Una joven heredera de un imperio financiero y de la mafia, que ocultó su verdadera identidad por amor, sufre la pérdida de su bebé y el desprecio absoluto de su esposo y su suegra tras un atentado cruel. Renacida de las cenizas, regresa para ejecutar una venganza implacable, mientras se ve atrapada en un matrimonio concertado con un titán de los negocios tan arrogante y dominante como ella, uniendo dos mundos donde el poder se paga con sangre y orgullo.
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PROMESAS EN LA PENUMBRA
El sonido de la cerradura al encajarse con un clic sordo resonó en la oficina privada del piso ejecutivo, pero el pestillo ya no importaba. En el instante en que los labios de Isaías se fundieron con los de Verónica, el mundo exterior, con sus portadas de periódicos, sus cámaras de televisión y sus imperios en bancarrota se desvaneció por completo.
Isaías la levantó del suelo sin romper el beso, aferrándola con una fuerza voraz mientras la llevaba hacia el amplio sofá de piel oscura ubicado en la esquina más apartada del despacho. La urgencia del momento no dejaba espacio para la delicadeza. Las manos del magnate se deslizaron con rapidez por la tela de su vestido blanco, rasgando el dobladillo y abriéndose camino por sus piernas con una posesividad abrasadora que encendía cada poro de la piel de Verónica.
Ella no emitió ninguna queja; al contrario, rodeó la cintura de su esposo con las piernas, impulsándose hacia él con un hambre idéntica, devolviéndole cada mordisco y cada roce con la fiereza de una mujer que se negaba a ser dominada, prefiriendo arder junto al fuego que ella misma había alimentado.
El sofá de la oficina fue testigo de un arrebato salvaje, desprovisto de cualquier regla corporativa. Las embestidas de Isaías eran profundas, rítmicas y desesperadas, buscando marcar cada centímetro de su territorio, arrancándole gemidos ahogados que Verónica intentaba sofocar contra su hombro. Sus uñas se clavaron con furia en la espalda ancha del magnate, surcando la piel a través de la camisa arrugada mientras el mundo entero parecía colapsar alrededor de sus cuerpos unidos por una fuerza elemental e indomable.
Cuando el clímax estalló, lo hizo con la violencia de una tormenta eléctrica. Un escalofrío violento recorrió la columna de Verónica, haciendo que sus músculos se contrajeran con fuerza extrema alrededor de él, mientras un gruñido gutural y profundo brotaba de la garganta de Isaías al derramarse en su interior en medio de un torbellino de pulsiones desbordadas.
Minutos después, el silencio en el despacho solo era roto por las respiraciones pesadas y aceleradas de ambos. Verónica yacía recostada sobre el respaldo del sofá, con el cabello revuelto, el vestido medio roto y sintiendo cómo las piernas le temblaban ligeramente de pura fatiga y éxtasis acumulado.
Isaías se incorporó con lentitud, acomodándose la camisa rota y la corbata desatada. Su respiración seguía agitada y sus ojos oscuros brillaban con una intensidad peligrosa, fijos en el rostro de su esposa con una promesa tácita latiendo en el aire. Se inclinó hacia ella, rozando con los dedos los labios ligeramente hinchados de Verónica, y le habló en un susurro grave, ronco y cargado de una advertencia directa:
—Esto no termina aquí, Verónica —le murmuró Isaías al oído, con un tono que helaría la sangre a cualquiera, pero que a ella le encendió una chispa de adrenalina—. En cuanto crucemos los portones de la mansión esta noche, no voy a tener compasión contigo. Prepárate, porque te voy a hacer pagar cada una de tus burlas.
Lejos de mostrar un ápice de temor o sumisión, Verónica ladeó el rostro con una sonrisa felina, desafiante y provocadora, mientras recuperaba el aliento. Enderezó la postura, arreglándose los tirantes rotos del vestido con absoluta elegancia.
—Ah, ¿sí? —respondió ella con un tono picoso, clavando sus ojos oscuros en los de él sin parpadear—. Pues entonces deja de hablar tanto, macho alfa... y demuestra de verdad de qué estás hecho cuando estemos a solas.
Isaías apretó la mandíbula, conteniendo una carcajada que amenazaba con romper su fachada de hombre intocable, mientras un destello de pura fascinación e ira contenida cruzaba su mirada. La guerra estaba declarada en todos los frentes.