Valentina Mendoza, una joven humilde, de corazón noble, que lucha por salir adelante y ayudar a su familia. No tiene dinero ni contactos, pero sí una dignidad que nadie podrá comprar, y por otro lado Alejandro Montenegro, un empresario multimillonario, atractivo, serio y dominante. Está acostumbrado a conseguir todo lo que desea, hasta que aparece una mujer que no se deja impresionar por su dinero.
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Capítulo 14. La mujer que despertó algo en él
Aquella noche, Alejandro llegó a su mansión decidida a poner fin a los problemas que su familia estaba creando.
Encontró a su madre, Victoria Montenegro, sentada en el salón principal, revisando unas invitaciones para la boda.
—Llegas tarde —dijo ella sin levantar la vista—. Isabella ha llamado tres veces.
Alejandro se quitó el saco.
—No pienso hablar de Isabella esta noche.
Victoria dejó las invitaciones sobre la mesa.
—Pues deberías. La boda está cada vez más cerca y todavía no has confirmado la fecha definitiva.
—Ya te dije que me encargaré de eso.
—¿Cuándo, Alejandro? ¿Cuándo tu suegro retire su inversión? ¿Cuándo los periódicos comiencen a preguntarse por qué el heredero de los Montenegro no puede cumplir una promesa?
Él la miró con frialdad.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que me case con una mujer a la que ya no amo para mantener contentos a todos? Victoria se puso de pie.
—El amor no mantiene una empresa, hijo. Las decisiones inteligentes sí.
Alejandro soltó una risa amarga.
—¿Y tú crees que casarme por obligación es una decisión inteligente?
—Creo que tienes responsabilidades.
—También tengo derecho a decidir sobre mi vida.
Victoria se acercó a él.
—No olvides quién eres. Eres un Montenegro. Hay personas que darían cualquier cosa por ocupar tu lugar.
Alejandro pensó involuntariamente en Valentina.
En su vestido azul.
En la manera en que había rechazado el dinero de Patricia.
En aquella joven que, teniendo tantas necesidades, había preferido conservar su dignidad antes que aceptar una salida fácil.
—Quizá ese sea precisamente el problema —respondió. Victoria frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—De nada.
Alejandro subió las escaleras y se encerró en su habitación.
Minutos después, recibió un mensaje de Isabella.
**Mi madre me ha contado lo que pasó hoy. No debiste permitir que esa muchacha te pusiera en contra de nosotros.**
Alejandro respondió inmediatamente.
**Valentina no tiene nada que ver con esto. Y dile a tu madre que no vuelva a acercarse a ella.**
Isabella tardó unos segundos en contestar.
**Estás cambiando por una mujer que apenas conoces.**
Alejandro leyó el mensaje.
No respondió.
Porque, por primera vez, no estaba seguro de que Isabella estuviera equivocada. Los días siguientes transcurrieron con una tranquilidad engañosa.
Valentina continuó trabajando con dedicación. Alejandro dejó de reprenderla por cosas insignificantes y comenzó a confiarle responsabilidades que antes reservaba para sus empleados más experimentados.
Sin embargo, ninguno mencionó lo ocurrido en el restaurante.
Hasta el viernes.
Aquella tarde, una tormenta sorprendió a los empleados cuando estaban saliendo de la empresa.
Valentina se quedó en la entrada, observando cómo la lluvia golpeaba las aceras.
Había olvidado el paraguas y no tenía dinero suficiente para pagar un taxi.
—¿Piensa quedarse ahí toda la noche?
Ella se volvió.
Alejandro estaba detrás de ella, sosteniendo un paraguas negro.
—Estoy esperando a que disminuya la lluvia, señor.—Parece que tendrá que esperar bastante.
—No importa. Puedo tomar el autobús cuando pare.
Alejandro miró la calle inundada.
—La llevaré a casa.
—No hace falta.
—Valentina, está lloviendo a cántaros.
—Y yo no soy de azúcar, señor Montenegro.
