Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 4: Las reglas de la jaula
Kael no durmió esa noche.
Se quedó sentado en el borde de la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero de madera tallada, mirando la marca que seguía brillando débilmente en su cuello. Cada vez que cerraba los ojos, sentía de nuevo los colmillos de Damien hundiéndose en su piel, el tirón profundo de la sangre y ese calor traicionero que se había instalado en el centro de su pecho.
Damien Voss.
El nombre daba vueltas en su cabeza como un eco. Príncipe. Purosangre. Último de su línea. Y ahora… su carcelero.
Cuando la luz grisácea del amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas emplomadas, Kael se levantó. El cuerpo le dolía de una forma extraña, no por golpes, sino por una especie de agotamiento profundo, como si algo dentro de él hubiera sido removido y todavía no se hubiera acomodado. Se lavó la cara en el lavabo de mármol negro que había en un rincón de la habitación. El agua estaba fría. La marca ardió al contacto.
Había una bandeja nueva junto a la puerta. Pan recién horneado, frutas, queso, un termo con café y una nota escrita con letra elegante y antigua:
*Come. Luego baja al salón principal.
—D.*
Kael miró la nota durante varios segundos. El impulso de romperla fue fuerte. Al final la dobló y la guardó en el bolsillo del pantalón. Comió en silencio, despacio, obligándose a tragar cada bocado. Necesitaba fuerzas. Aunque todavía no sabía para qué.
Cuando terminó, se cambió por completo. Eligió una camisa negra de las que había en el armario y los pantalones más ajustados que encontró. No iba a seguir oliendo a sangre seca y miedo. Se miró un momento en el espejo de cuerpo entero. El chico que lo devolvía la mirada tenía ojeras profundas, el cabello revuelto y una cicatriz brillante en el cuello que parecía un sello de propiedad. Apretó la mandíbula y salió de la habitación.
El pasillo estaba vacío. Las antorchas seguían ardiendo con esa llama eterna que no consumía la cera. Kael caminó en dirección contraria a la que había tomado la noche anterior, siguiendo el olor cada vez más fuerte de sándalo y sangre antigua. El aroma de Damien se había impregnado en las paredes del castillo como si el edificio mismo le perteneciera.
El salón principal era enorme. Columnas de piedra negra subían hasta un techo abovedado decorado con frescos oscuros. Unos ventanales altos dejaban entrar la luz rojiza de esa luna que todavía no se había ido del cielo. En el centro de la habitación había una mesa larga de madera oscura. Damien estaba de pie junto a uno de los ventanales, de espaldas, con las manos entrelazadas a la espalda.
Llevaba una camisa negra de cuello alto y un abrigo largo abierto. El cabello perfectamente peinado hacia atrás. Parecía haber salido de otro siglo.
—Llegas tarde —dijo sin girarse.
—No me diste una hora exacta —respondió Kael, deteniéndose a varios metros de distancia.
Damien se volvió. Los ojos rojos lo recorrieron de arriba abajo con una lentitud deliberada. La mirada se detuvo un segundo en la marca del cuello.
—Te ves mejor con ropa que no huela a miedo —comentó—. Aunque el miedo todavía está ahí. Lo puedo oler.
Kael cruzó los brazos.
—¿Qué quieres de mí hoy, Damien?
El uso del nombre produjo un leve cambio en la expresión del alfa. Una chispa de satisfacción, quizás.
—Hoy vamos a establecer las reglas —dijo, caminando hacia la mesa—. Siéntate.
Kael no se movió.
Damien levantó una ceja.
—Puedo hacerlo de la manera fácil o de la manera difícil, Kael. Tú eliges. Pero te aseguro que la difícil te va a gustar mucho menos.
Hubo un silencio tenso. Al final, Kael se acercó y se sentó en una de las sillas talladas. Damien tomó asiento frente a él. Entre los dos solo había la superficie oscura de la mesa y el aire denso de feromonas que parecía hacerse más pesado cada segundo.
—Primera regla —comenzó Damien—. No intentaras escapar del castillo sin mi permiso. Los guardianes no son humanos. No los verás hasta que sea demasiado tarde, y cuando te traigan de vuelta, la marca arderá durante días.
Kael no dijo nada. Solo lo miró.
—Segunda regla. Comerás. Dormirás. Te cuidarás. Tu sangre es demasiado valiosa como para que te dejes morir de hambre o de agotamiento por terquedad.
—Qué considerado —murmuró Kael con sarcasmo.
Damien ignoró el tono.
