Un listón morado. Un brazalete rojo. Y una regla que ninguno debe romper.
En la prestigiosa Academia Élite Amagi, la guerra entre chicos y chicas no es un juego: se dividen en pabellones opuestos, compiten por cada rincón del campus y nadie se atreve a cruzar "La Línea Roja".
Al frente de esta rivalidad están Aoi Kisaragi, la implacable y elegante presidenta de las chicas, y Ren Kageyama, el imponente y serio líder de los chicos. Para todos en el colegio, son rivales acérrimos que no se pueden ni ver.
Pero detrás de su mirada fría y su postura inquebrantable, Ren guarda el secreto más peligroso de la academia: lleva más de un año perdidamente enamorado de Aoi.
¿Qué pasará cuando un encuentro fortuito a solas amenace con sacar a la luz su secreto? En un internado donde amar al enemigo es una traición, mantener las apariencias será su batalla más difícil.
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Pintura en el taller
El castigo impuesto por la directiva de la Academia Élite Amagi tras los desastres en los ensayos generales fue inapelable y cruel. Dado que los séquitos de ambos bandos habían convertido el auditorio en una zona de guerra y la escenografía clásica yacía parcialmente destruida, los dos presidentes estudiantiles fueron sentenciados a cumplir una labor comunitaria nocturna obligatoria.
El taller de arte del internado estaba sumido en un silencio sepulcral. Las grandes lámparas de escritorio proyectaban haces de luz amarilla sobre los caballetes, los botes de pintura acrílica y los enormes rollos de papel kraft que servían como telones de fondo. Fuera de las ventanas, la noche era fría y cerrada, con el viento meciendo las copas de los árboles en el patio.
En una esquina de la habitación, Aoi Kisaragi estaba de pie frente a un telón, sosteniendo un pincel fino con una concentración férrea. Su impecable uniforme verde lucía una pequeña mancha de tiza en la manga, y su cabello rubio estaba sujeto de manera improvisada con una pinza para que no le estorbara en la cara.
A unos cuantos metros de distancia, sentado en un taburete alto frente a otro panel, se encontraba Ren Kageyama. Tenía la chaqueta verde abierta, las mangas arremangadas hasta los codos y el brazalete rojo ligeramente torcido, mientras mezclaba pintura negra con un rodillo de espuma para sombrear las montañas del decorado digital-clásico.
Durante la primera hora completa, ninguno de los dos había pronunciado una sola palabra. La tensión en el aire era densa, casi palpable, cargada de miradas de reojo y del recuerdo latente del reciente y humillante incidente en el vestuario. Cada vez que el pincel de uno rozaba el papel, el sonido rasposo rompía el silencio de la habitación, avivando el orgullo herido de ambos.
—Si sigues pintando ese árbol con tanta rabia, Kageyama, vas a perforar el papel de lado a lado —rompió el hielo Aoi con voz cortante, sin levantar la vista de su trabajo.
Ren detuvo el rodillo en el aire por un segundo, soltó un suspiro pesado y giró la cabeza para mirarla con los ojos entornados.
—No es rabia, Kisaragi, es estilo expresionista —respondió Ren con su habitual tono burlón y profundo—. Algo que el rígido y aburrido Pabellón Blanco jamás entendería, acostumbrado a dibujar puros paisajes de libros de texto antiguos.
Aoi apretó los dientes, dejando el pincel con un golpe seco sobre la mesa de trabajo, y se giró por completo hacia él con los brazos cruzados.
—¿Paisajes aburridos? ¡Es arte clásico, el pilar fundamental de la cultura de esta academia! —espetó Aoi, con los ojos azul claro brillando de indignación—. Lo que pasa es que tu mente cuadrada solo puede procesar gráficos pixelados y batallas de botones sin sentido. ¿Por qué demonios aceptaste liderar tu pabellón si ni siquiera valoras el esfuerzo que hay detrás de una obra bien hecha?
Ren se bajó del taburete con calma, dejando el rodillo a un lado. Caminó un par de pasos hacia el centro del taller, cruzándose de brazos y adoptando una expresión un poco más seria, despojándose momentáneamente de su armadura de arrogancia habitual.
—No es que no lo valore, Kisaragi... —murmuró Ren bajando un poco el tono de voz, haciendo que el eco resonara suavemente en el taller vacío—. Sé perfectamente cuánto te esfuerzas. Veo tus desvelos, los reportes kilométricos que redactas y cómo te carcomen los nervios para que todo salga perfecto.
Aoi se quedó paralizada por un instante. Las palabras de Ren la tomaron completamente desprevenida, disipando la hostilidad de sus argumentos y haciendo que su corazón diera un vuelco extraño en el pecho.
