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La Muda Del Serrallo

La Muda Del Serrallo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Venganza / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

El dolor llegó peor esa mañana.

Ayla lo notó en cuanto entró. Kael no estaba en la silla. Estaba todavía en la cama, medio incorporado contra los cojines, con el sudor frío brillándole en la frente. La manta se le había torcido. Yusuf se quedó fuera, como siempre.

—Ayúdame —dijo Kael sin preámbulos. La voz le salía ronca.

Ayla dejó la bandeja y se acercó. Le acomodó los cojines detrás de la espalda. Le subió la manta hasta la cintura. Cuando sus dedos rozaron la tela sobre las piernas, sintió el temblor que no podía controlar. Kael apretó los dientes y no dijo nada hasta que ella terminó.

—Siéntate.

Ella obedeció. El tablero quedó entre los dos, pero hoy casi no escribieron. Kael hablaba a ratos, entre oleadas de dolor. Le contó que Zahir había llevado al consejo un nuevo decreto: si el sultán no podía firmar en persona durante más de diez días, el príncipe heredero asumiría temporalmente el mando del ejército. Diez días. Ya llevaban ocho.

Ayla tomó el carbón y escribió:

**No firmes.**

Kael leyó y soltó una risa amarga.

—Si no firmo, dicen que estoy incapacitado. Si firmo, les entrego el ejército. —Miró el papel—. Tú qué harías.

Ella pensó un momento. Después escribió:

**Romper el sello.**

Kael se quedó mirando esas tres palabras. Después negó despacio.

—Todavía no. Pero gracias por pensarlo.

Pasó el tiempo. El médico llegó más tarde de lo habitual. Le puso la inyección. Kael se tensó y después se derrumbó contra los cojines. Cuando el médico salió, la habitación quedó otra vez en silencio. Solo se oía la respiración irregular del sultán y el ruido lejano de una fuente.

De pronto Kael habló, con los ojos todavía cerrados:

—Anoche soñé que caminaba. Llegué hasta el jardín de los granados de tu reino. Había sangre en las piedras. Tú estabas de pie en medio, con un cuchillo. Me miraste y no dijiste nada.

Ayla no se movió.

—¿Era verdad? —preguntó él—. ¿Había granados?

Ella tomó el carbón y escribió:

**Sí. Detrás de la casa.**

Kael abrió los ojos. La miró un rato largo.

—Algún día, si salgo de esta cama, quiero verlos. Aunque ya no quede nada.

Ayla bajó la vista al papel. No escribió nada más.

Cuando Yusuf la acompañó de regreso, el pasillo estaba más lleno de lo normal. Varias concubinas la miraron al pasar. Una de ellas, la del pelo de henna, sonrió con desprecio y le dijo algo a su sirvienta. Ayla no intentó leer los labios. Ya sabía el tono.

En el patio de los naranjos Nur la estaba esperando. No con el cubo. Con las manos en la cintura.

—Dicen que el sultán te cuenta sus sueños —dijo en voz baja, solo para que ella oyera—. Dicen que te pide que le toques las piernas. Dicen muchas cosas, muda. Ten cuidado. Las que suben demasiado alto suelen caer más fuerte.

Ayla la miró. No contestó. Tomó su cubo y se arrodilló en el otro extremo. El agua estaba fría. El trapo, áspero. Fregó hasta que los brazos le dolieron.

Nur tenía razón en una cosa:

cuanto más cerca estaba del sultán,

más peligroso se volvía todo.

Y aun así, mañana volvería a subir.

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