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LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:423
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12: YA NO HAY VUELTA ATRÁS

Después del incidente del callejón, algo cambió en la manera en que Nail entrenaba a Mila. Ya no era solo teoría, posturas, nociones básicas de movimiento. Empezó a llevarla, dos veces por semana, a un lugar más apartado todavía, una quebrada seca al otro lado de la loma, lejos de cualquier casa, donde el sonido de un disparo se perdía entre las montañas sin alarmar a nadie.

—Hoy vamos a disparar de verdad —le dijo esa mañana, con una seriedad distinta a la de los entrenamientos anteriores, sacando de la bolsa de tela el mismo revólver de siempre, esta vez cargado con balas reales que brillaban opacas bajo la luz todavía tenue del amanecer.

Mila sintió que el estómago se le apretaba de una forma nueva. Todo lo aprendido hasta ese momento —la postura, la respiración, el cálculo de distancias— había sido, hasta ese día, una especie de ensayo sin consecuencias reales. Sostener un arma cargada, saber que un solo movimiento del dedo podía transformar ese pedazo de metal en algo irreversible, era distinto a cualquier cosa que hubiera sentido antes.

—¿Lista? —preguntó Nail, colocándose detrás de ella, ajustándole los hombros con las manos, un contacto que ya no la sorprendía tanto como al principio, aunque seguía sintiendo esa corriente pequeña cada vez que él la tocaba.

—Lista.

—Respire. Suelte el aire despacio. No apriete el gatillo de golpe, apriete como si estuviera exprimiendo un limón, despacio, con toda la mano, no solo con el dedo.

Mila apuntó hacia la lata vieja que Nail había colocado sobre una piedra, a unos diez metros de distancia, sintiendo el peso del arma vibrarle en las manos con cada latido acelerado de su corazón. Respiró, como él le había enseñado. Soltó el aire despacio. Y apretó el gatillo.

El estruendo del disparo la sacudió de una manera que ninguna práctica en seco había logrado prepararla del todo: el retroceso en las manos, el eco rebotando contra las paredes de la quebrada, el olor a pólvora quemada llenándole la nariz de golpe. La bala pasó lejos de la lata, perdiéndose contra la tierra seca de la ladera opuesta, pero eso, en ese momento, importaba menos que la sensación que le quedó recorriéndole el cuerpo entero: una mezcla de miedo, poder y algo parecido a la claridad, como si el disparo hubiera limpiado, de un solo golpe, alguna parte confusa de su cabeza.

—Otra vez —dijo Nail, sin mostrar ninguna sorpresa por el fallo, con la misma calma metódica de siempre—. Nadie acierta a la primera. Lo importante es que ya sabe lo que se siente. Ahora vamos a trabajar en la puntería.

Practicaron durante casi dos horas. Mila falló la mayoría de los disparos, pero hacia el final de la sesión, logró acertarle a la lata dos veces seguidas, un logro pequeño que sin embargo la llenó de un orgullo desproporcionado, una sensación que no se parecía a nada de lo que había sentido antes en su vida, ni siquiera a las mejores calificaciones del colegio, ni siquiera a los pocos momentos de alegría pura que recordaba de su infancia junto a Yeison.

Cuando terminaron, sentados sobre una piedra plana mientras el sol terminaba de subir del todo, Nail la miró con una expresión que mezclaba orgullo profesional y algo más difícil de nombrar.

—Tiene buena mano —dijo—. Mejor de lo que esperaba, para ser la primera vez.

—¿Eso es bueno o malo?

Nail se quedó pensando un momento, con la vista perdida en la quebrada seca, antes de contestar.

—Depende de para qué lo use. En las manos correctas, con el propósito correcto, es una herramienta. En las manos equivocadas, o con la intención equivocada, es una condena. Usted todavía tiene tiempo de elegir cuál de las dos va a ser.

—Ya elegí. Necesito defenderme. Y necesito saber quién mató a mi hermano.

—Esas dos cosas no son lo mismo, Mila. Defenderse es una cosa. Cazar a alguien es otra completamente distinta. Y una vez que empieza a cazar, es muy difícil parar antes de que la caza la termine cazando a usted.

Mila se quedó en silencio, sopesando esas palabras, sintiendo que había en ellas una advertencia más profunda de lo que Nail probablemente pretendía, una advertencia que en ese momento, con el orgullo todavía fresco de haber acertado dos disparos seguidos, no logró calar del todo.

—¿Usted también empezó así? —preguntó, con una curiosidad que llevaba semanas conteniendo—. ¿Defendiéndose de algo?

Nail tardó en responder, y cuando lo hizo, su voz sonó más baja, más lejana, como si estuviera hablando desde algún lugar dentro de sí mismo al que no llevaba a nadie con frecuencia.

—Mi papá le debía plata a la misma gente para la que yo trabajo ahora. Un día no pudo pagar. Yo tenía quince años. Vi lo que le hicieron. —Se detuvo, con la mandíbula tensa, y Mila entendió, sin que hiciera falta que él completara la frase, que esa historia terminaba de la misma forma en que había terminado la de Yeison—. Don Efraín, en ese momento, no era el que mandaba todavía, pero sí uno de los que mandaba mi papá matar. Cuando yo tenía diecisiete años, dos menos de los que tiene usted ahora, me ofrecieron trabajar para ellos. Dije que sí. Pensé que iba a usar eso para vengarme algún día.

—¿Y lo hizo?

Nail negó con la cabeza, con una tristeza que no intentó disimular.

—No. Con el tiempo entendí que la venganza que yo quería ya no tenía a quién cobrársela. La gente que mató a mi papá ya estaba muerta para cuando yo tuve el poder de hacer algo. Y para entonces, yo ya era parte de la misma máquina que se lo había llevado. Ya no había marcha atrás.

El silencio que siguió se sintió distinto a todos los anteriores entre ellos, más íntimo, más cargado de una comprensión mutua que no necesitaba palabras. Mila entendió, en ese momento, con una claridad fría que se le asentó en el pecho como una piedra, que Nail no le estaba contando esa historia para impresionarla ni para ganarse su confianza de manera calculada, sino porque, de alguna forma que ninguno de los dos había planeado, ya confiaba en ella lo suficiente como para mostrarle esa parte de sí mismo que mantenía oculta del resto del mundo.

—No quiero terminar como usted —dijo Mila, en voz baja, sin ninguna intención de ofenderlo—. Atrapada en la misma máquina, sin marcha atrás.

—Entonces tenga cuidado con cada paso que da desde hoy en adelante. Porque el primer paso ya lo dio. —Señaló el revólver que Mila todavía sostenía entre las manos—. Y de este ya no hay vuelta atrás tampoco.

Caminaron de regreso juntos, en un silencio distinto al de otras veces, un silencio que se sentía como el cierre de algo y, al mismo tiempo, como el comienzo de otra cosa completamente nueva. Mila sabía, sin necesidad de que nadie se lo confirmara, que la muchacha que había sido antes de esa mañana —la que soñaba con salir de El Pozo estudiando, la que dependía de su hermano mayor para sentirse segura, la que todavía creía, aunque fuera un poco, que el mundo tenía alguna clase de justicia esperándola en algún lugar— se había quedado atrás, en algún punto entre el primer disparo fallido y los dos aciertos que siguieron.

En su lugar, empezaba a nacer alguien distinta. Alguien que todavía no tenía nombre, ni apodo, ni la reputación que con el tiempo la volvería temida en toda la loma.

Pero ya tenía, desde esa mañana, el arma. Y la determinación.

Lo demás, aunque ella todavía no lo supiera, era solo cuestión de tiempo.

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