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Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:8.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: Falso coqueteo

El Palazzo Serbelloni, iluminado por cientos de candelabros de cristal de Murano y custodiado por tres círculos concéntricos de hombres armados con fusiles automáticos bajo abrigos de gala, era el epicentro de la diplomacia mafiosa europea.

Aquella noche se celebraba el banquete anual de la Alianza del Norte: una cumbre donde los patriarcas de Suiza, el sur de Francia y el norte de Italia renovaban pactos de no agresión, repartían cuotas de contrabando portuario y exhibían a sus herederos como sementales y yeguas de cría para futuras uniones dinásticas.

En el salón de baile, bajo frescos barrocos que representaban el triunfo de los césares, el rumor de las conversaciones en francés, alemán e italiano se mezclaba con el chocar de copas de cristal de Baccarat y el cuarteto de cuerdas que tocaba a Vivaldi en el estrado.

Martina caminaba por el perímetro de mármol con una copa de agua mineral entre los dedos, ignorando deliberadamente los brindis de champán.

Llevaba un vestido largo de seda pesada en color zafiro oscuro, de cuello halter y espalda descubierta. La tela caía con una fluidez líquida que abrazaba sus caderas y se abría en una discreta abertura lateral sobre la pierna izquierda, diseñada no para la provocación estética, sino para permitir una zancada amplia o una patada giratoria sin romper la costura. En el peinado alto y pulido que dejaba su nuca al descubierto, dos horquillas de titanio negro servían tanto para sujetar el cabello como para perforar una tráquea en caso de emergencia extrema.

A diez metros de distancia, semioculto tras la penumbra de una columna jónica, Dereck no le quitaba los ojos de encima.

Vestía un esmoquin negro a medida que disimulaba la funda táctica bajo la axila izquierda, la pajarita perfectamente anudada y un auricular de comunicación invisible en el canal auditivo. Su porte imponente y sus ojos grises de hielo mantenían a raya a los escoltas de los otros clanes, pero su atención estaba concentrada en cada respiración de la mujer del vestido azul.

Mira cómo se pasea, pensó Dereck, apretando la mandíbula con una mezcla de desprecio y una punzada ardiente que le tensaba los músculos del pecho. Sabe perfectamente lo que provoca. Todo ese discurso de estratega implacable en la oficina para terminar usando la misma táctica barata de siempre: un vestido que parece pintado sobre la piel y sonrisas calculadas para tener a los cachorros de la mafia babeando a sus pies.

Para Dereck, la compostura de Martina en el salón no era más que vanidad cortesana. Estaba convencido de que, tras seis años en Boston fingiendo ser una académica intocable, Martina disfrutaba ahora de ser el centro de las miradas masculinas. Su mente cínica seguía buscando confirmar la hipótesis original: que la heredera Moretti no era más que una libertina que jugaba con fuego entre hombres peligrosos sin medir las consecuencias.

Desde el centro del salón, Giancarlo Rinaldi se desprendió de su círculo de aduladores.

Giancarlo, de veintiséis años, era el primogénito de la familia que controlaba los astilleros clandestinos de Savona. Alto, de facciones afiladas y una sonrisa que rezumaba la arrogancia de quien jamás había recibido una negativa, llevaba tres copas de coñac encima y la mirada clavada en la espalda desnuda de Martina desde que ella había cruzado el pórtico.

—La joya perdida de los Moretti —dijo Giancarlo, cortándole el paso con una reverencia teatral que destilaba condescendencia—. Toda Milán habla de tu regreso, Martina. Dicen que en América te volviste una fiera con los balances contables, pero no mencionaron que volviste convertida en un pecado.

Martina se detuvo. Giró el torso despacio, sosteniéndole la mirada con unos ojos castaños tan gélidos que habrían hecho retroceder a un hombre sobrio.

—Rinaldi. Esperaba que tu padre te hubiera enseñado modales antes de traerte a un banquete de la Alianza.

Giancarlo soltó una risa seca, acortando la distancia con un descaro que desafiaba cualquier norma de etiqueta.

—Los modales son para los débiles, bellissima. Tu padre y el mío están en la biblioteca cerrando la concesión de los muelles de Liguria. Y según escuché... Don Lorenzo está buscando un hombre con suficiente carácter para domar a su pequeña fiera antes de que arruine a la familia con auditorías ridículas.

A diez metros de distancia, en la sombra de la columna, los ojos de Dereck se redujeron a dos rendijas de acero.

Vio a Giancarlo dar un paso más; vio cómo el hombre invadía el espacio de Martina, inclinándose hacia su rostro con una familiaridad que no le correspondía. Un instinto salvaje, posesivo y brutal rugió en la base del cráneo de Dereck.