Él cerró los ojos un instante, como si estuviera pidiendo paciencia.
—¿Siempre tiene que discutirlo todo?
—Solo cuando alguien intenta decidir por mí.
Alejandro la miró y, contra todo pronóstico, sonrió.
—Entonces hagamos un trato. La llevo a casa y usted deja de discutir conmigo durante el trayecto.
Valentina fingió pensarlo.—¿Y si no acepto?
—Me quedaré aquí hasta que acepte.
Ella soltó una carcajada.
Fue una risa espontánea, sincera, que resonó en la entrada casi vacía.
Alejandro se quedó mirándola.
Por un momento olvidó la lluvia, las reuniones y los problemas de su empresa.
Solo vio a una mujer que parecía encontrar motivos para sonreír incluso cuando la vida le daba muy pocos.
Y comprendió que quería conocerla.
No como su jefe.
No como el hombre que firmaba su contrato.
Quería conocer a la persona que existía detrás de aquella blusa blanca, de las respuestas ingeniosas y de la fortaleza con la que ocultaba sus preocupaciones.
—Está bien —aceptó ella finalmente—. Pero solo porque parece que no piensa marcharse.
Caminaron juntos hasta el automóvil.
Durante el trayecto, hablaron de cosas que nunca habían compartido.
Valentina le contó que, desde pequeña, soñaba con construir una vida mejor para su familia. Le habló de las noches en que estudiaba cansada, de los trabajos que había perdido y de las veces que había pensado que sus sueños eran demasiado grandes para sus posibilidades.
Alejandro escuchó sin interrumpirla.
—¿Y usted? —preguntó ella—. ¿Alguna vez tuvo un sueño que no pudiera cumplir?
Él tardó en responder.
—Quería tener una vida en la que no tuviera que demostrarle nada a nadie.
Valentina lo miró.
—¿Y la tiene?
Alejandro soltó una risa sin alegría.
—No.
—Entonces quizá debería empezar a vivirla. Él volvió la cabeza hacia ella.
—Habla como si fuera sencillo.
—No lo es. Pero tampoco creo que sea imposible.
El automóvil se detuvo frente a la casa de Valentina.
La lluvia había disminuido.
Ella desabrochó el cinturón y tomó su bolso.
—Gracias por traerme.
—Valentina…
Era la segunda vez que pronunciaba su nombre de aquella manera, sin formalidades ni órdenes.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
Alejandro quiso decirle que había pensado en ella durante toda la semana. Quiso decirle que su presencia lo inquietaba y que, por primera vez en años, esperaba con interés llegar a su oficina.
Quiso decirle que no entendía cómo una mujer que no buscaba nada de él había conseguido despertar tantas preguntas.
Pero no dijo ninguna de esas cosas.
En cambio, preguntó:
—¿Puedo hacerle una pregunta personal?
Valentina dudó.
—Depende de la pregunta.
—¿Es feliz?
Ella dejó de sonreír.
Durante unos segundos miró hacia la ventana de su casa, donde podía distinguir la silueta de su madre moviéndose por la cocina.
—No todos los días —respondió con sinceridad—. Pero tengo motivos para seguir adelante. Mi familia, mis sueños… y la esperanza de que algún día las cosas sean diferentes. Alejandro sintió una presión extraña en el pecho.
—Espero que lo consiga.
Valentina sonrió.
—Yo también, señor Montenegro.
Abrió la puerta y bajó.
Antes de entrar en su casa, volvió la cabeza y le dedicó una última sonrisa.
Alejandro permaneció dentro del automóvil hasta que la vio desaparecer.
Aquella noche, por primera vez, dejó de preguntarse por qué Valentina lo hacía sentir de aquella manera.
La pregunta que comenzó a atormentarlo fue otra.
¿Qué ocurriría si un día ella descubriera que el hombre del que estaba empezando a enamorarse era también el hombre que podía destruir todo aquello por lo que había luchado?