Ellos se conocen desde que tenían diez años. Antes eran amigos. Competían por todo, se molestaban y discutían, pero podían pasar una tarde entera juntos sin problema. Hasta que un accidente, una peluca y un rumor cambiaron todo. Ella creyó que él había contado su secreto más vergonzoso. Él nunca tuvo la oportunidad de explicarse. Así que ella decidió vengarse. Él terminó con una pierna rota. Y desde entonces, se declararon la guerra. Han pasado años y siguen igual. Se insultan, compiten, se provocan y aprovechan cualquier oportunidad para demostrar quién es mejor. Lo curioso es que ninguno parece tomárselo demasiado en serio… al menos hasta que sus madres, mejores amigas desde siempre, tienen la brillante idea de que deberían salir juntos. Una cita. Solo una. Para complacerlas. El problema es que sus madres parecen tener otros planes. Y quizás pasar tanto tiempo con la persona que más detestas no sea tan terrible cuando descubres que, debajo de todas esas peleas, todavía queda algo de aquellos dos niños que alguna vez se llevaban bien. Aunque claro… Primero tendrán que sobrevivir a las citas sin matarse. O sin cometer algún error que los haga verse cara a cara para siempre…..
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Asustada
No dormí.
Ni siquiera lo intenté después de ver la prueba.
Me quedé sentada en el borde de la cama con ella entre las manos durante quién sabe cuánto tiempo.
Cada vez que la miraba, mi cerebro repetía lo mismo.
Positiva.
No sabía qué hacer.
No sabía qué pensar.
Y, sobre todo, no sabía cómo iba a enfrentar a Knox.
Así que hice lo único sensato que se me ocurrió.
Fui a casa de mis padres.
A las seis y media de la mañana ya estaba vestida.
Agarré las llaves, el bolso y la prueba.
Sí.
La prueba.
No sabía por qué la llevaba conmigo.
Tal vez necesitaba tenerla cerca para recordar que aquello realmente estaba pasando.
O tal vez una parte de mí seguía esperando que, de alguna manera, alguien me dijera que había un error.
Conduje hasta la casa de mis padres prácticamente en automático.
Cuando llegué, el cielo apenas comenzaba a aclararse.
Estacioné.
Me quedé dentro del auto unos segundos.
Mis manos estaban sobre el volante.
Respiré profundamente.
—Puedes hacerlo.
No me convencí.
Bajé del auto.
Toqué el timbre.
Mi padre abrió la puerta unos segundos después.
Tenía el cabello despeinado y cara de sueño.
—¿Blair?
Me miró confundido.
—¿Qué haces aquí tan temprano?
Abrí la boca.
No salió nada.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Pasó algo?
Negué con la cabeza.
—Necesito hablar con ustedes.
Eso fue suficiente.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Entra.
Pasé.
Mi madre apareció desde el pasillo.
—¿Quién era?
Cuando me vio, se quedó quieta.
—Blair.
—Hola, mamá.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Ambos me miraron.
Suspiré.
—Bueno… sí pasó algo.
Mi padre cerró la puerta.
—Siéntate.
Nos sentamos en la sala.
Yo quedé en medio de los dos.
Por unos segundos nadie dijo nada.
Yo miraba mis manos.
Mi madre me tomó suavemente del brazo.
—Cariño, me estás asustando.
Tragué saliva.
—Yo también estoy asustada.
Eso hizo que mi padre se enderezara.
—¿Estás enferma?
—No sé.
—¿Te pasó algo?
—No sé.
—Entonces dime qué está pasando.
Respiré profundamente.
Saqué la prueba de mi bolso.
La sostuve entre mis dedos.
Pero no tuve el valor de entregársela.
—Anoche hice una prueba.
Mi madre palideció ligeramente.
Mi padre miró la caja.
Después me miró a mí.
—¿Una prueba de qué?
No respondí.
Mi madre fue quien entendió primero.
Sus ojos bajaron hacia mi mano.
—Blair…
Asentí.
Muy lentamente.
—Estoy embarazada.
Silencio.
Un silencio enorme.
Mi padre abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
—¿Qué?
Mi madre me tomó de la mano.
—¿Estás segura?
—La prueba dio positivo.
—¿Hiciste una sola?
—Sí.
Mi madre respiró profundamente.
—Entonces primero vamos a confirmar todo con un médico.
Asentí.
Era exactamente lo que necesitaba escuchar.
Algo concreto.
Algo que hacer.
Mi padre se levantó.
—Te llevo.
—Papá, son las siete de la mañana.
—Me da igual.
—No podemos simplemente aparecer en…
—Entonces buscamos dónde.
Mi madre lo miró.
—Primero deja que se calme.
—Estoy calmado.
—Estás caminando de un lado al otro.
Mi padre se detuvo.
—Estoy caminando con tranquilidad.
Por primera vez desde que había visto la prueba, una pequeña sonrisa apareció en mi rostro.
Muy pequeña.
Pero apareció.
Mi madre me abrazó.
Y ahí sí sentí que todo aquello se volvía real.
Apoyé la frente sobre su hombro.
—Mamá…
—Estoy aquí.
—No sé qué hacer.
Ella me acarició el cabello.
—No tienes que saberlo ahora.
Cerré los ojos.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—Mucho.
—También lo sé.
Mi padre se acercó y se sentó junto a nosotras.
—Vamos a resolverlo paso por paso.
Lo miré.
—¿Y Knox?
La habitación volvió a quedarse en silencio.
Mi padre y mi madre intercambiaron una mirada.
Yo bajé la vista.
—Es suyo.
Lo dije casi en un susurro.
—O al menos… creo que es suyo.
Mi madre apretó mi mano.
—¿Por aquella noche?
Asentí.
—No recuerdo qué pasó.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Él sabe algo?
—No.
—¿Se lo dijiste?
Negué.
—Ni siquiera sé cómo decírselo.
Mi padre suspiró.
—Entonces no pensemos todavía en Knox.
Lo miré sorprendida.
—¿No?
—Primero confirmamos el embarazo. Después hablamos de lo demás.
Mi madre asintió.
—Tu padre tiene razón.
Me quedé en silencio.
Por una vez, no necesitaba resolverlo todo inmediatamente.
No tenía que decidir qué decirle a Knox.
No tenía que imaginar su reacción.
No tenía que pensar en la universidad.
No tenía que pensar en el futuro.
Por ahora solo tenía que respirar.
Me recosté contra el sofá.
—Gracias.
Mi madre me besó la frente.
—Para eso estamos.
Mi padre se levantó nuevamente.
—Voy a preparar café.
Mi madre lo miró.
—¿Para ella?
—No.
Señaló hacia sí mismo.
—Yo necesito café después de esta noticia.
Lo miré.
Y esta vez sí me reí un poco.
Porque seguía asustada.
Muchísimo.
Pero ya no estaba sola.
Y, por primera vez desde que había visto aquellas dos líneas, sentí que quizá podía enfrentar lo que viniera.
Aunque todavía quedaba una persona a la que tarde o temprano tendría que mirar a los ojos.
Knox.
Vale la pena leerla, no nos vayas a dejar en el abandono