Sinopsis: Un amor prohibido
Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.
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Capítulo 18: ¡Yo no me voy a poner ese traje!
POV: Joaquín Zapata
Parce, yo estaba feliz de estar en Miami con mi novia. ¡Qué chimba de viaje, ome! Desde que nos subimos al avión no había dejado de mirarla, y cada vez que Gabriela me sonreía, yo sentía que me había ganado la lotería.
Después de varias horas de vuelo, por fin aterrizamos. Recogimos nuestras maletas y salimos del aeropuerto. Miami era una belleza: edificios enormes, palmeras por todas partes y un calorcito que se sentía apenas uno ponía un pie afuera.
—Bueno, mi reina, ¿y ahora pa' dónde cogemos? —le pregunté, acomodándome el equipaje.
—Para el hotel, mi amor. Necesito descansar un ratico y después tenemos que prepararnos.
La miré extrañado.
—¿Tenemos? ¿Usted y yo?
—Pues claro, Joaquín. Esta noche tengo una reunión de trabajo.
—Ah, bueno. Usted va a trabajar y yo me quedo en el hotel viendo televisión, ¿cierto? —le dije, haciéndome el desentendido.
Gabriela soltó una carcajada.
—¡Ay, este muchacho! No, señor. Es una reunión tipo fiesta, con proveedores y empresarios. Quiero que me acompañés.
—Bueno, mi vida, yo la acompaño. ¿Cuál es el problema?
—Ninguno, amor. Solo que tenés que vestirte elegante.
Apenas escuché esa palabra, puse cara de tragedia.
—¿Elegante cómo?
—Con traje, Joaquín.
Me quedé mirándola como si acabara de anunciarme que nos tocaba devolvernos caminando a Pereira.
—¿¡Traje!? ¡No, ni por el berraco!
Gabriela empezó a reírse.
—¡Jajajaja! ¿Y ahora qué te pasó?
—¿Cómo que qué me pasó? ¡Yo odio vestirme de traje, mujer! Eso es incómodo, uno no puede ni moverse tranquilo. ¿Por qué no me dijo antes?
—Porque pensé que habías traído uno.
—¡Pues no traje nada! Yo empacaba pensando en pasear con usted, comer rico y conocer Miami, no en convertirme en un señor de oficina.
—Ay, Joaquín, no seas dramático.
—¡No estoy siendo dramático, mi reina! ¡Estoy defendiendo mis derechos!
Ella se agarró la barriga de la risa mientras yo cruzaba los brazos, haciendo un berrinche de campeonato.
Llegamos al hotel, hicimos el registro y subimos a nuestra habitación. Era una belleza: tenía una cama enorme, ventanales con vista a la ciudad y una sala pequeña donde uno podía sentarse a descansar.
Apenas entré, dejé la maleta junto a la cama y me tiré en el sofá.
—De aquí no me muevo —anuncié—. Si quieren que vaya a esa fiesta, me llevan cargado.
Gabriela dejó su bolso sobre una silla y se acercó a mí.
—¿Ya terminaste, mi niño?
—No soy su niño. Soy un hombre adulto que tiene derecho a ponerse la ropa que le dé la gana.
—Ah, bueno, señor adulto. Entonces, ¿qué pensás ponerte esta noche?
—Una camisa bonita, un pantalón y unos zapatos. ¿Qué más quieren de mí?
Ella sonrió de una manera sospechosa. Después abrió una de las maletas y sacó una funda negra que yo no había visto.
—Menos mal que tu novia piensa en todo.
Me incorporé de inmediato.
—¿Qué es eso?
—Tu traje.
Me quedé con la boca abierta.
—¡No puede ser! ¿Usted me empacó un traje a escondidas?
—No te lo empacé a escondidas, amor. Lo compré pensando en esta ocasión porque sabía que no ibas a traer uno.
Sacó un traje elegante de color azul oscuro, una camisa blanca y una corbata discreta.
Debo admitir que la ropa estaba una chimba, pero yo seguía indignado.
—No me voy a poner eso —declaré, volviendo a cruzarme de brazos.
Gabriela me miró, divertida.
—Joaquín Zapata, no me hagás perder la paciencia.
—¿Y qué va a hacer, pues? ¿Obligarme?
—No, mi amor. Pero te voy a recordar que viajaste conmigo porque quisiste acompañarme. Esta reunión es importante para mi empresa y me haría muy feliz que estuvieras a mi lado.
Eso sí me dejó callado.
La miré y noté que, aunque estaba sonriendo, hablaba en serio. Gabriela se había esforzado para organizar aquel viaje y yo no quería arruinarle una noche importante por una simple pataleta.
Suspiré con exageración.
—Bueno, pues. Me lo pongo, pero conste que estoy haciendo un sacrificio por amor.
Ella se acercó, me dio un beso en la mejilla y me acomodó el cabello.
—Ay, mi vida, sos un caso perdido. Vas a quedar precioso.
—¿Y si después de la fiesta me deja quitarme esta vaina inmediatamente?
—Te lo prometo.
—¿Y me invita a comer algo rico?
—También.
—¿Y me da besitos?
Gabriela soltó una carcajada.
—¡Juepucha, Joaquín! ¡Vos sí negociás todo!
—Es que uno tiene que aprovechar, muñeca.
Finalmente, agarré el traje y me fui al baño a cambiarme. Cuando salí, Gabriela estaba terminando de arreglarse frente al espejo.
Se volteó para mirarme y se quedó en silencio durante unos segundos.
—¿Qué? —pregunté, nervioso—. ¿Me quedó mal o qué?
Ella se acercó despacio y me acomodó el cuello de la camisa.
—No, amor. Te ves demasiado guapo.
Sonreí, sintiéndome orgulloso.
—¿Vio? Todo ese berrinche era porque necesitaba que me convenciera con cariño.
—¡Mentiroso! Casi me armás una protesta en el hotel.
Le tomé la mano y le di un beso.
—Pero igual me quiere, ¿cierto?
—Muchísimo, mi amor.
Y mientras nos preparábamos para salir, pensé que aquella noche sería especial. Lo que no imaginaba era que, entre tantos empresarios y conocidos de Gabriela, una persona inesperada estaba a punto de complicarnos la velada.