Antes de morir en una sangrienta operación militar en la Tierra, la vida del protagonista tuvo un solo propósito: pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana menor. Cada noche, para calmar su dolor, le leía novelas de romance. Tras perderla, cayó en combate poco tiempo después.
Para su sorpresa, despierta como Alexander von Ashford, poderoso Duque y General del Imperio de Valerius. La transmigración ocurre un mes después de partir a una guerra absurda, tras la trágica caída de su caballo. Ahora, un nuevo espíritu toma las riendas de su destino.
Al cruzar los recuerdos del cuerpo con los conocimientos de la novela, comprende la realidad: está dentro del libro. En la historia original, tras tres años de guerra, el Duque regresaba para descubrir que su esposa Elena y su hijo Theo de tres años habían muerto trágicamente.
Con su astucia táctica y la memoria del cuerpo, el exmilitar actuará rápido para cambiar el destino.
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Capítulo 17: El estratega en la bruma
El ajuste del último remache del yelmo de hierro resonó en la penumbra de mi tienda de mando como el martillazo de una sentencia. Me aseguré de que el visón del casco cerrado cubriera por completo los rasgos de Vargas. Sobre sus hombros descansaba mi capa ducal de paño azul oscuro, pesada y bordada con el estandarte del halcón.
—Erguido, Vargas —ordené en voz baja, ajustando la hebilla de la hombrera de acero sobre su cuerpo—. Camina con lentitud. Mantén la espalda rígida y la barbilla en alto. A partir de este momento, tú eres el General Alexander von Ashford.
—Sí, Excelencia —respondió la voz apagada de Vargas desde el interior del yelmo de hierro, resonando con un eco metálico bastante convincente.
El Subcomandante Cassian permanecía junto a la solapa de la tienda, vigilando las sombras del campamento con la mano sobre la empuñadura de su espada. La tensión en el ambiente se podía cortar con el filo de una daga.
—Nadie debe entrar a esta tienda sin tu autorización, Cassian —le recordé, poniéndome una capa sencilla de viaje hecha de lana áspera y sin ningún distintivo noble—. Vargas solo saldrá dos veces al día para inspeccionar la muralla desde la distancia. Si algún enviado imperial o un espía de Evelyn exige una audiencia directa, dirás que la herida que sufrí en el rostro durante la última batalla se ha infectado y que los médicos han ordenado aislamiento absoluto bajo pena de ejecución.
—Todo está listo en la retaguardia, señor —asintió Cassian en un murmullo grave—. Los cinco exploradores de sombras más leales lo esperan en el desfiladero este. Tienen caballos de refresco en cada posta no cartografiada. Si marchan sin descanso por los senderos de cabras, llegarán al Valle de Kaelen en diez días.
—Nos veremos en dos semanas, Cassian. Cuida el frente.
Sin agregar una sola palabra más, me embocé en el capuchón de la capa y me deslicé por la abertura posterior de la tienda militar.
La noche en la frontera era helada y oscura como la boca de un lobo. La nieve caía en copos finos que se derretían sobre mi rostro mientras cruzábamos el perímetro del campamento a través de las trincheras secundarias. Diez minutos después, mis hombres y yo montábamos a lomos de seis sementales negros desprovistos de cascabeles o adornos brillantes.
Clavé las espuelas en los flancos de mi caballo y la marcha dio inicio.
Durante diez agónicos días con sus diez noches, el mundo se redujo al rítmico retumbar de los cascos sobre la tierra congelada, al vaho blanco que salía de los hocicos de las monturas y al agotamiento físico que me quemaba las articulaciones. Cruzamos pasos montañosos al borde del abismo, atravesamos bosques espesos e ignoramos el hambre y el sueño con una disciplina implacable.
En mi mente no había espacio para el cansancio. Cada vez que sentía los párpados pesados por el sueño, la imagen de Theo colgando sobre el abismo de la terraza y el rostro pálido de Elena ante la crueldad de Evelyn me atravesaban la conciencia como una descarga de electricidad.
Al amanecer del decimocuarto día, la bruma espesa del Valle de Kaelen nos recibió con su abrazo húmedo y helado.
Llegamos al viejo molino de piedra a las siete de la mañana, dos horas antes de la cita. El edificio, abandonado desde hacía décadas, se erguía a un costado de la antigua ruta comercial. La enorme rueda de madera del molino yacía podrida y cubierta de musgo sobre el arroyo medio congelado, y las ruinas de la estructura ofrecían una cobertura perfecta para una emboscada táctica.
—Desplieguen el perímetro —ordené a los cinco exploradores con voz ronca por el viento del viaje—. Dos en la arboleda alta con arcos pesados; dos detrás de las ruinas del granero para cortar la retirada de la escolta. Nadie dispara a matar a menos que yo lo ordene. El objetivo es aterrorizar a los guardias de la princesa, desarmarlos y hacer que huyan hacia la capital creyendo que fueron atacados por bandidos del desierto.
—¡A la orden, General! —susurraron los hombres antes de desaparecer en la niebla como fantasmas.