Apártate de ella, imbécil, ordenó en su mente, mientras su mano derecha se deslizaba hacia la abertura de su americana, rozando la empuñadura de su arma. Se olvidó por completo de su papel de simple guardia contratado. Olvidó que estaba allí para observar y evaluar. Lo único que registraba su cerebro era la necesidad visceral de cruzar el salón, agarrar a Rinaldi por la solapa y estamparle la cabeza contra el mármol hasta que pidiera clemencia.

Dereck dio el primer paso al frente, emergiendo de la sombra con el cuerpo en tensión de combate.

Pero antes de que pudiera avanzar dos metros, la escena cambió.

Giancarlo levantó la mano izquierda con una confianza repugnante, buscando acariciar la curva descubierta de la cintura de Martina.

—Vamos a la terraza, Martina. Dejemos que los viejos hablen de barcos mientras nosotros cerramos un acuerdo más... íntimo.

En el instante exacto en que los dedos del hombre rozaron la seda de su vestido, Martina actuó.

No hubo gritos, ni escándalo, ni ademán de huida.

Con un movimiento tan fluido y veloz que pareció una simple caricia entre dos amantes que bromean en un salón de baile, la mano enguantada de Martina se deslizó bajo la manga de Giancarlo. Sus dedos de acero encontraron la tabaquera anatómica de la muñeca del hombre, presionando el nervio radial contra el hueso mientras con la otra mano giraba la copa de cristal, atrapando la articulación de Giancarlo en una palanca oculta contra la balaustrada de mármol.

La sonrisa de Rinaldi se congeló de golpe.

El color abandonó su rostro en una milésima de segundo, sustituido por una palidez cadavérica. Sus rodillas flaquearon, pero la presión milimétrica que Martina ejercía sobre su muñeca le impedía caer; si se movía un centímetro hacia abajo, el radio se partiría como una rama seca.

Martina dio medio paso al frente, acercando sus labios a la oreja del hombre, simulando un susurro cómplice para los invitados que bailaban a escasos metros.

—Escúchame con mucha atención, Giancarlo —su voz fue un hilo de seda envenenada, tan bajo y sereno que rozaba lo aterrador—. Si esa mano vuelve a moverse hacia mi cuerpo, te voy a fracturar el carpo en tres partes antes de que puedas pestañear. Y cuando tu padre te pregunte por qué no puedes sostener un arma, le voy a entregar las grabaciones de los desvíos de combustible que tu consorcio le roba a la Alianza en Savona. ¿Entendiste, o necesitas que te lo traduzca a golpes?

Giancarlo soltó un quejido ahogado entre los dientes apretados, con la frente perlada de sudor frío.

—S-suelta... maldita sea...

Martina ejerció un milímetro más de torsión. El chasquido del cartílago crujió en el silencio íntimo entre los dos.

—¿Entendiste, Rinaldi?

—Sí... carajo, sí...

Martina liberó el agarre con la misma naturalidad con la que se ajusta un guante. Tomó un sorbo de su copa de agua mineral y miró al hombre con un desprecio soberbio mientras Giancarlo retrocedía tambaleándose, acunándose la muñeca rota contra el vientre, tratando desesperadamente de mantener una fachada de compostura ante las miradas de los presentes.

El heredero de Savona no dijo una sola palabra más: dio media vuelta y desapareció entre la multitud hacia los baños con el rostro desfigurado por el dolor y la humillación.

Martina se giró despacio hacia el perímetro del salón.

Sus ojos castaños barrieron la sala hasta clavarse con precisión quirúrgica en Dereck, quien se había detenido a mitad de camino, todavía con la mano en la solapa de la americana y una expresión de estupefacción apenas contenida en el semblante.

Ella sostuvo su mirada a través de la multitud dorada. Una sonrisa diminuta, afilada e insolente curvó sus labios carmesí. Levantó apenas la copa en su dirección, en un brindis mudo que decía con absoluta claridad: No necesito que me salves, imbécil.

Veinte minutos después, Martina se deslizó hacia la galería acristalada que daba a los jardines interiores del palacio, buscando respirar el aire gélido de la noche.

El eco de unos pasos pesados y decididos sobre la piedra anunció la llegada de su sombra antes de que la puerta de cristal se abriera.

Dereck entró en la galería, cerrando la puerta tras de sí para cortar el murmullo de la orquesta. Sus ojos grises ardían con una furia oscura que no lograba enmascarar tras su máscara profesional.

—Fue una imprudencia estúpida, signorina Moretti —dijo él, avanzando hacia ella como una tormenta contenida—. Humillar al heredero de los Rinaldi en medio de una cumbre de la Alianza es una provocación que puede quebrar los acuerdos de los puertos.

