Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 23
Camilla
El proceso avanzaba mejor de lo que habíamos anticipado. Las pruebas ya habían sido presentadas, los informes estaban sobre la mesa y, curiosamente, todos hablaban de Sebastián Arismendi. Las fotografías de mi brazo —esas que en teoría debían mantenerse bajo reserva— se habían filtrado. No sabía quién había sido, pero el efecto era evidente: Sebastián estaba descolocado. Se le notaba en los gestos, en la rigidez de la espalda, en la forma en que forzaba la sonrisa.
En una de las reuniones generales sacó su mejor máscara. Habló de respeto, de ética, de su impecable comportamiento profesional. Incluso se permitió enaltecer a las mujeres de la empresa, pidiendo disculpas públicas “si alguien se había sentido incómoda”. Su voz era suave, ensayada. Yo lo observaba desde el otro lado de la mesa y no le creía nada. Conocía demasiado bien esa sonrisa falsa, esa forma de mentir sin parpadear. Veía la mentira atravesar su rostro como una grieta mal disimulada.
Cuando salimos, tomé el celular y le escribí a Max.
¿Me acompañas a escoger mi vestido?
Respondió casi de inmediato.
¿No dijiste que ya lo tenías escogido?
Sí, pero necesito una opinión crítica.
Tardó unos segundos.
¿Segura de que quieres que vaya yo? No sé qué tan bueno sea para eso.
Sonreí frente a la pantalla.
Sí, estoy segura de que seas tú.
Está bien, te acompaño —contestó—, pero te advierto que no soy bueno en eso.
Mary también va a ir.
Mejor, respondió.
Volví a concentrarme en el trabajo, aunque mi mente se escapaba una y otra vez a la imagen de esa noche. Fue entonces cuando escuché la voz que menos quería oír.
—¿Vas a ir a la Gala Anual de Estrategia y Finanzas Globales? —preguntó Sebastián, apoyado de forma insolente en el marco de mi oficina.
Levanté la vista con calma.
—¿Y eso a ti qué te importa?
—Yo también voy a ir —dijo—. Deberíamos ir juntos.
—No —respondí sin rodeos—. No iré contigo.
Frunció el ceño.
—Entonces, ¿cómo es que entraste?
—Eso no es de tu incumbencia.
En ese momento entró mi secretaria.
—Camila, desde cartera te envían lo de la reunión.
—Gracias —dije, firmando el documento que me extendía.
Sebastián no quitaba la mirada de encima.
—¿La empresa te invitó?
—Repito: no es de tu incumbencia —contesté—. Además, creo que tu secretaria es bastante comunicativa. Deberías preguntarle a ella.
Apretó los labios.
—Tú ni siquiera sabes cómo comportarte en esos eventos.
Sonreí, con una calma que sabía lo irritaba.
—Lleva a Marina —le dije—. Será lindo verla. Tiene un vestido rojo divino.
Salí de la oficina sin mirar atrás.
Esa tarde, la empresa me había autorizado el dinero del transporte, pero Max insistió en llevarme, como lo hacía últimamente. Fuimos a Bergdorf Goodman, una de las tiendas más elegantes de Nueva York para vestidos de noche. Allí nos encontraríamos con Mary, que llegó en su Mercedes-Benz Clase S Maybach S680, impecable, como siempre.
—Esta ciudad es un caos a esta hora —murmuró Max, atrapado en el tráfico.
Le di un beso rápido en la mejilla. Me miró de reojo y sonrió. Yo también sonreí, aunque una parte de mí pensaba: ¿qué estoy haciendo? La respuesta era clara y aterradora a la vez: ya no lo veía solo como mi jefe.
En un semáforo, tomó mi rostro con cuidado y me besó con una ternura que me derritió. No hubo prisa, no hubo urgencia. Solo esa cercanía que se había vuelto peligrosa.
Mary nos vio llegar y arqueó una ceja.
—Me tienes que explicar todo esto.
—Sí, Mary —dije, resignada.
Saludó a Max con un beso en la mejilla, como si lo conociera de toda la vida. Pasamos horas probando vestidos. Mary era implacable, crítica, honesta. Max, tal como había advertido, no fue de mucha ayuda, pero me gustaba tenerlo allí. Su presencia me daba una calma extraña.
Al final, elegí un vestido negro, al cuerpo, de mangas largas, con un escote recatado en la espalda. Elegante, sobrio. El cabello lo llevaría recogido en un moño pulido, sandalias negras y un clutch con un toque de brillo discreto. No iba a lucirme como en una pasarela; iba a acompañar a Max. Además, el evento se realizaría en The Rainbow Room, un lugar clásico, sobrio, reservado para la élite corporativa.
El día del evento llegó más rápido de lo que esperaba. Mientras me preparaba, frente al espejo, solo podía pensar en una cosa.
No podía esperar a ver la cara de Sebastián Arismendi.