Dinámica entre un Duque con doble personalidad (Alistair y Vane), el sanador dulce pero fuerte que lo cautiva
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El Susurro de las Escarchas
La Fortaleza de Cima Blanca no conocía el verano. Desde sus altísimas agujas de piedra negra hasta los fosos helados que la rodeaban, todo en el ducado de los Frostfell estaba sumergido en una nieve perpetua. En las cortes del Sur se decía que el Gran Duque no tenía corazón, sino un pedazo de hielo tallado latiendo en el pecho, y que la magia de sangre que fluía por sus venas era tan implacable como las ventiscas del norte.
Para Julian, sin embargo, el palacio no olía a leyenda ni a poder militar; olía a metal quemado, a sangre rancia y a dolor antiguo.
Con apenas veinte años y portando únicamente su morral de cuero corroído, Julian caminaba tras los pasos resueltos del mayordomo real por los interminables pasillos de granito. El joven sanador, procedente de un pequeño enclave fronterizo arrasado por la guerra civil, había sido reclamado por orden directa de la casa ducal. Su reputación como curandero —poseedor de una magia sutil que no usaba sangre ni dolor, sino la simple resonancia del flujo vital— era su mayor bendición y su más peligrosa condena.
—Recordad las reglas, muchacho —siseó el mayordomo sin volverse, su capa de piel pesada barriendo el suelo helado—. No habláis a menos que se os dirija la palabra. No miráis fijamente a los ojos de Su Excelencia. Y bajo ninguna circunstancia tocáis nada que no se os ordene tocar. En Cima Blanca, un error de etiqueta se paga con la piel.
—Entendido, milord —murmuró Julian. Sus manos, enguantadas en lana raída, apretaron la correa de su morral.
Su aspecto humilde contrastaba de manera flagrante con la opulencia austera del castillo. Llevaba túnicas sencillas de color crema y una melena castaña con reflejos dorados que caía sobre sus hombros. Sus ojos, de un verde hoja cálido y expresivo, desbordaban una mezcla de temor y profunda empatía. Sabía a lo que venía: el Duque sufría la Llama Nigromántica, un residuo maldito de una batalla contra los nigromantes del páramo que consumía su cuerpo desde dentro.
Llegaron ante una inmensa puerta de roble tallado con dragones de escarcha. Dos guardias con armaduras complejas e inscripciones rúnicas abrieron paso en silencio.
Al cruzar el umbral, la atmósfera cambió drásticamente. En lugar de una sala de guerra o un salón de trono frío, Julian se encontró en un invernadero de cristal imponente, rodeado de estufas de bronce que emitían un calor reconfortante. Plantas exóticas, flores de nieve de pétalos translúcidos y enredaderas de bayas carmesí crecían en ordenada armonía.
En el centro, sentado en una mesa de caoba llena de libros ilustrados y frascos de cristal, un hombre examinaba detenidamente una hoja marchita con una lupa.
Era un hombre alto, de espaldas anchas y presencia innegable, vestida con un jubón de terciopelo azul noche sin adornos militares. Su cabello, plateado como la luz de la luna sobre la nieve, caía en suaves ondas sobre su frente. Cuando escuchó los pasos, se levantó de inmediato. Sus ojos, de un gris tormentoso pero sorprendentemente serenos, se fijaron en Julian.
—Ah, debes de ser el joven Julian —dijo el hombre. Su voz no era dura ni imponente; era suave, profunda y teñida de una genuina calidez—. Por favor, pasa. Discúlpame por el desorden. Estaba intentando aclimatar estas orquídeas de sangre sin tener que recurrir a la magia.
Julian se congeló, parpadeando desorientado. ¿Este era el azote de las fronteras? ¿El temible Comandante Supremo?
—Su Excelencia... —Julian hizo una reverencia apresurada y algo torpe, haciendo que su morral estuviera a punto de resbalar de su hombro.
Una leve risa, dulce y cristalina, escapó de los labios del Duque. Alistair se acercó a paso lento, dando un espacio prudencial para no asustar al recién llegado. Extendió sus manos largas y cuidadas para ayudar a Julian a sostener el bolso.
—Nada de "Excelencia" en mi santuario, te lo ruego —dijo Alistair sonriendo con timidez. Tenía un rostro de facciones finas y aristocráticas, pero sus ojos transmitían una soledad contenida—. Aquí soy simplemente Alistair. Me han dicho que tienes un talento divino para aliviar los dolores de las quemaduras mágicas.
—Hago... hago lo que puedo con lo que la tierra y el flujo vital me otorgan, señor —respondió Julian, sintiendo cómo un rubor cálido subía por su cuello al notar la cercanía del noble. Alistair olía a lavanda, p parchmenty al punto helado del viento del norte; una combinación embriagadora.
—Entonces confío en ti —Alistair suspiró suavemente, señalando un diván de terciopelo verde—. La maldición es destructiva. Mis propios magos solo saben prescribir sangrías y magia punitiva. Apenas puedo dormir dos horas seguidas sin sentir que mi pecho arde en llamas.
Julian asintió, cobrando valor profesional. Se acercó al Duque y le pidió educadamente que se desabrochara el jubón. Alistair obedeció sin altivez, revelando un torso esculpido pero cruzado por una horrible cicatriz de venas negras que serpenteaban desde su vientre hasta la base del cuello, latiendo con una luz violeta tenue.
Con extrema delicadeza, Julian se quitó los guantes y colocó sus manos desnudas sobre la piel tibia de Alistair. La diferencia de temperatura hizo que el Duque ahogara un gemido bajo y cerrara los ojos.
—Tu piel está ardiendo... pero tu energía es extrañamente suave —murmuró Julian, concentrándose. De las palmas del sanador emanó un resplandor dorado y verdoso.
Al sentir el alivio, Alistair dejó caer la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello largo y pálido. Involuntariamente, buscó el toque de Julian, colocando su mano sobre la del muchacho. El contacto envió una descarga de electricidad líquida por la espina dorsal de Julian. Los ojos de Alistair se abrieron lentamente, encontrándose con los de Julian. Durante varias respiraciones, el mundo exterior pareció desvanecerse; solo existía el calor de sus pieles colisionando contra el frío eterno del exterior.
—Es... es una primera sesión —susurró Julian con el aliento entrecortado, sintiendo su propio corazón martillearle las costillas—. Tendremos que repetirlo todas las noches.
—Estaré esperando cada segundo, Julian —respondió Alistair con una sonrisa dulce y devota, apretando apenas la mano del muchacho antes de dejarlo ir.
Sin embargo, cuando Julian abandonó el invernadero esa noche, no podía quitarse de la cabeza la sensación de que, bajo la mirada dulce de Alistair, latía una sombra inmensa esperando el momento perfecto para despertar.
es mentira