Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.
Hasta que la ve a ella.
Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.
De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.
Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.
¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?
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Capítulo 21
Capítulo 21. El vecino de enfrente
Max no pegó el ojo.
Pasó lo que quedaba de la madrugada dando vueltas en el sofá de su hermano, ensayando frases como un adolescente antes de una cita. Y en cuanto amaneció del todo y consideró que era una hora decente —ni tan temprano que pareciera desesperado, ni tan tarde que ella ya hubiera salido—, se paró frente al espejo del baño, se acomodó el pelo tres veces, se lavó los dientes dos, se puso una camisa de Santiago que le quedaba apenas y practicó, en voz baja y rasposa por el resfriado, lo que iba a decir.
—Buenos días. Soy el nieto de la señora Carmen. Vengo a… —Se detuvo. Sonaba a cobrador—. Buenos días. Mi abuela me pidió que… —Peor.
Se dio por vencido con los ensayos. Maximiliano Alcázar, que negociaba compras millonarias sin que le temblara la voz, no encontraba la manera de presentarse ante una costurera. Respiró hondo, cruzó el pasillo en cuatro pasos y, antes de arrepentirse, tocó el timbre del 22-A.
Nada.
Esperó. El corazón le golpeaba en la garganta. Estuvo a punto de dar media vuelta —tal vez estaba dormida, tal vez era demasiado temprano, tal vez esto era una idiotez— cuando tocó una segunda vez, más suave, casi pidiendo perdón por insistir.
Se oyeron pasos. Un cerrojo. La puerta se abrió.
Y ahí estaba ella.
Con el pelo recogido de cualquier manera, una playera holgada, un delantal encima manchado de gis de sastre, y esa cara de "¿quién será a esta hora?" que se le borró en cuanto lo reconoció. Lucía abrió mucho los ojos.
—¿Usted? —dijo—. El… el cliente. El del vestido.
—Max —corrigió él, con la voz más ronca de lo que quería—. Nada más Max.
Se quedaron un segundo mirándose, los dos igual de descolocados. Y entonces a Max se le salió, sin permiso, antes de que su cabeza pudiera detenerlo, la verdad más peligrosa:
—Al ver que eras tú… me tranquilicé.
En cuanto lo dijo, quiso morderse la lengua. Las orejas se le pusieron rojas. ¿Me tranquilicé? ¿Qué clase de frase era esa para decirle a una desconocida a las nueve de la mañana? Carraspeó, desvió la mirada y se lanzó de cabeza a una cortina de humo técnica.
—Digo… porque no sabía a quién le había rentado mi abuela. Uno se preocupa. Que si la presión del agua, que si las cerraduras, que a veces se traban, que el calentador tarda en… en calentar. Vine a ver si todo funcionaba bien. En el departamento.
Lucía parpadeó, tratando de armar el rompecabezas.
—¿Su abuela? ¿La señora Carmen es su abuela?
—Es de mi familia el departamento —dijo Max, agradecido de volver a terreno firme—. Mi hermano es el dueño, mi abuela lo administra. Ella me pidió que me presentara, que soy el vecino. Vivo enfrente. En el 22-B. A veces.
—Ah. —Lucía procesó todo eso: el cliente frío del desfile, el hombre que la había mirado en el restaurante, resultaba ser el nieto de la viejita del parque y su vecino de enfrente. El mundo, otra vez, se le hacía diminuto—. Pues… mucho gusto, vecino. Pase, si quiere. Aunque está todo hecho un desastre, apenas me mudé anoche.
Max entró.
El departamento estaba lleno de cajas a medio abrir, con la máquina de coser sobre la barra de la cocina y una mesa plegable junto al ventanal. Olía a café recién hecho y a algo más, un aroma limpio y dulce que él ya conocía: gardenia. A ella. Se quedó de pie en medio de la sala, incómodo y feliz, sin saber qué hacer con las manos, mientras Lucía cerraba la puerta.
—¿Le… te ofrezco algo? —Ella también tropezaba con el usted y el tú, sin decidirse—. Tengo café. O… espere, hice un té. De canela con jengibre. Para el frío de la mañana. ¿Quiere?
—Sí —dijo Max, demasiado rápido—. Té. Por favor.
Lucía fue a la cocina y volvió con dos tazas humeantes. Y cuando le tendió una, ocurrió.
Al pasarle la taza, los dedos de él rozaron los de ella por debajo del borde caliente. Fue un roce mínimo, medio segundo: la punta de los dedos de Lucía, frescos, contra la palma tibia de Max. Pero fue como cerrar un circuito. A Lucía le recorrió el brazo una corriente que no supo nombrar, retiró la mano de golpe, y la taza se tambaleó, a punto de derramarse.
—¡Ay! —Alcanzó a sostenerla—. Perdón. ¿Te quemaste?
—No —dijo Max, mirándola fijo, con la taza a salvo entre las manos—. No me quemé.
Pero algo se le había encendido, sí. Otra vez. Con ese roce de nada. Sintió el calor subirle por el brazo, por el pecho, y tuvo que apretar la taza y clavar la vista en el vapor para no delatarse. Su cuerpo, terco, reaccionaba a la cosa más pequeña: la yema de sus dedos. Nada más eso. Y ya era demasiado.
Se quedó unos minutos más, sentado en la orilla del sofá, bebiendo el té a sorbos lentos para estirar la visita, dejando que la mirada se le escapara —controlada, disciplinada— hacia la línea de su cintura ceñida por el delantal, hacia sus manos, hacia el mechón que se le soltaba una y otra vez sobre la cara. Hablaron de tonterías: del agua, del edificio, de que el portero se llamaba don Fide y era buena gente. Cosas sin importancia que a los dos les latía el corazón decir.
—¿Y tú vives solo? —preguntó Lucía, por hacer conversación, y enseguida se arrepintió, porque sonó a otra cosa.
—Solo —confirmó Max—. Aquí no me cuida nadie. —Lo dijo con un tonito que no supo si era queja o carnada, y él mismo se sorprendió de haberlo soltado.
—Pues para eso están los vecinos —contestó ella, sin pensar, y también se arrepintió, porque sonó a invitación.
Los dos se quedaron callados un segundo, cada uno regañándose por dentro, y Max escondió una sonrisa en el borde de la taza.
Cuando por fin se levantó a irse —porque quedarse más ya habría sido raro—, Lucía lo acompañó a la puerta.
—Gracias por el té —dijo Max, en el umbral—. Y por… bueno. Bienvenida a la Torre. Cualquier cosa que necesites, estoy enfrente.
—Gracias, vecino.
Cerró la puerta.
Y del lado de adentro, Lucía se quedó recargada en la madera, con la taza todavía tibia entre las manos y los dedos —esos que él había rozado— hormigueándole como si tuvieran vida propia. "Al ver que eras tú… me tranquilicé", repitió en su cabeza. ¿Qué había querido decir con eso? ¿Por qué un hombre como ese, frío, imponente, se tranquilizaría de ver a una costurera abriéndole la puerta en delantal?
Del lado de afuera, en el pasillo, Max no apretó el botón del elevador. Se quedó parado frente a la puerta cerrada del 22-A, mirándose la palma de la mano derecha, la que había rozado los dedos de ella. Todavía la sentía. Todavía le quemaba.
Y por primera vez en treinta y cinco años, un roce de nada le había parecido lo más importante que le había pasado en la vida. Tardó un buen rato en acordarse de que tenía que llamar el elevador y volver a su propio mundo.