—T-Tú... ¿qué sabes tú de mis desvelos? —balbuceó Aoi, sintiendo que un calor repentino le subía por el cuello, intentando mantener su fachada de dureza.
—Sé que te tomas todo esto demasiado en serio porque te importa de verdad —continuó Ren, dando un paso más hacia ella, con una sinceridad inusual en su mirada marrón—. Al igual que yo me tomo en serio a los chicos. Muchos de ellos no tienen un lugar donde destacar, y los videojuegos o el club les han dado una identidad. Cuando creé el concepto de fusionar esto, no quería burlarme de tu arte... quería demostrar que dos mundos tan diferentes podían chocar sin destruirse.
El taller quedó en un silencio absoluto. Ya no había sarcasmo ni burlas en el aire. La distancia entre ambos se había reducido a apenas un par de metros, y la luz cálida de la lámpara iluminaba la intensidad de sus expresiones.
Aoi lo miró fijamente, sintiendo que las palabras se le atoraban en la garganta. Por primera vez desde que se conocían, no veía al "enemigo insoportable y payaso" que la sacaba de quicio todos los días, sino a un chico con metas, inseguridades y una pasión tan genuina como la suya.
—Kageyama... —susurró Aoi en un tono casi inaudible, con las mejillas ligeramente sonrojadas.
—¿Sí, Kisaragi? —respondió Ren con voz suave, conteniendo la respiración al tenerla tan cerca.
—Eres... un imbécil muy complejo —murmuró Aoi bajando la mirada con una pequeña y casi imperceptible sonrisa de resignación.
Ren soltó una risa corta y cálida, sintiendo que toda la tensión acumulada de semanas se evaporaba de golpe.
—Ese es el mejor cumplido que me has dado en todo el año, Presidenta.
Sin embargo, el hechizo del momento romántico y sincero estaba destinado a durar muy poco tiempo.
En un intento torpe por retomar la distancia y volver al trabajo antes de que las cosas se pusieran demasiado raras, Aoi dio un paso hacia atrás de forma apresurada para alcanzar un bote de pintura acrílica azul brillante que reposaba en la orilla de la mesa auxiliar.
Al mismo tiempo, Ren estiró la mano para ayudarla a sostener el recipiente.
¡Zas!
Los dedos de ambos chocaron de lleno sobre la tapa del bote. El contacto repentino hizo que los dos se sobresaltaran al unísono, retirando las manos como si hubieran tocado metal hirviendo.
—¡Cuidado! —exclamó Ren.
Pero ya era demasiado tarde. Con el movimiento brusco y la falta de coordinación, el codo de Aoi golpeó el borde del recipiente de plástico abierto.
¡PLASH!
Un chorro entero de pintura acrílica de color azul brillante salió disparado por los aires con una precisión milimétrica, cayendo de lleno directamente sobre el rostro y la ropa de Ren, mientras otra salpicadura viajaba en rebote para estamparse sin piedad en la frente y la mejilla de Aoi.
El taller entero volvió a quedar en silencio, pero esta vez acompañado por el goteo constante de la pintura fresca deslizándose por las narices de ambos.
Ren se quedó completamente petrificado. Tenía todo el cabello castaño empapado de azul, un chorro escurriéndole por el puente de la nariz y los ojos abiertos como platos, luciendo como una criatura sacada del fondo del océano.
Por su parte, Aoi tenía una mancha redonda perfecta de pintura azul brillante justo en el centro de la frente, haciendo juego con su cabello rubio desordenado.
Pasaron tres segundos enteros de procesamiento mental absoluto.
Aoi bajó lentamente la mirada hacia el desastre, luego miró el estado deplorable en el que había quedado el rostro de Ren, y finalmente... no pudo contenerse más.
—Pff... ¡JAJAJAJAJAJA! —estalló Aoi en una carcajada sonora, tapándose la boca con las manos mientras su cuerpo temblaba de la risa.
Ren parpadeó un par de veces, sintiendo la textura fría de la pintura en su cara, y al ver la cara manchada de Aoi, una sonrisa tonta se dibujó en sus labios antes de soltar una fuerte carcajada que retumbó en todo el taller.
—¿De qué te ríes, pitufina? ¡Mírate la frente! ¡Pareces un alienígena con arte moderno incorporado! —bromeó Ren, señalándola con un dedo mientras se limpiaba la barbilla con la manga, embarrándose aún más de azul.
—¡Tú estás peor, Kageyama! ¡Pareces sacado de una película de monstruos marinos! —replicó Aoi entre lágrimas de risa, limpiándose la mejilla con un trapo viejo, mientras la tensión y la enemistad quedaban enterradas bajo capas de pintura escolar al menos en ese momento.