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Ya no soy tu sustituta

Ya no soy tu sustituta

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Juego de roles / Triángulo amoroso / Tú no me amas / Amante arrepentido / Amor platónico
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

005. Solo lo veía como a un hermano

Era Mateo Rivas, un amigo de Gabriel. El mismo que, aquella noche entre copas, había dicho que le daba un poco de lástima Valentina. Hacía casi tres años que se conocían y ella siempre había tenido una buena impresión de él.

—Vine a comprar unas cosas —respondió.

Mateo echó un vistazo a la bolsa que llevaba.

—¿Es un regalo para Gabriel?

Valentina no tenía ganas de ponerse a explicar, así que asintió.

—Los relojes de esa marca no son baratos. Hasta los modelos más sencillos cuestan de 1 600 dólares para arriba. No tienes por qué comprarle algo tan caro. Gabriel…

No se lo merecía.

Él mismo había admitido que no podía olvidar a Camila y que Valentina solo era una sustituta. La noche anterior, para colmo, la había dejado plantada para irse de la mano de Camila delante de todos.

Después de salir de la fiesta, Gabriel y Camila se habían ido a un hotel a dar rienda suelta a sus deseos toda la noche. Valentina no lo sabía, pero Mateo sí. Tenían un pequeño grupo con amigos de su círculo. En tres años de relación, ella nunca había conseguido entrar. En cambio, apenas Camila regresó al país, Gabriel la agregó.

Ese mediodía, sin venir a cuento, Camila había enviado una foto de los dos en la cama y le había dicho a Gabriel que la guardara de recuerdo. Menos de un minuto después la borró, alegando que se había equivocado de chat. Mateo justo la había visto. Había querido decir algo, pero al final se contuvo. No era asunto suyo; mejor ahorrarse problemas.

Al recordarlo, estuvo a punto de contarle la verdad y aconsejarle que dejara a Gabriel. Sin embargo, cuando iba a decirlo, cambió de palabras.

—A Gabriel no le faltan esas cosas. No necesitas gastarte varios meses de sueldo en un regalo tan caro.

A fin de cuentas, Gabriel era su amigo desde hacía más de diez años. No le salía decir lo demás. También quería advertirle que quizá Gabriel ni siquiera valorara un regalo que a ella le había costado meses de trabajo, pero aquello era demasiado cruel. No tuvo corazón para decírselo.

Valentina sabía perfectamente que Gabriel no lo merecía. Y el regalo tampoco era para él. Asintió y sonrió, sin entrar en explicaciones.

—Está bien. No lo vuelvo a hacer.

Conversaron un rato y se despidieron. Mateo la vio alejarse y soltó un largo suspiro.

—Qué buena muchacha. Qué mala suerte que se haya topado con Gabriel.

Abrió WhatsApp y no pudo evitar escribirle a su amigo.

Mateo: «Hermano, tu novia de verdad vale mucho. Me la acabo de encontrar comprándote un reloj. Uno de varios miles de dólares, así, sin pensárselo. Deben de ser varios meses de su sueldo. Valórala mientras la tienes».

Gabriel recibió el mensaje mientras comía con Camila. Todo el enojo que llevaba dentro desapareció al instante. Su expresión se fue suavizando. Al parecer, Valentina también sabía que se había equivocado aquel día y quería disculparse con un regalo. Si era así, él le daría una oportunidad de arreglar las cosas.

Aceptaría el regalo y aprovecharía para disculparse también: le diría que él tampoco había usado el mejor tono, que no se lo tomara a pecho. Luego inventaría unas cuantas palabras bonitas para contentarla. Con Valentina, eso nunca fallaba.

—Gabriel, ¿qué pasa? ¿Quién te escribió? —preguntó Camila desde el otro lado de la mesa.

Él guardó el teléfono sin revelar nada.

—Nada.

Camila no preguntó más. Al poco rato, Gabriel se levantó para ir al baño. Ella tomó el teléfono que había dejado en la mesa. Ya lo había visto introducir la contraseña. Era fácil de recordar: su cumpleaños.

La marcó rápidamente y abrió WhatsApp. Primero revisó la conversación con Valentina. El último mensaje era de hacía una semana: le preguntaba si quería irse de viaje con ella durante el feriado largo de octubre. Por fin tenía unos días libres y quería salir a pasear. Incluso le había enviado guías de algunos lugares que tenía muchas ganas de conocer.

Gabriel había tardado cinco horas en contestarle: «En octubre todo se llena de gente. ¿Qué tiene eso de divertido?». Después, Valentina no había vuelto a escribir.

Camila echó un vistazo a los destinos y una sombra de burla le cruzó los ojos. Tres años juntos, pero la relación no parecía gran cosa. Gabriel ni siquiera quería irse de viaje con ella.

Como no encontró nada extraño en aquella conversación, salió y revisó los demás chats por encima. Entonces vio el mensaje de Mateo. Soltó una risa fría al recordar la indiferencia de Valentina en sus dos últimos encuentros. Había creído que estaba a punto de rendirse. Y resultaba que seguía intentando reconciliarse con Gabriel, comprándole un regalo para pedirle perdón.

Cerró WhatsApp, apagó la pantalla y dejó el teléfono donde estaba. Luego sacó el suyo y llamó a Isabel Vidal, la madre de Gabriel.

