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Ahora que me voy, ¿sí me amas?

Ahora que me voy, ¿sí me amas?

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Malentendidos / Dejar escapar al amor
Popularitas:181
Nilai: 5
nombre de autor: Alma Varela

Durante seis años, Lucía Morales fue la esposa que Alejandro Valdés mantuvo en secreto. Ante el mundo, él seguía soltero. Con su primer amor, Valeria, era atento y cariñoso. Hasta dejaba que el hijo de ella lo llamara «papá».
Para Lucía, en cambio, solo había desprecio.
Ni siquiera después de una cirugía agotadora, en la que logró salvar una vida, recibió una palabra de preocupación de su marido. Alejandro solo quería exigirle explicaciones por haber tratado mal a Valeria.
Lucía ya había solicitado su traslado a otro hospital. Ahora también estaba lista para quitarse el anillo.
—Quiero el divorcio. Te dejo libre.
Por primera vez, no le pedía que la amara. Le pedía que la dejara ir.
Pero Alejandro se negó.
Creía que ella nunca sería capaz de abandonarlo. Cuando comprende que esta vez va en serio, empieza a perder el control.
Él quiere recuperar a su esposa.
Lucía quiere recuperar los años que perdió esperando que la eligiera.

NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 16. Le preparó el desayuno

Rosa sonrió y empezó a elogiarlo.

—Es el señor quien está preparando el desayuno. No imaginaba que cocinara tan bien. ¡Qué suerte tiene usted, señora!

Lucía contempló la espalda de Alejandro, invadida por sentimientos encontrados. Fue Camila Valdés, la prima menor de Alejandro, quien le contó que él sabía cocinar. Como el resto de la familia, Camila no sentía demasiado cariño por ella y conocía la antigua relación entre Alejandro y Valeria.

Cuando Lucía se casó, Camila la comparó deliberadamente con Valeria y presumió de cuánto la había amado su primo.

Alejandro había aprendido a cocinar por Valeria.

Jamás había cocinado para Lucía, pero por su primer amor sí había estado dispuesto a aprender. Y ahora, de pronto, le preparaba el desayuno. A Lucía le dejó un sabor amargo. Durante todos aquellos años la había tratado con frialdad, como si no existiera. ¿A qué venía aquel cambio? ¿Quería dejarle una buena impresión como marido, o algo que añorar?

—¿Ya te levantaste?

Alejandro llevó a la mesa dos platos de panqueques. Colocó uno frente a ella antes de apartar su silla y sentarse.

—Preparé algo sencillo. Son dulces, deberían gustarte.

Rosa le retiró la silla a Lucía. Ella se sentó y miró la comida.

En realidad, no le gustaban los sabores dulces. Él simplemente nunca se había interesado por saberlo. Daba igual. Tarde o temprano se divorciarían.

—Gracias —respondió con mucha cortesía.

Alejandro entrecerró los ojos y la observó. A un lado, Rosa sonrió.

—El señor sí que la quiere, señora.

A Lucía se le tensó el gesto. ¿Que la quería? Sí, una maravilla de cariño.

Alejandro desayunó con sus cubiertos y sus modales impecables, sin olvidar añadir:

—Mi esposa se esfuerza mucho. Lo menos que puedo hacer es ser considerado con ella.

Lucía no dijo nada. Rosa miró a Alejandro como si tuviera delante a un hombre excepcional. ¡Uno de esos que no se encontraban por ninguna parte!

Cuando la empleada se retiró a ordenar, quedaron solos a la mesa. Lucía no se tomó en serio lo que él acababa de decir. Delante de Rosa siempre era atento y nunca la trataba con frialdad. Pero ella sabía por qué: fuera de los Valdés, aquella empleada era la única persona que sabía que estaban casados.

Además, Alejandro jamás permitiría que un extraño pudiera reprocharle nada sobre su conducta matrimonial. Mantener el matrimonio en secreto le convenía sobre todo a él. Si algún día se casaba con Valeria y reconocía a Nico, podría hacerlo de manera legítima, sin que nadie considerara a Valeria una intrusa en un matrimonio ajeno…

A Lucía volvió a cerrársele la garganta de amargura.

Después de un largo silencio, Alejandro se limpió la boca con una servilleta y dijo con indiferencia:

—La próxima semana hay un congreso de investigación clínica en cirugía robótica. Lleva a Valeria contigo.

Lucía se quedó inmóvil. Lo miró sin poder creerlo.

—¿Que yo la lleve?

Aquel era uno de los congresos más importantes del país en el ámbito médico; asistían las jefaturas de los distintos servicios. Valeria figuraba como jefa, pero solo lo era de nombre: había conseguido el puesto en el Hospital Central gracias a Alejandro.

Él sabía muy bien de qué clase de encuentro se trataba y aun así quería que Lucía la llevara. ¿Tanto deseaba impulsar su carrera?

Alejandro levantó los ojos y la miró fijamente.

—¿Qué pasa? ¿No quieres?

—Podrías pedirle a otra persona que la acompañe.

No se negó de forma explícita, pero dejó claro que no quería. La mirada de él se ensombreció de inmediato.

—Sé que tienes algo contra ella, pero esta vez no te corresponde decidir.

Lucía respiró hondo y terminó haciéndole la pregunta.

—Alejandro, quieres ayudarla a ascender, ¿verdad?

Él guardó silencio un instante. No lo negó.

—Sí. ¿Y qué?

Sí, ¿y qué? ¿Qué podía hacer ella?

Al ver el rostro pálido de Lucía, Alejandro apretó los labios y suavizó un poco el tono.

—Tranquila. Ella no va a quitarte tu lugar.

También se refería a su lugar como señora Valdés, pero no consideró necesario decirlo.

¿Su lugar? Lucía supuso que hablaba de su puesto como cirujana principal. Sonrió de pronto y dejó los cubiertos.

—No te preocupes. No voy a estorbarle mucho tiempo.

Pronto la trasladarían. Si ya no quería ni siquiera ser la señora Valdés, ¿qué podía importarle cualquier otro lugar?

Se levantó y volvió al dormitorio. Alejandro la siguió con la mirada mientras golpeaba la mesa con los dedos de forma intermitente, sombrío.

Notaba que ella había cambiado. Era demasiado deliberado, demasiado evidente. Sin embargo, al recordar que aún lo necesitaba, rechazó por completo una idea que acababa de asomarle a la mente.

No había motivo para seguir pensándolo.

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