Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 21: El límite de la tentación
La medianoche había pasado hacía largo rato cuando el timbre del departamento de Chiara resonó en la penumbra de la sala. El sonido seco y constante cortó el silencio de la madrugada, haciendo que Chiara, que recién salía de la ducha intentando conciliar el sueño, frunciera el ceño con extrañeza.
Caminó descalza sobre la madera pulida hasta la entrada. No esperaba a nadie a esa hora. Echó un vistazo por el ojo de la cerradura y sintió que el corazón le daba un vuelco violento dentro del pecho.
Allí de pie, ocupando prácticamente todo el marco de la puerta en el pasillo débilmente iluminado, estaba Matteo Vitale.
Chiara destrabó el cerrojo y abrió la puerta despacio.
—Vitale... —murmuró Chiara, con un hilo de voz sorprendida—. ¿Pasó algo? ¿Leo está bien?
Matteo levantó la cabeza. Traía la mirada cargada, profunda y oscura, pero en cuanto sus ojos grises se posaron en ella, las palabras se le congelaron directamente en la garganta.
Chiara no llevaba la ropa de andar por casa que solía usar. Para dormir vestía un camisón corto de raso en un tono tan oscuro que bordeaba el negro, de tirantes finos que descansaban sobre sus hombros descubiertos. La prenda tenía un escote pronunciado en V enmarcado por un delicado encaje negro que realzaba el contorno de su pecho. El tul y el encaje bordado se repetían en el bajo del vestido, el cual contaba con una abertura atrevida en el muslo derecho que dejaba al descubierto sus piernas torneadas. Sobre los hombros llevaba una bata a juego, suelta y abierta, que caía con suavidad sin ocultar las curvas de su figura. Tenía la melena húmeda y ligeramente despeinada cayéndole en ondas sobre un lado del cuello, desprendiendo ese inconfundible aroma a vainilla y jabón tibio.
Matteo clavó la mirada en la abertura del muslo, subió lentamente por el encaje del escote y se detuvo en los labios carnosos de ella.
El Capo tragó saliva con dificultad, escuchándose un chasquido seco en la calma del pasillo. La manzana de Adán en su cuello se movió en un gesto hambriento, instintivo, mientras una ráfaga de fuego puro le recorría la sangre. Sus ojos grises, oscurecidos al límite, devoraron cada centímetro de su piel, imaginando la textura del raso bajo sus dedos y la calidez de su cuerpo rindiéndose contra el suyo.
Chiara notó el impacto. Una pequeña chispa de victoria y coquetería brilló en sus ojos color miel. Ladeó la cabeza, esbozó una sonrisa lenta y sensual, y se dijo a sí misma en un pensamiento fugaz: «Vaya, parece que tan indiferente no le soy a este lobo...».
—¿Vas a quedarte en el pasillo toda la noche o me vas a decir qué haces aquí a la una de la mañana? —preguntó ella en un susurro provocador, apoyando el hombro contra el marco de la puerta.
Matteo parpadeó, intentando recomponer la postura, aunque la rigidez de su cuerpo lo traicionaba por completo. Levantó la mano derecha y le tendió una pequeña libreta azul de notas junto con un pequeño oso de peluche que el niño solía llevar consigo.
—Leo se dejó esto en el auto cuando lo llevé a la mansión —explicó Matteo. Su voz no era la habitual; sonó rasposa, baja, agrietada por la tensión—. No dejaba de dar vueltas en la cama buscándolos. Tuve que esperar a que se durmiera para traértelos... para que los tuvieras mañana si vuelve a pedir ir a verte.
Chiara tomó los objetos, pero al rozar los dedos de Matteo con los suyos, una descarga eléctrica recorrió el aire entre ambos. Ninguno de los dos retiró la mano.
—Podías haberlos mandado con Edans por la mañana —dijo ella en voz baja, dando un paso atrás para abrir la puerta de par en par—. Pasa, Vitale. No vas a dejar que te vea la seguridad del edificio a estas horas.
Matteo no lo duda. Cruzó el umbral y la puerta se cerró detrás de él con un chasquido definitivo.