Me quedé solo en el interior del molino. El olor a madera húmeda y tierra mojada llenaba el aire. Me acerqué al vano de la ventana sin cristales y me apoyé contra el marco de piedra gastada, sacando de mi bolsillo un reloj de bolsillo chapado en plata.
Las manecillas marcaban las ocho y quince de la mañana. Faltan tres cuartos de hora.
Fue en ese momento de quietud absoluta, cuando el ruido de la marcha se detuvo y la adrenalina del viaje comenzó a estabilizarse, cuando una sensación extraña y sofocante se apoderó de mi pecho.
Mis manos... las mismas manos que habían decapitado enemigos en la trinchera y firmado mapas tácticos sin un solo titubeo, estaban temblando levemente.
«¿Qué demonios me pasa?», pensé, cerrando el puño con fuerza para detener el temblor.
Apreté los dientes y me pasé la mano por la cara. La frialdad calculadora del estratega se estaba desmoronando ante una marea de nerviosismo puro, primitivo e incontrolable.
No era miedo al enemigo. No era temor a los guardias de Evelyn ni a las consecuencias políticas de haber dejado la frontera. Era algo infinitamente más complejo y aterrador.
Era la primera vez que los iba a ver.
Cuando abrí los ojos en este mundo tras la transmigración, me encontré dentro del cuerpo del Duque Alexander von Ashford. Con la herencia de esta carne recibí sus recuerdos: imágenes fragmentadas de una boda aristocrática, memorias de una mujer sonriente con vestidos de seda y el llanto distante de un recién nacido.
Pero durante meses, todos esos recuerdos habían sido como leer las páginas de un libro de historia o mirar una pintura ajena. Yo me había comportado como un ajedrecista frío, utilizando el intelecto de mi vida anterior y el poder militar de esta era para mover las piezas en la corte y asegurar mi supervivencia.
Sin embargo, a través de las cartas secretas, de los mensajes enviados en la penumbra y de la valentía que Elena había demostrado al defender a nuestro hijo ante la harpía de Evelyn, esas "imágenes ajenas" se habían transformado en algo vivo. Se habían convertido en el centro de mi existencia.
Ya no estaba recordando la vida del antiguo duque. Había desarrollado un sentimiento real, visceral y profundamente protector hacia ella y hacia el pequeño Theo.
«Pero para ella... yo sigo siendo su esposo», cavilé, sintiendo un nudo opresivo en la garganta mientras miraba el minutero del reloj. «¿Y si cuando me mire a los ojos nota que algo en mí ha cambiado? ¿Y si no soy el hombre que ella recuerda? ¿Y si Theo se asusta al verme?».
Pensar que el niño al que había jurado proteger con mi vida pudiera rechazarme o mirarme como a un extraño me producía un pavor mucho más destructivo que el filo de mil espadas enemigas.
«Los recuerdos en mi mente me dicen cómo suena la voz de Elena y cómo huele su cabello... pero hoy no estoy leyendo un informe de inteligencia», me dije, caminando de un lado a otro por el suelo de madera gastada del molino. «Hoy voy a sostener a mi hijo por primera vez con mis propias manos. Voy a mirar a mi esposa a la cara tras haberla dejado sola en medio de ese nido de víboras».
Tragué saliva con dificultad. Mi corazón martilleaba contra mis costillas con un ritmo frenético. Saqué el pañuelo con la cinta bordada que Elena me había regalado antes de partir a la guerra y lo apreté en mi palma. El suave tacto de la tela me devolvió un mínimo de centro.
«No importa la duda. No importa la incertidumbre de este nuevo cuerpo o de esta nueva vida», juré en silencio, clavando la mirada en el camino que cruzaba el bosque. «Ellos son mi familia. Y hoy los llevaré a casa».
A las ocho y cincuenta y cinco, el silbido agudo de un búho resonó desde la copa de un pino alto: la señal de mi explorador en la colina.
Me asomé al ventanal de piedra. A través de la cortina de bruma que cubría el camino del Valle de Kaelen, el sonido distante de cascos de caballos y el rodar pesado de unas ruedas de hierro sobre la grava comenzó a resonar con claridad.
Un carruaje de madera oscura y desgastada, escoltado por cuatro jinetes con las capas de la guardia secundaria imperial, avanzaba a paso cansino hacia el puente del viejo molino.
Ajusté la funda de mi espada en la cintura, me calé el capuchón sobre la cabeza para cubrir mis rasgos y desenvainé cuatro pulgadas de acero brillante, sintiendo una descarga pura de adrenalina recorriéndome las venas.
El momento de la verdad había llegado.
que obra tan magistral
ya quiero ver arder a esos traidores
ya quiero ver asustados a los traidores cuando el ya empiece a dar órdenes con el sello 👏🤭
malditos como los odio y ese Julian su envidia y ambición lo destruiría y esa bruja ya me cae bien mal
estos acabarán amándose mucho
no nos dejen con la incertidumbre
ya quiero verla llegar con Alexander
malditas vivoras y que bueno que no tienen el sello