Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.
Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.
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CAPÍTULO 16: LAS HUELLAS DEL ENGAÑO
El chasquido metálico de los cerrojos en la sala de interrogatorios de la comandancia retumbó en los oídos de Elena como el eco sordo de un martillo golpeando sobre un yunque. Habían pasado catorce horas agónicas desde su detención en la finca Las Acacias. Catorce horas marcadas por el frío insoportable de los calabozos subterráneos, el olor a desinfectante industrial y el goteo incesante de una tubería oxidada en algún rincón del pasillo. La manta térmica de aluminio que le habían entregado los oficiales yacía doblada y olvidada sobre la esquina de la mesa de fórmica, y la luz halógena y desabrida del techo proyectaba sombras violáceas bajo sus ojos agotados.
Elena mantenía la mirada fija en el reflejo de sus propias manos sobre la madera pulida. Sentía la piel tirante, deshidratada, aún marcada por el fantasma del cianocrilato y el polvo reactivo que los forenses habían utilizado para tomarle las fichas dactilares de control. Toda su existencia se había reducido a esa habitación ciega, sin ventanas, rodeada por paredes aislantes y un espejo de visión unilateral que le recordaba a cada segundo que estaba siendo observada como un espécimen bajo el microscopio.
La puerta de acero pesado se abrió de golpe, rompiendo el silencio sepulcral del recinto.
Gabriel Prado ingresó a la sala con paso lento, sosteniendo entre las manos una carpeta de manila abultada cuyos bordes sobresalían con sellos de urgencia judicial. No vestía su chaqueta de trabajo habitual; llevaba únicamente una camisa azul pálido con las mangas arremangadas hasta los antebrazos, arrugada por las horas de vigilia. Se quitó la gabardina, la colgó del respaldo de la silla metálica y se sentó enfrente de ella. Su rostro no reflejaba la satisfacción de un cazador que ha atrapado a su presa; tenía la rigidez maciza de un hombre consumido por una mezcla de rabia sorda, agotamiento físico y una profunda decepción personal.
—El juez de instrucción de la Tercera Sala acaba de validar punto por punto las actas del hallazgo en la propiedad de Damián —comenzó Gabriel, rompiendo el aire con una voz baja, monocorde y helada—. El peritaje balístico definitivo se ha integrado al expediente hace veinte minutos. El revólver .38 recuperado en la caja de caudales tiene la secuencia completa e ininterrumpida de tus impresiones dactilares en la empuñadura de nácar y en el guardamonte del gatillo. No hay marcas de deslizamiento ni rastros de superposición de guantes. Quien sostuvo esa arma lo hizo con la firmeza de alguien que sabía exactamente lo que tenía entre las manos.
Elena levantó la cabeza muy despacio, apoyando los puños cerrados sobre la mesa para evitar que el temblor de sus dedos la traicionara.
—Yo no disparé ese revólver, Gabriel. Tienes que escucharme —dijo ella, con una voz que pugnaba por no quebrarse—. Alguien entró a mi taller de restauración durante alguna de las noches en que me quedé hasta tarde, tomó esa pieza de la vitrina blindada donde guardo las antigüedades catalogadas para la subasta y la colocó en esa fosa para destruirme por completo.
—Las pruebas físicas no mienten ni tienen emociones, Elena —interrumpió Gabriel de inmediato, inclinándose hacia adelante sobre la mesa hasta que sus ojos grises, fríos como la escarcha, quedaron a escasos centímetros de los de ella—. Tus huellas no están superpuestas ni contaminadas por agentes externos. Las crestas papilares son perfectas. Para aceptarte esa versión, tendría que creer que alguien se tomó el trabajo microscópico de dormirte con un fármaco, manipular el metal con tu mano sin borrar una sola cresta dactilar y luego transportarte de vuelta a tu cama. Desde el punto de vista de la criminalística forense, eso es técnicamente imposible a menos que la hubieras sostenido tú misma bajo pleno uso de tus facultades.
—¡Entonces alguien me drogó o me tendió una trampa impecable que la policía no quiere molestarse en investigar! —exclamó Elena, poniéndose de pie bruscamente mientras la silla raspaba el suelo con un chillido ensordecedor.
Sintió que un nudo de angustia atroz le cerraba la garganta, pero obligó a su mente a buscar una grieta en la lógica del detective—. Piensa por un segundo, Gabriel, te lo pido por favor. ¿Por qué razón yo dejaría el arma homicida enterrada precisamente en la fosa de la finca del hermano del hombre al que se supone que maté? ¿Para qué? ¿Para que la policía la encontrara en menos de veinticuatro horas tras una simple llamada anónima? ¿No te das cuenta de que toda esta puesta en escena está diseñada para que Damián y yo nos acusemos mutuamente y el caso se cierre antes de llegar al juicio oral?
Gabriel permaneció completamente inmóvil en su asiento, observando la respiración agitada de Elena y el temblor involuntario que recorría sus hombros. Por un breve e imperceptible segundo, la muralla de frialdad y rigor profesional que caracterizaba al inspector pareció resquebrajarse. Sus pupilas se dilatan levemente mientras la miraba, como si estuviera intentando descifrar si la desesperación de la mujer que tenía enfrente era la actuación de una sociópata consumada o el grito genuino de una víctima atrapada en una telaraña infernal.
—Gabriel... si estás tan infinitamente seguro de que soy culpable y de que apreté ese gatillo...
¿por qué no has presentado la solicitud de prisión preventiva condicional sin derecho a fianza? —preguntó ella en un susurro cargado de impotencia, inclinándose hacia él—. ¿Por qué sigo en esta sala de interrogatorios de la comandancia y no en un calabozo de aislamiento del penal central?
El detective apretó la mandíbula con tal fuerza que la vena del cuello se le hinchó bajo la piel pálida. Pasaron cinco segundos de un silencio denso y asfixiante antes de que abriera la carpeta de manila y extrajera un documento con el sello dorado de la Fiscalía Superior.
—Porque la fiscalía se ha encontrado con un obstáculo legal impredecible —respondió Gabriel, y su tono de voz volvió a tornarse amargo y distante—. El equipo de abogados corporativos de la familia Valdés acaba de depositar una fianza bancaria millonaria ante el juzgado de guardia. Y no solo lo han hecho para ti, Elena... la han depositado también para Damián. La matriarca Victoria Valdés ha movido todos sus hilos políticos para evitar que el apellido de la corporación se desangre en las portadas de los periódicos antes de la junta extraordinaria de accionistas. El juez ha firmado la resolución. Mañana por la mañana saldrás a la calle bajo custodia cautelar, con la obligación de presentarme firma diaria y con la retención absoluta de tu pasaporte.
Gabriel se puso de pie con lentitud, recogió su carpeta de manila, tomó su gabardina del respaldo y caminó con paso pesado hacia la salida. Al llegar al umbral de la puerta de acero, se detuvo sin darse la vuelta por completo.
—No te confundas, Elena. No pienses que la familia Valdés te está salvando la vida —dijo el detective con una voz tétrica que resonó en el habitáculo cerrado—. Te están dejando salir a la calle para que cometas un error. Victoria y Damián quieren que des el paso en falso que necesita la policía para cerrar el círculo. Y te juro que en cuanto cometas la menor equivocación, no habrá fianza en este mundo que pueda librarte de la cárcel.