El ambiente dentro del departamento se volvió denso al instante, sofocante, cargado de un magnetismo peligroso. El espacio que habitualmente se sentía amplio, parecía haberse encogido con la imponente presencia del Capo.
Matteo no llevaba el saco del traje; solo vestía su camisa blanca ajustada a la espalda, con los primeros botones desabrochados. Con un movimiento lento y pesado, se llevó las manos al cuello, se aflojó el nudo de la corbata y la tiró sobre el respaldo del sofá. Se quitó el reloj de pulsera y lo dejó sobre la mesa de centro.
Verlo despojarse de sus capas de armadura corporativa, mostrándose más vulnerable, terrenal y abierto que nunca, hizo que a Chiara se le acelerara la respiración. El calor que emanaba del cuerpo de Matteo era una ola que la envolvía sin tregua.
—Te sirvo una copa de vino —ofreció Chiara, intentando dar un paso hacia la cocina para romper el trance que la estaba consumiendo.
—No quiero vino, Chiara —la cortó él.
La firmeza grave de su voz la congeló en el sitio.
Chiara se giró para mirarlo. Matteo ya no estaba a tres pasos de distancia. Había avanzado con la agilidad silenciosa de un cazador. Antes de que ella pudiera reaccionar o dar un solo paso atrás, la mano gigantesca y caliente del Capo se posó firmemente en su cintura, pegándola de golpe contra la madera dura de la puerta de entrada.
El impacto sofocó un pequeño gemido en los labios de Chiara.
El camisón de raso ofreció cero resistencia. La palma de Matteo, ardiendo de calor, se hundió en la curva de su cadera, amoldándola contra su muslo con una presión salvaje, posesiva, que no dejaba dudas sobre el estado de su cuerpo.
—Matteo... —alcanzó a pronunciar ella, con el pecho agitado subiendo y bajando velozmente contra el tórax masivo del hombre.
—Llevo semanas intentando apagar esto, Romano —confesó Matteo en un susurro caliente, rasposo, pegando su frente a la de ella hasta que sus alientos se mezclaron en una sola respiración agitada—. Llevo semanas intentando convencerme de que eres una distracción, de que debo mantenerte lejos de mi vida y de mi casa... pero no puedo.
Sus dedos se hundieron con más fuerza en la tela suave de la bata, subiendo por su costado hasta acariciar la piel desnuda de su espalda. Chiara echó la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto la curva de su cuello, soltando un suspiro tembloroso que volvió loco al Capo.
—Me estás volviendo completamente loco, Chiara —continuó él, bajando la boca hasta rozar con sus labios la piel caliente de su mandíbula, bajando hacia su cuello mientras ella enterraba sus dedos en el cabello oscuro de Matteo—. No hay un solo segundo del día en que no piense en ti. En cómo te ríes, en cómo miras a mi hijo... en cómo te sentías pegada a mi cuerpo en ese salón.
—Entonces deja de pelear contra esto... —le suplicó Chiara en un hilo de voz, apretándolo contra ella, sintiendo cómo el deseo reprimido durante años por fin detonaba en su interior—. Deja de huir de mí, Matteo.
Matteo levantó la cabeza. Sus ojos grises ardedores se clavaron en los de ella con un fuego devorador. La mano que sostenía su cadera bajó por la abertura del vestido, acariciando la piel al descubierto de su muslo con un toque firme que hizo vibrar a Chiara de pies a cabeza.
Con la otra mano le tomó la mejilla, sujetándole el rostro con posesión absoluta. Se inclinó sobre ella hasta que sus labios carnosos rozaron los de él a milímetros de distancia. Chiara sintió el peso, la urgencia y la devoción de un hombre que estaba a punto de romper todas sus reglas por primera vez en siete años.
Las bocas de ambos se buscaron en la oscuridad, a un aliento de consumar la tentación, con los cuerpos ardiendo pegados contra la puerta y las manos de Matteo marcando la piel de la mujer que estaba a punto de hacerlo suyo para siempre...
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.
Matteo ahora después de esa confesión te liberaste porque Chiara no se asustó sino que te respaldó por lo que hiciste.