Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capítulo 9: La lección de disimulo
Salimos del comedor escolar juntos, caminando por los pasillos amplios y luminosos del instituto. Yo iba delante, con la cabeza muy alta, saludando a diestra y siniestra, sintiéndome triunfante, radiante y absolutamente satisfecha con la lección que acababa de darle a esas tres chicas envidiosas. Detrás de mí, Alexandro caminaba en silencio, pero yo podía sentir su mirada fija en mi espalda, y sabía perfectamente que no estaba callado por admiración, sino porque estaba preparando uno de sus discursos serios que tanto me gustaba detestar.
Cuando llegamos al patio trasero, un lugar más tranquilo y con menos gente, me detuve de golpe, me giré hacia él y le sonreí con todo el brillo de mi victoria. —¿Verdad que ha sido magnífico? —le dije, antes de que él pudiera abrir la boca—. ¿Viste sus caras? ¡Valentina parecía un árbol de Navidad con todas esas flores que le salían del pelo! Y la otra cantando… ¡me dio hasta pena de lo gracioso que era! Casi. Fue perfecto, Alexandro. Impecable. Un trabajo de magia fino, elegante y muy, muy merecido.
Esperaba que me felicitara, que me dijera lo genial que era, que me admirara como se debe. Pero en lugar de eso, él suspiró, se pasó una mano por el cabello y se apoyó contra la pared, mirándome con esa expresión seria, casi de regaño, que tanto me exasperaba.
—Sí, fue muy divertido —empezó él, con tono tranquilo pero firme—. Y muy ingenioso, no te lo voy a negar. Tienes una imaginación que asusta, Mariam. Pero…
Ahí estaba. Ese "pero" que siempre arruinaba mis momentos de gloria. Fruncí el ceño y crucé los brazos sobre el pecho. —¿Pero ¿qué? ¿Pero qué pasa ahora? ¿No te gustó el color del pelo? ¿Crees que debí haber hecho que bailaran flamenco en vez de vals? Dime, que soy muy abierta a críticas constructivas… siempre y cuando me digan que soy maravillosa.
Alexandro negó con la cabeza y dio un paso hacia mí, bajando un poco la voz, aunque estábamos solos. —El problema no es cómo lo hiciste, Mariam, es que lo hiciste. Y lo hiciste a lo grande, como siempre. ¿Te das cuenta de lo que pasó ahí dentro? Tres chicas de repente empiezan a hacer cosas imposibles, cosas que no tienen explicación lógica, cosas que parecen sacadas de una película o de un cuento de hadas. Y todo porque tú te enfadaste un poquito.
Me llevé una mano al pecho, fingiendo una indignación absoluta, aunque por dentro sabía muy bien a dónde quería ir a parar. —¿Un poquito? —repetí, escandalizada—. ¡Querían manchar mi vestido! ¡Mi vestido de seda importada! ¡Y humillarme delante de todo el mundo! Si eso no es motivo para una pequeña lección, no sé qué lo es. Además, todo salió bien. Nadie supo que fui yo. Todos pensaron que fue una broma, o una coincidencia, o que les dio algo. Yo estuve ahí sentada, tan tranquila, tan dulce… ¡Ni siquiera me miraron a mí como culpable! Soy una maestra del disimulo, Alexandro. Deberías tomar apuntes.
Él se acercó más, y sus ojos oscuros me miraron fijamente, con una intensidad que a veces me desarmaba, aunque yo nunca lo admitiera. —¿Maestra del disimulo? —repitió él, casi con suavidad, pero con firmeza—. Mariam, por favor. Tú no disimulas, tú simplemente brillas tanto que la gente se olvida de mirar los detalles. Pero eso no significa que no te vean. ¿Crees que nadie se da cuenta de que cada vez que tú estás presente, pasan cosas extrañas? ¿Que cuando tú llegas, el clima cambia, que las cosas se mueven, que la gente se siente rara o se enamora o se vuelve loca de admiración? Tú no puedes hacer lo que quieras, cuando quieras y con quien quieras, solo porque tienes el poder para hacerlo. Vivimos en el siglo XXI, en un mundo donde la magia está olvidada, donde la gente teme lo que no entiende. Si sigues actuando así, un día no será una broma, un día alguien se dará cuenta, alguien preguntará, alguien querrá saber de dónde viene todo eso… y entonces sí que tendremos problemas de verdad.