Martina se apoyó de espaldas contra la barandilla de piedra, cruzándose de brazos sin inmutarse por la proximidad amenazante del gigante. La tela de su vestido azul se tensó sobre sus curvas.

—Lo que hice fue recordarle a un perro faldero cuál es su lugar, Dereck. Y lo hice sin que nadie en ese salón se diera cuenta.

Dereck se detuvo a medio metro de ella. El calor que emanaba de ambos chocaba en el aire frío de la galería.

—Casi hace que le rompa el cuello frente a doscientos testigos —soltó él con una aspereza brutal, traicionado por la furia que todavía le hervía en la sangre.

Martina arqueó una ceja, mirándolo de arriba abajo con una burla deliciosa.

—¿Ibas a romperle el cuello, Dereck? ¿Por qué? ¿Porque un hombre intentó tocar a la clienta que supuestamente solo te interesa por el sueldo?

Dereck apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro parecieron endurecerse como granito. Por un segundo, el peso de su verdadera identidad casi se le escapó de la garganta; la necesidad de recordarle que ella estaba prometida a él desde la cuna y que ningún otro hombre en este continente tenía derecho a rozarle la piel estuvo a punto de quebrar su farsa.

Se obligó a respirar hondo, blindando su mente con el cinismo habitual.

—No me pagan para limpiar cadáveres de herederos en palacios protegidos, signorina —susurró él, bajando el tono hasta convertirlo en una amenaza cavernosa que rozó la piel descubierta del cuello de ella—. Pero le advierto algo: no juegue con fuego. Provocar a hombres como Rinaldi con vestidos que enseñan más de lo que cubren para luego dárselas de intocable es un juego de niñas caprichosas. Tarde o temprano va a encontrar a alguien que no se doblegue ante una llave de muñeca.

Martina dio un paso al frente, plantándose a escasos centímetros de su pecho ancho. El aroma a cedro, pólvora y cuero que envolvía a Dereck la mareó por una fracción de segundo, pero sus ojos no titubearon.

—Este vestido me lo pongo porque se me da la gana, guardaespaldas —escupió ella con voz baja y letal—. Y ningún hombre me toca a menos que yo decida abrirle la puerta. Ni Rinaldi... ni tú.

Dereck bajó la mirada hacia los labios carmesí de ella, sintiendo el pulso golpeándole con violencia en las sienes. El odio, la desconfianza y un deseo abrasador colisionaban en el espacio que los separaba, tan tenso que una sola chispa bastaría para desatar un incendio.

—Asegúrese de mantener esa puerta con llave, signorina Moretti —susurró él, con una lentitud que le heló la sangre a Martina—. Porque hay hombres a los que no les importan las cerraduras.

Dio media vuelta y salió de la galería hacia la penumbra del palacio, dejándola sola bajo las estrellas frías de Milán.

Martina apretó los dedos contra la piedra helada de la barandilla, sintiendo el latido desbocado de su propio corazón contra las costillas, preguntándose por primera vez quién demonios era en realidad el hombre que su padre le había puesto en la espalda.

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Leticia Contreras
una alianza letal el tio salio sin nada
Leticia Contreras
y no hubo luna de miel que pareja tan seca
Leticia Contreras
ya se van a casar 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
al fin se entendieron este par de tortolitos 🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
es historia que biene de la imaginacion de la autora
Leticia Contreras
se le va a armar la bronca con Martina
Leticia Contreras
Martina no quiere dar su brazo a torcer pero no es solo ella tambien esta el bebe
Leticia Contreras
ya Martina no tiene escapatoria el ya descubrio que esta en la dulce espera de un bebe
Leticia Contreras
Dereck tiene muy buena intuicion nada se le pasa por alto haci es que Martina tiene que decirle que esta embarasada
Leticia Contreras
que creia Martina que acostarce con Dereck no tendria consecuencias ahora esta embarasada y creo que no piensa decirle nada a Dereck
Leticia Contreras
ya cae mal Dereck rogandole a Martina que la deje tal ves haci entienda ella
Leticia Contreras
ya la hubiera dejado sola Dereck Martina es una soberbia
Leticia Contreras
Martina despues de todo lo que Dereck a hecho lo desprecio
Leticia Contreras
ya cae mal Martina con su actitud
Leticia Contreras
Dereck aun no se decide a hablar de su pocision
Leticia Contreras
ya Dereck confieza quien eres en realidad
Leticia Contreras
Dereck deve de decirle la verdad a Martina antes de que lo sepa por otro lado
Leticia Contreras
creo que tiene miedo de decirle la verdad a Martina
Leticia Contreras
bueno ya se entregaron los dos ahora aver que pasa cuando ella sepa la verdad de quien es
Leticia Contreras
ya que Dereck le diga quien es
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