Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.
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Capítulo 17 — La casa de los muertos
El automóvil avanzaba por la carretera oscura mientras la mansión desaparecía poco a poco entre los árboles. Nadie hablaba. Valeria seguía observando la fotografía de Gabriel. La imagen había cambiado. Ahora que la miraba con atención, podía distinguir algo que antes no había visto: en el fondo de la fotografía había una segunda construcción. Una pequeña casa de madera con una ventana iluminada. Sobre la puerta aparecía un número.
27.
Valeria recordó las palabras de Samuel.
—La finca de tu padre tenía una casa pequeña.
—Sí.
—¿Tenía el número 27?
Samuel frunció el ceño.
—No. Nunca tuvo ningún número.
Valeria volvió a mirar la fotografía.
—Entonces alguien puso ese número después.
Elena, sentada junto a Vera, permanecía en silencio.
—Mamá.
Elena levantó la mirada.
—¿Qué?
—¿Conoces a la mujer que está junto a papá?
Elena palideció.
—No.
—Mírame y dime la verdad.
Elena sostuvo su mirada.
—No sé quién es.
La hermana mayor, sentada en el asiento trasero, habló con voz baja.
—Sí sabes.
Elena cerró los ojos.
—No quiero hablar de ella.
Valeria se volvió.
—¿Por qué?
—Porque esa mujer fue la razón por la que Gabriel se alejó de ti.
Valeria sintió un vacío en el pecho.
—¿Mi padre me abandonó por ella?
—No.
—Entonces explícame.
Elena respiró profundamente.
—Ella apareció después de la primera desaparición de Gabriel. Él creyó que era una de las niñas que había logrado escapar de la casa.
—¿Una de nosotras?
—Eso pensó.
—¿Y no lo era?
—No.
La hermana mayor intervino.
—Era la primera copia.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿La copia que sobrevivió?
—Sí.
Samuel apretó el volante.
—Entonces la mujer de la fotografía es la misma que vimos en la casa.
—No —respondió la hermana mayor—. Es otra.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Cuántas copias existen?
La mujer la miró.
—No lo sabemos.
El automóvil quedó en silencio.
Vera levantó la cabeza.
—Yo sí.
Todos la miraron.
—Hay siete.
Samuel frenó ligeramente.
—¿Cómo lo sabes?
—Las vi.
Valeria se acercó.
—¿Dónde?
Vera señaló la oscuridad detrás del automóvil.
—En la casa.
Elena comenzó a llorar.
—Vera...
—Estaban encerradas en una habitación.
—¿Qué habitación?
—La que tiene las siete puertas.
Valeria recordó la mansión.
—Nunca vi esa habitación.
—Porque no estaba para ti.
—¿Para quién estaba?
Vera respondió:
—Para ellas.
Samuel volvió a acelerar.
—¿Qué les pasó?
Vera bajó la mirada.
—Una salió.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Cuál?
Vera la miró directamente.
—La que está en la fotografía.
Elena se llevó una mano a la boca.
—No puede ser.
—¿Quién es?
Vera señaló la imagen.
—La primera.
Valeria miró a la mujer.
—¿Y las otras seis?
Vera comenzó a llorar.
—Murieron.
El automóvil quedó en silencio.
Después de varios minutos, Samuel habló.
—Llegaremos a la finca en menos de veinte minutos.
Valeria guardó la fotografía.
—Cuando lleguemos, quiero respuestas.
—Las tendrás.
—No solo de Gabriel.
Samuel la miró por el espejo.
—¿De quién más?
Valeria observó a Elena.
—De mi madre.
Elena no protestó.
La finca apareció finalmente entre los árboles. Era una propiedad antigua, rodeada por una verja oxidada. Samuel estacionó frente a la casa principal.
—Está abandonada.
Valeria bajó.
—Pero alguien vive aquí.
—¿Cómo lo sabes?
Valeria señaló una ventana.
Había luz.
Todos quedaron inmóviles.
Samuel sacó el arma.
—Quédense detrás de mí.
Entraron lentamente. El interior estaba cubierto de polvo, pero había señales recientes de que alguien había estado allí. Una taza de café todavía estaba sobre la mesa. Una lámpara permanecía encendida.
Valeria sintió un escalofrío.
—Papá estuvo aquí.
La hermana mayor negó.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque él nunca dejaría una luz encendida.
Un ruido proveniente del piso superior los hizo mirar hacia las escaleras.
Samuel levantó el arma.
—Hay alguien arriba.
Valeria comenzó a subir.
—Espera.
Pero ella siguió.
Llegó al pasillo y encontró una puerta entreabierta. La abrió.
La habitación estaba llena de fotografías.
Todas mostraban a Gabriel.
Gabriel entrando en la finca.
Gabriel hablando con alguien.
Gabriel observando la mansión.
Y en una fotografía aparecía Valeria.
Pero era una fotografía reciente.
Valeria sintió que la respiración se le cortaba.
—Esta fotografía fue tomada ayer.
Samuel entró detrás de ella.
—¿Qué?
Valeria señaló la imagen.
Ella aparecía frente a la mansión.
Alguien la había estado observando.
Entonces escucharon un ruido detrás de ellos.
La puerta se cerró.
—¿Quién está ahí?
Nadie respondió.
Samuel intentó abrirla.
Estaba cerrada.
Una voz salió de la oscuridad.
—No deberían haber venido.
Valeria reconoció la voz.
Era Gabriel.
—Papá.
La luz se encendió.
Un hombre apareció al fondo de la habitación.
Gabriel.
Esta vez no había dudas.
Sus ojos eran los mismos que Valeria recordaba.
Verdes.
Su rostro estaba envejecido, pero era él.
Valeria comenzó a llorar.
—Papá...
Gabriel no se acercó.
—No tienes idea de cuánto tiempo esperé este momento.
—¿Por qué nunca regresaste?
Gabriel bajó la mirada.
—Porque no podía.
—¿Por qué?
—Porque la casa no quería que te encontrara.
Valeria dio un paso.
—¿Quién es la mujer de la fotografía?
Gabriel quedó inmóvil.
—¿La viste?
—Sí.
—Entonces ella ya sabe que estás aquí.
—¿Quién es?
Gabriel respiró profundamente.
—Tu hermana.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Cuál de ellas?
Gabriel la miró directamente.
—La primera.
—¿Está viva?
—Sí.
—¿Dónde?
Gabriel señaló la ventana.
—Ya viene.
Valeria se volvió.
En el jardín había una mujer.
Tenía su rostro.
Pero esta vez no estaba sola.
Detrás de ella había seis figuras.
Todas tenían el mismo rostro.
Gabriel cerró los ojos.
—Dios mío.
Samuel levantó el arma.
—¿Qué hacemos?
Gabriel respondió con una voz quebrada:
—Nada.
—¿Por qué?
Gabriel miró a Valeria.
—Porque ya nos encontraron.
Las siete mujeres comenzaron a caminar hacia la casa.
Y entonces todas dijeron al mismo tiempo:
—Valeria, es hora de volver a casa.