En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.
Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.
Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.
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CAPÍTULO 3: LA FIRMA Y LA SOMBRA PT2
En cuestión de segundos, la penumbra del bosque a ambos lados de la carretera se iluminó con el destello de múltiples disparos de armas automáticas. El impacto de las balas sobre el cristal blindado del vehículo de Matteo producía un sonido ensordecedor, similar al golpe repetido de un martillo pesado contra una plancha de acero.
Don Vincenzo ni siquiera se inmutó. Cerró los ojos un instante, aferrando la empuñadura de su bastón con nudillos blancos, mientras Matteo sacaba con calma una pistola Glock 19 de la funda sobada de su axila y destrababa el seguro.
— Gabriel, reporte de situación —ordenó Matteo con frialdad absoluta, sin que su pulso temblara lo más mínimo.
—Son al menos seis hombres apostados en la arboleda alta —informó Gabriel, verificando la pantalla del monitor táctico del tablero—. Llevan fusiles de asalto calibre 5.56. El vehículo de cabeza quedó inmovilizado; los soldados de Luca están devolviendo el fuego. Esto no son ladrones de poca monta, Matteo. Están usando tácticas militares.
—¿Quiénes son? —preguntó Vincenzo con voz rasposa desde el asiento delantero, abriendo los ojos con una furia helada—. ¿Acaso Stefano se atrevió a traicionarnos antes de que se secara la tinta del contrato?
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—No parece la gente de Moretti —analizó Matteo, observando por la ventanilla lateral los destellos de los disparos entre las sombras de los árboles—. Si Stefano quisiera matarnos, lo habría hecho dentro de su finca o habría usado una bomba. Esto es demasiado caótico, demasiado sucio. Hay un tercero intentando que la tregua vuele por los aires esta misma noche.
—Gabriel, despeja el perímetro —ordenó Matteo, abriendo la puerta trasera unos milímetros para evaluar el ángulo de tiro—. No quiero un solo superviviente de esos tiradores, salvo uno para interrogatorio. Necesito saber quién paga sus balas antes de que salga el sol.
—Entendido, señor —asintió Gabriel.
El guardaespaldas abrió la portezuela opuesta y salió en cuclillas, apretandose contra la carrocería pesada del vehículo blindado, mientras los soldados de la escolta de los Romano desplegaban un fuego de cobertura devastador hacia el bosque.
Matteo permaneció un segundo dentro del coche, mirando a su padre.
—Quédate adentro, Don Vincenzo. La carrocería resistirá armas ligeras. Yo me encargaré de despejar el camino.
—Traeme la cabeza del que organizó esto, Matteo —respondió el viejo patriarca con voz de ultratumba—. Que sirva de mensaje para cualquiera que piense que los Romano están vulnerables.
Matteo descendió del vehículo internándose en la lluvia y el humo de la pólvora. El agua helada le empapó el rostro de inmediato, mezclándose con el olor a azufre y tierra mojada. A pocos metros, los destellos de las detonaciones iluminaban los rostros tensos de sus hombres.
A pesar de vestir un traje de lujo de miles de dólares, Matteo se movió entre la vegetación con la agilidad letal de un depredador entrenado. Se parapetó tras el tronco de un roble robusto, divisó la silueta de un tirador enemigo apostado en una pequeña elevación del terreno y apretó el gatillo tres veces con precisión clínica. El emboscador cayó rodando por la pendiente sobre el barro.
En menos de cuatro minutos de intenso intercambio de disparos, la superioridad táctica y la potencia de fuego de los Romano aplastaron la resistencia del grupo atacante. El silencio volvió a apoderarse de la carretera de Long Island, interrumpido únicamente por el crepitar de un motor averiado y el sonido inacabable de la lluvia cayendo sobre las hojas secas.
Gabriel se acercó a Matteo, guardando su arma en la funda. Llevaba una mancha de sangre ajena en la solapa del abrigo.
—Perdimos a un hombre del vehículo de cabeza, Matteo. Dos heridos leves —reportó el jefe de seguridad—. Abatimos a cuatro de los atacantes. Hay uno con vida; recibió un impacto en la pierna y no puede moverse.
—Llévalo a la trastienda del taller de Queens —ordenó Matteo, ajustándose la corbata mojada mientras caminaba hacia el tirador herido, que gemía en el barro—. Ningún médico, ningún hospital. Quiero a Leo y a ti en esa sala en una hora.
Matteo se inclinó sobre el hombre herido, un sujeto joven con tatuajes de facciones callejeras en el cuello. Lo tomó firmemente del cabello y le levantó la cabeza para obligarlo a mirarlo a los ojos.
—Vas a decirme quién te dio las coordenadas de nuestro convoy —dijo Matteo con una voz tan helada que hizo tiritar al herido más que el propio frío de la noche—. Y más te vale que el nombre que me des sea el correcto, porque si no lo es, desearás haber muerto en este bosque.
Mientras tanto, en la biblioteca de la mansión Moretti, Elena permanecía de pie frente a la chimenea, intentando calentar sus manos heladas. La firma del documento había dejado en ella una sensación de vacío absoluto, como si hubiese cedido una parte irrecuperable de su alma a cambio de una paz incierta.
La puerta de la biblioteca se abrió con violencia. Marco entró con la respiración agitada y un teléfono satelital en la mano.
—¿Qué ocurre, Marco? —preguntó Elena, alertada por la expresión de pánico y rabia en el rostro de su hermano.
—El convoy de los Romano fue atacado a diez millas de aquí —dijo Marco en un susurro apresurado, asegurándose de que nadie más escuchara en el pasillo—. Hubo un tiroteo masivo en la ruta 25.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco violento.
—¿Atacados? —exclamó en un murmullo helado—. ¿Quién los atacó? ¿Fue... fue gente nuestra? ¡Dime que nuestro padre no cometió la locura de traicionarlos justo después de hacerme firmar!
—¡No fuimos nosotros, maldita sea! —siseó Marco, tomándola bruscamente del brazo—. Padre no es tan imbécil. Quienquiera que haya sido, sabía exactamente a qué hora salían y por qué carretera iban a transitar.
—¿Y Matteo? —preguntó Elena, sorprendiéndose a sí misma por la velocidad con la que ese nombre había brotado de sus labios—. ¿Sobrevivió?
Marco la miró con resentimiento y una pizca de desprecio.
—Ese demonio está vivo. Y si descubre quién filtró la ruta, no habrá tregua en el mundo que salve a esta ciudad de un baño de sangre.
Elena soltó el agarre de su hermano y caminó hacia el ventanal. La lluvia continuaba cayendo sin cesar sobre los cristales. La firma que acababa de plasmar en el papel aún no se había secado, y la fragilidad del pacto que se suponía debía salvar su vida ya estaba manchada de pólvora y traición.
Comprendió entonces con aterradora claridad que su matrimonio con Matteo Romano no sería una simple prisión de oro, sino la primera línea de fuego de una guerra donde los enemigos no solo estaban afuera, sino también dentro de sus propias casas.