Solté una risa corta y me di la vuelta, caminando unos pasos por el patio, mirando las flores con indiferencia, como si sus palabras fueran solo el viento pasando. —¡Qué exagerado eres! Siempre con tus advertencias, siempre con tus miedos… Aburres, Alexandro. De verdad. Mira, te lo explico de forma sencilla, para que lo entiendas: yo no hago nada malo. Yo solo hago que las cosas sean más interesantes, más bonitas, más justas. Si esas chicas quedaron en ridículo, fue porque se lo buscaron. Si el sol brilla más cuando yo salgo, es porque yo soy luz. Si la gente me admira, es porque nací para ser admirada. ¿Qué quieres que haga? ¿Qué me esconda? ¿Qué apague mi brillo para que los demás no se sientan mal o no se asusten? ¡Eso sí que nunca! Yo soy así, soy poderosa, soy grandiosa, y el mundo tiene que adaptarse a mí, no yo al mundo.
Me giré de nuevo hacia él, levantando la barbilla con altivez, y le dediqué una sonrisa de suficiencia que lo hizo apretar los labios. —Y ya sé qué te pasa, querido. Lo sé perfectamente.
Alexandro arqueó una ceja, confundido. —¿Ah sí? ¿Y qué me pasa, según tú?
—Que estás celoso —le dije, muy segura de mí misma, señalándolo con el dedo índice—. Eso es todo. Estás celoso de mi genialidad, de mi poder, de lo increíble que soy y de lo fácil que me sale todo. Te molesta ver que yo puedo hacer cosas que tú solo sueñas, que yo puedo cambiar la realidad con un movimiento de dedo y salir triunfante, mientras tú te preocupas por normas y reglas estúpidas que ya no valen para nada. Te molesta que yo sea tan superior, tan brillante y tan… yo. Por eso siempre me pones pegas, siempre me dices que me controle, siempre me quieres limitar. Es pura envidia, Alexandro. Lo entiendo, de verdad. Es difícil vivir a la sombra de alguien tan maravilloso, pero tendrás que aprender a llevarlo con dignidad.
Esperaba que se enfadara, que me dijera que estaba loca, que se fuera indignado. Pero en lugar de eso, él soltó una risa larga, profunda y sincera, y se pasó una mano por la cara, negando con la cabeza como si lo que yo acababa de decir fuera la cosa más graciosa del mundo.
—¿Celoso? —repitió él, acercándose de nuevo hasta que estuvo a solo unos centímetros de mí—. ¿Yo celoso de ti? Mariam, mi vida, si yo quisiera tener ese poder, ya lo tendría. Y si quisiera brillar tanto como tú, créeme, lo haría. Pero no. No es envidia lo que siento. Es… pánico. Y admiración. Y muchas ganas de cuidarte, aunque tú no lo pidas.
Puso una mano suavemente sobre mi hombro, y sentí su calor atravesar la tela de mi ropa, calmando esa energía inquieta que siempre corría por mis venas. —No quiero limitarte porque me moleste lo que eres —continuó él, bajando la voz hasta que fue solo un susurro entre nosotros—. Quiero que aprendas a disimular, a medir tus fuerzas, a ser discreta… porque si algún día te pasara algo, si alguien te hiciera daño por lo que eres o por lo que puedes hacer, yo no sabría qué hacer conmigo mismo. Tú eres un huracán, Mariam. Eres fuego, eres luz, eres todo lo que es intenso y fuerte. Y yo no quiero apagarte, nunca. Solo quiero que aprendas a controlar ese fuego para que no te quemes a ti misma ni quemes todo lo que te rodea. Porque eres demasiado valiosa, demasiado especial… y sí, demasiado genial, como para que un error por exceso de confianza te arruine todo.
