena se desvanecía lentamente bajo la luna roja, dejando tras de sí un pueblo aterrorizado y dos almas que, aunque reclamadas como propiedad, estaban más decididas que nunca a luchar para recuperar lo que era suyo: su libertad, su amor… y su vida.