—Hola, Isabel. Acabo de ir con Gabriel a ver anillos y nos encontramos con su novia. Estaba en la tienda, probándose uno para presionarlo a que se case con ella…

***

Valentina regresó a la casa con el regalo y siguió preparando la maleta. Guardó el reloj de Alejandro, pero, mientras acomodaba sus cosas, le vino a la mente su rostro atractivo y distante.

Se conocían desde hacía muchos años. Las casas familiares estaban en el mismo conjunto residencial, a apenas doscientos o trescientos metros de distancia, y de niños se veían con frecuencia. Alejandro era cuatro años mayor que ella. La primera vez que lo vio fue en casa de los Ferrer, cuando sus padres la llevaron de visita.

Valentina tenía diez años y todavía era una niña. Él, en cambio, ya parecía el protagonista de una serie romántica de adolescentes. Recordaba lo deslumbrada que se había quedado al verlo. Tenía una belleza tan marcada que imponía, pero sus ojos eran fríos como el hielo en invierno.

Su madre le pidió que lo saludara y ella obedeció.

—Hola, Alejandro.

Él, según recordaba, seguía tan frío como antes. Respondió con un «hola» seco y nada más. A Valentina le pareció que aquel muchacho debía de ser muy difícil de tratar. Tardó años en salir de ese error.

Cuando ella estaba en la preparatoria, le iba mal en matemáticas. La señora Ferrer se enteró quién sabía por dónde y le dijo a Esteban, sonriendo:

—Que Alejandro le dé unas clases a Vale. En la preparatoria, matemáticas era lo que mejor se le daba. ¡Sacó más de 140 puntos en el examen de ingreso!

Para entonces, la madre de Valentina ya había fallecido. Ella se había vuelto muy distinta de la niña que había sido. En cinco años, aquella pequeña despreocupada, que siempre andaba feliz, se había convertido en una adolescente callada y rebelde.

—No necesito que me enseñes —fue lo primero que le dijo a Alejandro cuando entró.

Él tenía veintiún años. Era alto y de cuerpo esbelto; a simple vista debía de medir más de un metro ochenta y cinco. Llevaba una camiseta blanca sencilla y unos jeans gris oscuro. El cabello, ligeramente partido y con el flequillo suelto sobre la frente, le daba un aire más juvenil.

—Pues yo sí quiero enseñarte —respondió con una sonrisa en la voz y cierto desenfado.

Valentina había pensado que sería severo y exigente. Pero no fue así. Después de revisar su examen de matemáticas, Alejandro solo frunció un poco el ceño y empezó a explicarle con paciencia. Repasó uno por uno los ejercicios que había resuelto mal, sin mostrar el menor fastidio.

Tenía una voz grave y agradable, con una ligera aspereza. Mientras lo escuchaba, a Valentina las matemáticas le fueron pareciendo menos odiosas. Algunos problemas tenían dos o tres formas de resolverse y él le explicaba cada una. Poco a poco, la resistencia y el desdén de sus ojos se convirtieron en admiración.

—¡Alejandro Ferrer, eres increíble! ¿Cómo te acuerdas tan bien después de tantos años de salir de la preparatoria?

—No me acuerdo de todo. Antes de venir repasé el libro.

Hizo una pausa y le dio un golpecito suave en la cabeza con el bolígrafo.

—Un poco de respeto. Trátame como a tu hermano mayor.

Durante el verano de su segundo año de preparatoria, Alejandro le dio clases durante dos meses. Él cursaba el tercer año en la Universidad de Santa Lucía. Casi no salió a divertirse en todas las vacaciones: si no estaba explicándole ejercicios, le revisaba los exámenes o le corregía la tarea.

Las vacaciones de ella eran cortas. Cuando Valentina volvió a clases, él todavía tenía días libres. Al regresar de la escuela, lo encontraba todos los días sentado en el sofá de su sala, esperando para seguir ayudándola.

Gracias a él, sus notas de matemáticas mejoraron a toda velocidad. Pasó de reprobar a sacar 130 puntos. En las demás materias siempre había tenido buenas calificaciones. Sin las matemáticas para bajarle el promedio, aprobó el examen de ingreso y entró en la Universidad de Santa Lucía, la misma universidad que Alejandro.

Por entonces, Valentina solo veía en él a un vecino que la trataba como un hermano mayor, uno especialmente bueno con ella. Lo respetaba y lo quería, pero no sentía nada romántico. Por eso, cuando su padre le dijo que debía casarse con Alejandro para unir a las dos familias, no pudo aceptarlo.

Para ella era su hermano mayor. ¿Cómo iba a casarse con él?

***

Estaba sumida en aquellos recuerdos cuando se abrió la puerta del dormitorio. Gabriel se quedó en el umbral y bajó la mirada hacia ella.

—¿Ya terminaste de guardar todo?

—Sí, casi.

Él se apoyó en el marco de la puerta.

—Valentina, ¿no tienes algo que decirme?

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ysabel cecilia contreras
Está buenísima está historia me preocupa que no esté terminada 🙏
ysabel cecilia contreras
Miércoles llegó con otra 👿🤣🤣🤣🤣🤣
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