Tenía cinco años, el estómago vacío y un don que nadie le creía: Lula entiende lo que dicen los gatos, las plantas y hasta los peces del estanque. También ve lo que los demás no ven: una niebla negra que se enrosca en el cuello de quien está a punto de morir.
Cuando una desconocida se desploma frente a ella en plena avenida, la niña hace lo imposible para salvarla... y, sin saberlo, cambia su destino. De dormir sobre cartones pasa a una mansión de mármol, vestidos de seda y una familia que no se parece a nada de lo que conoció.
Los Valderrama no son una familia cualquiera. Adrián, el mayor, es un CEO helado que jura no ablandarse por una mocosa parlanchina (y ya le está sirviendo el desayuno en la boca). Sebastián, médico en ciernes, lo analiza todo con lógica y gafas. Cristóbal arma escándalos de payaso con tal de verla reír. Y Dante, el más gruñón, esconde las orejas rojas detrás de un «yo no hice nada».
Pero el mundo de los ricos es cruel, y una niña recogida de la calle tiene demasiados enemigos: socios traidores, maestras clasistas, compañeras que susurran «niña de mala suerte» y rivales dispuestos a todo por el negocio. Que se atrevan a tocarle un solo cabello a la pequeña Lula... y los cuatro hermanos les harán pagar mil veces.
Mientras tanto, el don de Lula guarda un secreto que alguien, desde muy lejos, lleva tiempo buscando.
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Capítulo 12
Por la rendija de la puerta, Lula vio filtrarse una niebla negra y espesísima, con olor a sangre y un frío helado.
—Es una niebla malísima —susurró.
Dio un paso hacia la puerta.
—Lula, no puedes entrar ahí. Los médicos están trabajando —le prohibió Sebastián, sujetándola por los hombros.
Ella alzó hacia él sus ojos redondos e hinchados.
—Hermano Sebastián, si no entro ahora, esa niebla se va a llevar al hermano Adrián —dijo, muy seria—. Le duele mucho ahí dentro. Me necesita.
Sebastián se quedó callado, mirándola. Su mente, siempre lógica y apegada a la ciencia médica, libraba una batalla con su corazón. Sabía que su hermano estaba al borde de la muerte.
—Déjala entrar, Sebastián —ordenó Bernardo de repente.
—Pero, Papá, es una zona estéril. No pueden entrar niños —objetó él.
—¡Te digo que la dejes entrar! ¡Al diablo con tu esterilidad! —estalló Bernardo, desesperado—. Ahora ella es nuestra única esperanza.
Por fin, Sebastián le soltó los hombros.
Clic.
Entreabrió la puerta y dejó que el cuerpecito de Lula se colara dentro.
El ambiente en el quirófano era de máxima tensión. La máquina que vigilaba el corazón pitaba a toda velocidad, sin ritmo. Varios médicos y enfermeras se agolpaban alrededor de una camilla de metal.
—¡La presión sigue bajando, doctor! ¡La hemorragia no para! —gritó una enfermera, presa del pánico.
—¡Preparen el desfibrilador ya! —ordenó el cirujano que dirigía el equipo.
Lula se escabulló entre las piernas del personal sin que nadie la viera. Vio a Adrián tendido, rígido, con la cabeza vendada y tubos por todo el cuerpo. La niebla negra le rodeaba el cuello y el pecho, apretándolo con saña.
No sintió ni pizca de miedo. De un salto se subió a un banquito que había junto a la camilla.
—¡Oye, niña! ¡¿Qué haces aquí?! —gritó una enfermera que acababa de reparar en ella—. ¡Sal de aquí, es zona prohibida!
La enfermera se disponía a apartarla, pero Lula fue más rápida y apoyó las dos palmas sobre el pecho de Adrián.
—¡Vete, niebla mala! ¡No molestes a mi hermano Adrián! —chilló, con voz aguda.
Cerró los ojos con fuerza y concentró toda su energía. Una luz verde, cegadora, estalló desde sus manos. Era tan intensa que los médicos y las enfermeras tuvieron que taparse los ojos.
¡Fium!
La energía verde chocó con furia contra la niebla negra que cubría a Adrián. La niebla siseó como si ardiera y se deshizo en pedazos hasta convertirse en polvo. La luz de Lula se coló en el pecho y la cabeza de Adrián, reparó con rapidez las costillas rotas y detuvo la hemorragia cerebral.
Bip, bip, bip, bip.
El monitor, que hasta ese momento marcaba un ritmo caótico, se volvió perfectamente estable. En la pantalla, las cifras rojas de peligro fueron regresando poco a poco a un verde normal.
Los médicos bajaron las manos y se quedaron mirando el monitor con la boca abierta.
—Es imposible. El ritmo cardíaco se estabilizó de golpe —murmuró el cirujano, incrédulo.
—La hemorragia también se detuvo como por milagro. ¿Cómo es posible? —preguntó la enfermera que antes quería echar a Lula.
Ella retiró las manos del pecho de Adrián, jadeando. Le dio vueltas la cabeza y todo empezó a girar: curar una herida tan grave le había consumido casi toda la energía.
—El hermano Adrián ya está bien —susurró, con una sonrisa débil.
¡Pum!
Su cuerpecito se desplomó hacia atrás y cayó del banquito. Por suerte, Sebastián ya había entrado corriendo y la atrapó antes de que tocara el suelo.
—¡Lula! —gritó, aterrado.
Le tomó el pulso y suspiró aliviado: solo se había desmayado de agotamiento. Miró el monitor de Adrián, con aquellas cifras tan estables, y se le escaparon unas lágrimas de emoción.
—Eres un angelito de verdad para nuestra familia —susurró, abrazando su cuerpo menudo.
Una hora más tarde, el médico salió del quirófano al encuentro de los Valderrama.
—Es un milagro, señor Valderrama —informó, asombrado—. El paciente superó de repente la fase crítica, con una rapidez increíble. La herida de la cabeza se cerró sola, algo que la medicina no explica. Solo necesita unos días de reposo para recuperarse del todo.
Marina lloró abrazada a su marido al recibir la buena noticia. Cristóbal y Dante se abrazaron entre vítores.
—Gracias a Dios, Adrián está a salvo —dijo Bernardo, con una sonrisa de alivio.
Pero la sonrisa se fue apagando cuando vio acercarse a un hombre de traje impecable: el jefe de seguridad de Grupo Faro.
—Con su permiso, señor Valderrama. Ya revisamos los restos del coche del joven Adrián —informó con semblante grave.
—¿Y qué encontraron? —preguntó Bernardo con frialdad.
—El cable de los frenos fue cortado con mucha limpieza, con una herramienta especial. No fue un accidente común, señor. Alguien planeó este asesinato a propósito.
El ambiente del pasillo se volvió sofocante. Dante chasqueó la lengua y pateó una silla de hierro que tenía cerca.
—¡Tsk! Ya lo sabía. Esto es cosa de cobardes —rugió.
Bernardo apretó los puños hasta hacerlos temblar. Su rostro se transformó en el de un león al que han invadido el territorio.
—Reúnan a toda nuestra gente. Averigüen quién es el dueño de ese camión y revisen todas las cámaras de seguridad alrededor de la oficina. Voy a destruir a quien se atreva a tocar a mi hijo —ordenó con voz asesina.
El hombre inclinó la cabeza con respeto y se marchó a cumplir la orden.
Los Valderrama podían parecer empresarios tranquilos y comunes. Pero quien osara tocar a uno de los suyos recibiría una respuesta mucho más cruel, multiplicada por mil.
Y el enemigo acababa de despertar al monstruo que dormía.