Alfonso en su soledad como empresario lee una historia de romance entre un duque y su princesa pero entre las intrigas y el romance se enamora de un personaje secundario, el Príncipe Anthony, quien reprime sus sentimientos para que el hombre que ama y su hermana sean felices, pero todo cambia cuando Alfonso reencarna en el duque y en la primera oportunidad expresa sus sentimientos por el príncipe.
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Capítulo 17: Vientos de Cambio en el Norte y el Viaje a la Capital
Las semanas posteriores a la purga administrativa en el castillo del norte transcurrieron bajo una disciplina de hierro. Fernando no descansó un solo día. Utilizando la mentalidad hiperanalítica de su vida pasada como alto ejecutivo corporativo y auditor financiero, reestructuró por completo la administración del ducado. Los guardias de la villa, anteriormente leales a las limosnas de Lord Alberto y Cedric, fueron reemplazados por hombres de honor bajo el mando del nuevo capitán Vance, un veterano curtido en batallas que respondía con lealtad ciega al duque.
Alberto y Cedric permanecieron recluidos en el ala oeste del castillo. Sus días de extravagancia, banquetes y deudas de juego habían llegado a su fin. Vivían bajo un arresto domiciliario implícito, vigilados noche y día por guardias armados que reportaban cualquier intento de enviar correspondencia no autorizada hacia la capital. Cada libro contable, cada tenencia de tierra y cada recibo de diezmo fue auditado minuciosamente por Fernando, asegurando que las arcas ducales recuperaran su brillo y estabilidad original.
Sin embargo, a pesar del éxito absoluto en la consolidación de su poder terrenal, la mente de Fernando no encontraba paz completa.
Cada noche, tras culminar sus largas jornadas de trabajo frente al escritorio de caoba de su despacho, Fernando se retiraba a su inmensa alcoba. Al contemplar el lecho de madera con columnas de caoba, los recuerdos de la noche compartida con el príncipe Anthony lo embargaban con una fuerza voraz. Recordaba el calor suave de su piel dorada, el perfume dulce a jazmín que emanaba de su cuello, los gemidos ahogados que arrancó de sus labios y la mirada de devoción pura que Anthony le había dedicado antes de entregarse a sus brazos.
Las cartas cifradas que intercambiaban semanalmente a través de su escudero leal, aunque reconfortantes, resultaban insuficientes para calmar la sed de su corazón. Anthony escribía sobre la fría atmósfera de la corte real, sobre las presiones de su padre el rey para arreglar matrimonios dinásticos y sobre el vacío insoportable que sentía al no tener a Fernando a su lado.
«Mi amado Fernando», decía la última carta del príncipe, firmada con cera roja y guardada celosamente en el cajón secreto del escritorio ducal, «la capital es un palacio de espejos donde cada sonrisa oculta una daga. Mi hermana Antonella insiste en preguntarme por qué paso tantas horas contemplando los jardines en silencio. No puedo decirle que en cada rosa veo el reflejo de tu recuerdo. Ven pronto, te lo imploro. Mi alma se marchita en este aislamiento».
Fernando dobló el papel con dedos firmes. La decisión estaba tomada. La excusa oficial para su viaje estaba perfectamente armada: la entrega anual de impuestos ducales, los informes de productividad de las minas de hierro y la rendición de pleitesía oficial ante Su Majestad el Rey tras haber sobrevivido a su "accidente" de cacería.
—Capitán Vance —ordenó Fernando al día siguiente, mientras ajustaba la espada de gala a su cintura en el gran patio de armas—. Dejo la seguridad del castillo en sus manos. Si Cedric o Lord Alberto intentan cruzar los límites de la villa o enviar mensajeros sin mi sello, encadenelos en las mazmorras subterráneas hasta mi regreso.
—Entendido perfectamente, Lord Duque —respondió el capitán con una inclinación respetuosa—. Que los dioses guíen su viaje a la capital.
Acompañado por un contingente de veinte caballeros de élite ataviados con los colores negro y plata de la casa ducal, Fernando montó sobre un magnífico semental azabache y emprendió la marcha hacia el sur. El viaje de tres días a través de los caminos reales no hizo más que alimentar la anticipación en su pecho. Cada legua recorrida era un paso más cerca del hombre por el que había desafiado las leyes de su destino.