—Tercera regla. Cuando la marca empiece a arder de verdad… y lo hará… vendrás a mí. No intentarás reprimirlo solo. No buscarás a nadie más. A mí.
Kael sintió que el estómago se le encogía.
—¿Y si no lo hago?
—Entonces iré yo a buscarte —respondió Damien con total naturalidad—. Y no seré tan paciente como anoche.
Se reclinó en la silla, observándolo.
—Cuarta regla. Harás preguntas. Todas las que quieras. Te responderé con la verdad… siempre que esté listo para oírla. Mentirme no te servirá de nada. Tu sangre ya no sabe mentir.
Kael apretó los labios.
—¿Y tú? ¿También tienes reglas?
Damien esbozó una sonrisa mínima, casi peligrosa.
—Solo una. No te tocaré de verdad… hasta que me lo pidas. O hasta que tu cuerpo lo haga por ti.
El silencio que siguió fue espeso. Kael sintió que el calor subía por su cuello hasta la marca. El aroma de Damien se había intensificado, envolviéndolo como una segunda piel. Por un momento tuvo la sensación absurda de que si se inclinaba un poco más hacia adelante, podría ahogarse en él.
—Eso no es una regla —dijo al fin, con la voz un poco más baja de lo que pretendía—. Eso es una amenaza.
—Es una promesa —corrigió Damien.
Se levantó y rodeó la mesa. Kael tensó los hombros, pero no se movió. Damien se detuvo a su lado, tan cerca que el omega pudo sentir el frío que emanaba de su cuerpo. Extendió una mano y, con dos dedos, levantó suavemente el mentón de Kael hasta obligarlo a mirarlo a los ojos.
—Tu sangre está cambiando —murmuró—. Puedo olerlo. Está despertando. Pronto no podrás esconderlo ni siquiera de ti mismo.
Kael tragar saliva. El contacto de esos dedos fríos contra su piel le provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con el miedo.
—Suéltame.
Damien lo hizo de inmediato. Dio un paso atrás, respetando esa distancia invisible que él mismo había impuesto.
—Hay un jardín interior en el ala oeste —dijo, cambiando de tono con una naturalidad casi cruel—. Puedes caminar allí durante el día. Las puertas exteriores seguirán cerradas, pero al menos verás cielo… aunque sea rojo. La biblioteca está a tu disposición. La cocina también. Si necesitas algo, tira de la campana que hay en cada habitación. Alguien vendrá.
—¿Alguien? —preguntó Kael—. ¿Hay más personas aquí?
—Hay sirvientes. Vampiros menores. Betas. Ninguno de ellos te tocará. Ninguno se atreverá a mirarte demasiado tiempo. Saben a quién perteneces.
La palabra “perteneces” quedó flotando entre ellos como un veneno dulce.
Kael se levantó de la silla. La diferencia de altura lo obligó a levantar un poco el rostro para sostenerle la mirada.
—No te pertenezco, Damien.
El alfa lo observó en silencio durante varios segundos. Luego, con una lentitud deliberada, levantó una mano y rozó con el dorso de los dedos la marca brillante. El contacto fue breve, casi delicado. Pero la reacción de Kael fue inmediata: un temblor visible, un jadeo contenido y un estallido de feromonas dulces que llenó el aire de repente.
Damien cerró los ojos un instante, como si estuviera saboreando el aroma. Cuando los abrió, el rojo de sus iris era más oscuro, más intenso.
—Tu cuerpo ya eligió —susurró—. Solo tu mente sigue resistiéndose. Por ahora.
Retiró la mano y se alejó hacia el ventanal otra vez.
—Puedes irte, Kael. Explora. Odia. Planea tu escape. Hagas lo que hagas… esta noche la marca va a arder. Y cuando eso pase, recordarás exactamente dónde estoy.
Kael no respondió. Se dio la vuelta y salió del salón con pasos firmes, aunque las piernas le temblaban. Caminó por los pasillos sin dirección clara, con el corazón latiéndole demasiado rápido y el olor de Damien todavía impregnado en la ropa.
Encontró el jardín interior casi por accidente. Era un patio cerrado, con árboles de hojas negras y flores de un rojo profundo que no había visto nunca. El cielo sobre él seguía siendo ese rojo enfermo. Se sentó en un banco de piedra y se llevó una mano al cuello.
La marca latía.
No con dolor.
Con hambre.
Y por primera vez desde que había despertado en ese castillo, Kael tuvo miedo de verdad.
No del alfa.
De sí mismo.
Porque una parte pequeña, traicionera y cada vez más ruidosa… ya quería volver a buscarlo.