"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 19: Confesiones en el estudio (Perspectiva mixta)
El rubor en las mejillas de Katherine era una tentación demasiado grande como para dejarla escapar tan fácil. Disfrutando de la timidez que acababa de provocar en ella, di un paso más hacia la puerta del cuarto de Leo antes de que pudiera responder.
—¿Quieres beber un poco de té antes de dormir? —le propuse, manteniendo la voz baja para no despertar al niño—. Y, de paso... podemos revisar el contrato formal de trabajo. Si prefieres hacerlo mañana por la mañana, no hay problema, pero... la verdad es que no tengo ganas de dejar de verte esta noche.
Katherine parpadeó con sorpresa, con los ojos marrones fijos en los míos, procesando la sinceridad cruda detrás de mis palabras. Tragó saliva y asintió lentamente con la cabeza.
—Sí... me gustaría tomar un té. Y firmar de una vez, señor Montenegro.
La guié escaleras abajo, cruzando los pasillos silenciosos de la mansión hasta llegar a mi estudio privado. Era una habitación amplia, revestida en madera oscura, con estantes repletos de libros antiguos y un gran escritorio de caoba.
—Toma asiento —le indiqué, señalando uno de los sillones de cuero frente al escritorio.
Mientras ella se acomodaba con cuidado, caminé hacia el pequeño aparador donde Clara siempre dejaba una tetera humeante y un juego de tazas de porcelana fina. Serví el té y, al mismo tiempo, deslicé sobre la madera una carpeta de cuero negro que contenía el contrato definitivo de su contratación.
Me senté frente a ella, le entregué la taza y dejé los papeles a su alcance.
—Léelo con calma antes de firmar —le pedí, y luego me recosté hacia atrás, observándola con fijeza—. Pero antes... dime cómo lo has pasado estos días. Sé que he estado demasiado ocupado con los asuntos del puerto y apenas nos hemos cruzado en las cenas. Quería escucharlo de tu propia boca, no de los informes que me da la servidora.
Katherine dejó la taza sobre el platillo con suavidad y me regaló una pequeña sonrisa, una que le iluminaba todo el rostro. Empezó a contarme con detalles cómo había reaccionado Leo ante sus pequeños trucos, los paseos por el jardín, los dibujos que hacía el niño para expresar sus miedos y cómo, poco a poco, la coraza del pequeño se iba derrumbando.
Mientras la escuchaba hablar, me perdí por completo en sus facciones. Sus ojos brillaban con una pasión genuina por lo que hacía, y su voz cálida y suave resonaba en la quietud del estudio como una melodía que me taladraba los sentidos. Me di cuenta de lo mucho que anhelaba verla sonreír así todos los días de mi vida.
Con manos firmes, Katherine pasó a la última hoja del contrato, tomó la pluma y firmó con su nombre, sellando de manera oficial su lugar en esta casa.
—Listo —murmuró, devolviéndome la carpeta con una mezcla de orgullo y alivio en la mirada—. Ya está firmado.
Se quedó unos segundos en silencio, jugueteando nerviosa con el borde de su taza, hasta que se atrevió a hacer una pregunta que llevaba días guardando:
—Disculpe... el contrato menciona un día libre a la semana. Quería saber qué día podría tomarlo para ir a visitar a mi madre y a mi hermana.
Al escuchar la mención de su familia, la expresión de mi rostro se suavizó un poco. Sabía lo mucho que extrañaba a su hermana menor y la culpa que cargaba respecto a su madre, aunque jamás me hubiera hablado de los detalles exactos.
—Eso lo puedes decidir tú, Katherine —le respondí con total naturalidad, apoyando los codos sobre el escritorio—. El día que prefieras de la semana, me avisas con anticipación. Y no te preocupes por el transporte: un chofer de la casa te llevará a su puerta y te traerá de regreso a la hora que estipules. Aquí nadie viaja sola ni desprotegida.
Katherine abrió los ojos con asombro y una profunda gratitud inundó su mirada. No estaba acostumbrada a que un hombre le facilitara las cosas con tanta autoridad y cuidado.
—Gracias, señor Montenegro... de verdad, muchas gracias —respondió con un hilo de voz, visiblemente conmovida.
La miré fijamente a los ojos, sintiendo que la distancia entre nosotros en ese despacho se reducía a nada, y supe, con absoluta certeza, que esa noche habíamos cruzado una línea de la que ya no había retorno.