NovelToon NovelToon
Mi sugar daddy millonario

Mi sugar daddy millonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:480
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11: Águila o sol

Adrián vio cómo se le iba el color de la cara a Dulce, primero de los labios y luego de todo lo demás. Yesenia, a un lado, se acomodó los lentes oscuros en la cabeza y sonrió.

Había subido primero al quinto piso. Chayo dormía, y una enfermera le dijo que la muchacha había bajado al jardín a tomar el sol. Las bolsas pesaban poco. Las glorias venían en caja de madera, porque así se las había pedido a la señora de la tienda de San Pedro.

Le vibró el celular en la bolsa del pantalón. Lupe. Lo sacó y tardó en atinarle al botón rojo; el pulgar se le resbaló dos veces sobre la pantalla.

Dulce abrió la boca. Él soltó una risa corta por la nariz, se dio la vuelta y caminó hacia los elevadores antes de decir algo que después no pudiera recoger.

Las puertas se abrieron y salió el doctor Villegas con una carpeta bajo el brazo.

—¡Licenciado! Qué milagro, ya me dijeron que su suegrita…

Le vio la cara y cerró la boca. Se hizo a un lado para dejarlo pasar.

* * *

Don Lupe manejó cinco minutos sin decir nada. En el semáforo de Insurgentes carraspeó.

—Patrón, a lo mejor hay un malentendido. La señorita no es de las que…

—¡Que no, Lupe!

Adrián nunca le había gritado a don Lupe. Don Lupe apretó el volante con las dos manos y se quedó viendo el semáforo.

—A partir de hoy no me la vuelvan a mencionar —dijo Adrián, ya bajito—. Ni tú, ni Sam, ni nadie.

—Como usted diga, patrón.

En Bosques, don Lupe bajó las bolsas de regalo y se quedó con ellas en la mano, esperando.

—Tíralas.

—¿Las glorias de la suegrita? ¿El machacado?

—Todo. Y lo de las cremas también.

Don Lupe miró la caja de madera, luego las cremas envueltas en papel de china, luego a él.

—¿Tirar comida, patrón? —Se acomodó las bolsas contra el pecho—. Mejor se los guardo, patrón.

Adrián no le contestó. Subió al gimnasio, se vendó mal las manos y le pegó al costal hasta que las vendas se le corrieron y los nudillos le quedaron rojos. Después, en el cuarto, sacó dos bolsas del vestidor y metió todo lo de ella: el cepillo de dientes, la pijama de gatitos, los tenis blancos que había dejado junto a la cama, un libro de la biblioteca de Iztapalapa con la fecha de entrega vencida.

El vestido negro estaba colgado solo, al fondo, junto a sus trajes. Lo descolgó. Todavía traía el hilito de plástico donde había estado la etiqueta. Se quedó con él en la mano un buen rato y al final lo dobló en cuatro y lo puso hasta arriba de la segunda bolsa.

A las nueve de la noche sonó el teléfono. Don Humberto.

—¡Valdés! ¿Ya regresaste del norte? Oye, el catorce hago lo de mis sesenta en el Cénit. Va a estar todo mundo, no me vayas a salir con que tienes junta.

—Ahí estoy.

—¿Así nomás? Mira qué milagro. —Don Humberto se rio y luego bajó la voz—. Oye, y ya que estamos… Rafa anda como loco por una muchachita. No come, no duerme, se la pasa en la moto. Tú sabes cuál.

—Sé cuál.

—Pues háblale tú, a mí no me hace caso. Ahí en la fiesta.

—Ahí le hablo —dijo Adrián, y colgó.

* * *

El domingo a las siete y cinco la camioneta salió por el portón. Adrián iba atrás, revisando en la tableta los pendientes que había dejado la junta de Monterrey.

—Patrón —dijo don Lupe, y bajó la velocidad.

Adrián levantó la vista. Afuera, pegada a la barda, estaba Dulce. Traía la misma ropa del sábado y el pelo amarrado de cualquier manera. Levantó la mano cuando vio la camioneta.

—Sigue.

Don Lupe siguió. En el retrovisor, Dulce echó a correr detrás de ellos por la orilla del Paseo, gritando algo que los vidrios no dejaban pasar. A media cuadra se le salió un zapato y no se detuvo por él. En la esquina pisó mal la banqueta, se fue de frente y cayó sobre las rodillas y las manos.

El semáforo se puso en rojo. Don Lupe frenó y se volteó en el asiento.

—Patrón, se cayó.

—Sigue.

—Patrón, se raspó toda, por el amor de Dios…

El semáforo cambió a verde. Don Lupe no arrancó. Atrás les pitaron.

—Da la vuelta —dijo Adrián.

Don Lupe dio la vuelta en U con una mano. Cuando regresaron a la esquina, ya había una moto parada junto a la banqueta. Un muchacho alto, de chamarra de cuero, se había quitado el casco y la estaba levantando del suelo. La sentó en el escalón de una casa, le revisó las palmas y luego le agarró la mano y se la puso sobre el pecho, del lado del corazón. Le estaba diciendo algo con la cabeza agachada.

Era Rafa, el hijo de Humberto. Adrián los miró tres segundos por el vidrio polarizado.

—Ya tiene quien la levante —dijo—. Vámonos.

Don Lupe no contestó. Arrancó despacio y no volvió a encender el radio en todo el día.

* * *

A las doce menos cinco de la noche, Adrián estaba en el balcón del cuarto con el celular en la mano y el contacto abierto: Niña sin dinero. Había bajado hasta el final de las opciones. Bloquear contacto. El dedo se le quedó arriba del botón y no bajó.

Se sacó una moneda de diez pesos de la bolsa del pantalón. La tenía desde la mañana, del cambio de un café que no se tomó.

—Águila, la bloqueo —dijo en voz alta, al jardín oscuro—. Sol, la escucho.

La lanzó. Le cayó en el dorso de la mano y la tapó con la otra. Cuando levantó la palma, el águila estaba arriba, con la serpiente en el pico.

Bloqueó el contacto. Luego lo eliminó. Revisó en la lista de chats: donde había estado Niña sin dinero ya no había nada, solo el grupo de la consejería y un mensaje de don Humberto con un sticker de un pastel.

A las doce y media tocaron la puerta. Era don Lupe, en pants y con el suéter de doña Queta encima de la pijama.

—Perdone la hora, patrón. —No entró. Le extendió su propio celular—. Nomás véalo.

Era una captura de pantalla que Dulce le había mandado a don Lupe. Un chat con fondo gris y un solo mensaje enviado a las once cincuenta y nueve: Señor Valdés, veámonos una vez. Déjeme explicarle. Junto a la hora, una sola palomita gris. Debajo de la captura, Dulce había escrito: Me bloqueó, ¿verdad?

Adrián leyó el mensaje, el nombre del contacto de ella en la parte de arriba, la hora. Le devolvió el teléfono a don Lupe y, antes de que lo tomara, se arrepintió y lo puso boca abajo sobre la mesita del balcón.

—¿Qué le contesto, patrón?

Adrián se sentó en la silla de hierro. Se quedó viendo el jardín, las copas de los naranjos negras contra la barda.

—Que ya es tarde —dijo—. Que se duerma.

1
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Pobre niña todo lo que paso por su mam'a
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play