Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?
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Capítulo 4
Capítulo 4. El patito feo era una diosa
Era Valeria.
Después de arrasar con las tiendas, Dani la había llevado directamente a Club 1996 para celebrar su soltería. Valeria no esperaba encontrarse allí con Alejandro y sus amigos, pero había oído perfectamente sus burlas.
Conocía a Nicolás y a los demás del reservado. Todos pertenecían al círculo de Alejandro; Nicolás era, además, uno de sus mejores amigos. Cuando Alejandro y Camila habían vivido aquel romance tan comentado, todos la adoraban. Nicolás incluso la trataba como si ya fuera la esposa de su amigo.
Valeria llevaba más de tres años sin conseguir que la aceptaran. Para ellos era la que se había ofrecido a reemplazar a Camila en la boda, el patito feo, la campesina sin modales…
Si un hombre no te quería, sus amigos tampoco te respetaban.
Dani estaba furiosa. Se arremangó, dispuesta a enfrentarlos.
—¡Voy a partirles la boca!
Valeria la sujetó antes de que avanzara.
—Déjalos, Dani. Ya vamos a divorciarnos. No vale la pena enojarse por ellos.
Su serenidad hizo que Dani contuviera la rabia a duras penas. Entonces advirtió que cada vez más gente miraba a Valeria y la llamaba diosa, y recuperó el buen humor.
—Vamos, Val. Tenemos una fiesta de soltera que celebrar.
La llevó a otro reservado de lujo e hizo un amplio gesto con la mano.
—¡Que vengan todos los modelos del club!
En el reservado de enfrente, los jóvenes seguían riéndose de Valeria cuando sintieron una mirada cortante sobre ellos. Al alzar la vista encontraron a Alejandro, que los observaba desde su asiento.
Frío, molesto, amenazante.
Las sonrisas se les congelaron. Se callaron de inmediato. Nicolás miró a su amigo. Aunque Alejandro nunca hubiera prestado verdadera atención a Valeria, ella lo había cuidado con dedicación durante tres años. Aún le guardaba algo de consideración.
El revuelo alrededor iba en aumento.
—¡Qué diosa!
¿Una diosa? ¿Dónde? Nicolás siguió las miradas y se quedó atónito.
—Mierda… Sí que lo es.
Los otros jóvenes también se quedaron embobados.
—¿Desde cuándo hay una mujer así en Puerto Azul? ¿Por qué nunca la habíamos visto?
Nicolás tiró del brazo de Alejandro.
—Mírala. Ahí está.
A Alejandro nunca le habían faltado mujeres. Había conocido bellezas de todo tipo y no tenía interés en mirar, pero el reservado de Valeria estaba justo enfrente. Levantó la cabeza y la vio.
Sin los anteojos negros había desaparecido su aspecto apagado y anticuado. Su pequeño rostro era blanco y delicado, de facciones bien definidas y una belleza serena, distante. El cabello largo y negro le caía suavemente sobre los hombros. Parecía una auténtica diosa.
Alejandro la miró y se detuvo dos segundos.
—¿Qué te parece? —preguntó Nicolás, entusiasmado.
—Seguro que a él no le impresiona —intervino otro—. Le gustan las mujeres dulces y delicadas como Camila, no esas bellezas tan distantes.
—¡Mírenle las piernas! No tienen nada que envidiarles a las de Camila.
Valeria llevaba una falda corta de inspiración Chanel. Por primera vez había abandonado su ropa conservadora y mostraba las piernas: bien proporcionadas, con la delgadez y las curvas justas. Unas piernas capaces de despertar la imaginación de cualquier hombre.
No eran inferiores a las de Camila.
Tras aquellos dos segundos, Alejandro tuvo la extraña sensación de haber visto antes a esa mujer. Le resultaba familiar.
En ese momento entró un grupo de modelos. Eran de piel clara, atractivos y de piernas largas. Se formaron frente a Valeria.
—A ver, Val. Elige ocho —la animó Dani.
Para celebrar que salía de aquel matrimonio desdichado, Valeria decidió darse un gusto.
—Tú, tú, tú… Ustedes se quedan.
Nicolás los fue contando.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. ¡Contrató a ocho de una sola vez!
—¿Para qué gasta? —bromeó uno de los jóvenes—. Si nos lo pide, nosotros vamos gratis.
Todos se rieron. Entonces volvió a sonar el teléfono de Alejandro: otra notificación de compra. Lo tomó. ¿Qué habría comprado Valeria ahora?
«Estimado cliente VVIP: se registró un consumo total de 500 000 dólares por ocho modelos en Club 1996 con su tarjeta terminada en 0975».
La expresión de Alejandro se endureció. Leyó dos veces las palabras «ocho modelos» y levantó la vista hacia la diosa del reservado de enfrente.
La mujer que acababa de contratar a ocho hombres era Valeria.
Los modelos la rodearon y comenzaron a llenarle la copa.
—Hermosa, juguemos a piedra, papel o tijera. Quien pierda, bebe.
—¡Sí, vamos! —aceptó Dani, encantada.
Valeria perdió la primera ronda. Uno de los modelos le acercó la copa a la boca.
—Te toca beber.
Ella se tomó la copa, y los demás protestaron.
—¿Por qué aceptas de él y de nosotros no? ¡También queremos darte de beber!
Con aquella dulce carga, Valeria no daba abasto para atenderlos a todos. De verdad que no daba abasto.
Al otro lado, Alejandro entrecerró los ojos. Sus facciones se tensaron en una expresión sombría y se puso de pie.
—¿Alejandro? ¿Adónde vas? —preguntó Nicolás, desconcertado.
Valeria estaba bebiendo cuando una mano de dedos largos le atrapó la muñeca y la levantó del sofá como si no pesara nada. Alzó la vista, sorprendida, y se encontró con el rostro de Alejandro muy cerca del suyo.
Enseguida empezó a forcejear para soltarse.
—¡Alejandro, suéltame!
Él se la llevó a rastras con el rostro helado. Dani se levantó de inmediato.
—¿Qué haces, Alejandro? ¡Suelta a Val!
Nicolás y los demás, que lo habían seguido, se quedaron boquiabiertos.
—¿Val?
—¿Esa diosa es Valeria?
—¿Es el mismo patito feo que conocemos?
—¡Pero qué hermosa es!
Nicolás quedó inmóvil viendo cómo Alejandro se llevaba aquella figura de belleza serena.
—Mierda… Dejó de vivir pendiente de él y se convirtió en una diosa.
La mano de Alejandro era grande y fuerte. Le sujetaba la muñeca con una presión de hierro, tan autoritaria como él mismo, y por mucho que Valeria forcejeara no conseguía soltarse. Él daba zancadas tan largas que ella tropezaba al intentar seguirlo.
—¡Alejandro, suéltame!
Él la soltó de un tirón que la hizo golpear de espaldas contra la pared fría. Enseguida se le echó encima, bloqueándole la salida con su cuerpo alto y firme. En sus ojos ardía una amenaza.
—Valeria, ¿crees que estoy muerto para comportarte así?