Me quedé mirándolo, sorprendida. Porque esperaba regaños, esperaba discusiones, esperaba que me dijera que era una irresponsable. Pero no esperaba eso. No esperaba escuchar que lo hacía por mí, por miedo a que me pasara algo. Por un segundo, mi orgullo bajó un poquito, mi máscara de diosa invencible se agrietó un milímetro, y sentí ese calor extraño en el pecho que solo él lograba provocarme.
Pero claro, yo soy yo, y no podía dejar que ganara la discusión tan fácilmente. Me quité su mano del hombro con suavidad, le sonreí con malicia y di un paso atrás, recuperando toda mi altivez.
—Bonitas palabras —le dije, acomodándome el cabello con elegancia—. Muy poéticas, muy emotivas… pero sigo diciendo lo mismo: es envidia. Y preocupación innecesaria. Porque recuerda, querido: yo no soy una chica normal, ni siquiera soy una hechicera normal. He vivido mil años, he sobrevivido a cosas que tú ni te imaginas, y he salido victoriosa de todo. Si ahora estoy aquí, ahora soy esto, ahora tengo este poder… es para usarlo. Para brillar. Para ganar. Y si tengo que disimular, lo haré a mi manera. Que es, por cierto, la mejor manera que existe.
Me acerqué de nuevo a él, me puse de puntitas y le di un golpecito en la mejilla, como si él fuera el niño pequeño y yo la adulta que explica las cosas. —Y no te preocupes por mí, ¿vale? Yo sé lo que hago. Y si alguna vez me meto en un lío demasiado grande… bueno, para eso te tengo a ti, ¿no? Para que vengas corriendo, me salves, me digas que soy un desastre y luego te quedes mirándome con esa cara de enamorado que pones cuando crees que no me doy cuenta.
Alexandro se quedó quieto, con la mano todavía en el aire donde yo lo había tocado, mirándome con una mezcla de rendición y fascinación absoluta. Sabía que había ganado. Sabía que, aunque tenía razón en muchas cosas, yo siempre tenía la última palabra.
—Eres imposible —murmuró él, sacudiendo la cabeza, pero con una sonrisa tierna que no podía ocultar—. Eres terca, eres arrogante, eres peligrosa… y te aseguro que no te hace falta magia para tenerme donde tú quieras.
—Lo sé —respondí yo, dándome la vuelta y empezando a caminar de nuevo, con la seguridad de una reina que ha conquistado el debate—. Es parte de mi genialidad. Ahora, vamos. Tengo que ir a la biblioteca a buscar unos libros. Y tú vas a venir conmigo, por si acaso necesito que me lleves los cuadernos o que me admires un rato. Y si te portas bien, a lo mejor te dejo invitarme un helado otra vez.
Caminé delante, sabiendo perfectamente que él me seguiría, como siempre. Y mientras iba andando, pensé en sus palabras, en eso de disimular, de no llamar la atención… Qué tonto es, pensé sonriendo para mis adentros. Como si yo pudiera pasar desapercibida. Como si el sol pudiera dejar de brillar. No, mi querido Alexandro. Yo no voy a dejar de ser yo. Y tú vas a tener que aprender a quererme, a cuidarme y a admirarme… con todo mi poder, con todo mi brillo y con todos mis desastres incluidos.
Y aunque no se lo dije, sabía que él ya lo entendía. Porque al final, él era el único que sabía que, detrás de tanta arrogancia, había una hechicera que solo quería brillar, vivir y ser amada exactamente por lo que era: extraordinaria.