En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
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No me pida que me aleje
Los días que siguieron a aquella audiencia fueron los más difíciles de todos. La orden del Emperador era clara: Roberto debía mantener distancia de la familia Mancilla hasta que los rumores se disiparan. Para la corte, eso significaba que él se había alejado voluntariamente; para ellos dos, era una jaula invisible construida con miedo y maledicencia. Roberto dejó de aparecer en los lugares donde solían coincidir; las notas dejaron de llegar; cada encuentro fortuito se convertía en una evasión silenciosa que dolía más que cualquier palabra de despedida. Mariana comprendía la prudencia, pero cada vez que lo veía cruzar un pasillo sin mirarla, sentía que perdía algo dentro de sí misma.
Una tarde de lluvia gris, caminaba sola por los claustros de la antigua biblioteca real, buscando refugio en el silencio. No esperaba encontrarlo allí. Estaba de pie junto a un ventanal que daba a un patio interior donde la lluvia golpeaba las piedras con monotonía. Tenía las manos entrelazadas tras la espalda y la mirada perdida en la cortina de agua. Al oír sus pasos, se giró bruscamente, como si hubiera estado esperando que ella apareciera. No había nadie más. Solo ellos, el sonido de la lluvia y la urgencia contenida en el aire entre los dos.
—No debería estar aquí —dijo ella, aunque no se alejó—. Si alguien nos ve…
—No me importa —respondió él, dando un paso hacia ella, con voz tensa y oscura como el cielo de afuera—. Que nos vean. Que digan lo que quieran. Ya no me importa. Me han pedido que elija entre mi honor y mi corazón, y es una elección injusta porque usted es parte de mi honor ahora. Si me alejo de usted, no soy más recto; simplemente soy un cobarde que abandona a quien necesita protección porque los demás no saben callarse. No lo hago. No puedo hacerlo. Y cuanto más intento alejarme, más fuerte es la necesidad de estar cerca de usted. Es como… como si usted fuera el centro de todo lo que hago ahora. Cuando camino, busco su rostro. Cuando leo, imagino su voz explicándomelo con esa claridad que solo usted tiene. Cuando hablo con alguien, me pregunto qué pensaría usted de esa persona, si sería honesta con ella como siempre lo es con todos. Es una locura, lo sé, es desproporcionado, es casi… obsesivo. Pero no puedo arrancarme lo que siento sin arrancarme también lo mejor de mí mismo.
Mariana sintió que las lágrimas le subían a los ojos, pero no por tristeza, sino por la intensidad de sus palabras, por la desesperación sincera en su mirada.
—Me aterra escucharle así, Roberto. No quiero ser su debilidad. No quiero que pierda todo por mí. No valgo tanto como todo lo que usted es.
—¿Que no vale tanto? —repitió él, casi con indignación suave, acercándose aún más hasta que ella podía sentir el calor de su presencia—. Usted no tiene idea de lo que significa para mí, verdad? Crecí rodeado de gente que solo ve en mí un título o una influencia. Nadie me ha visto nunca como usted me vio desde el principio: como un hombre cansado que necesita que alguien le diga que descanse. Nadie me ha escuchado de verdad. Nadie me ha tratado como un igual sin pedir nada a cambio. Y ahora que lo he encontrado, ¿debo soltarlo porque a otros les incomoda? No, Mariana. No me pida eso. No me pida que me aleje cuando cada paso que doy me lleva de vuelta a usted. Es más fuerte que yo mismo. Es más fuerte que el deber, que el miedo, que cualquier consejo sensato que alguien pueda darme.
Le tomó las manos entre las suyas, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas, y sus ojos la atrajeron con una intensidad que la hizo perder el aliento.
—Puedo ser prudente. Puedo tener cuidado. Puedo protegerla desde las sombras si es necesario. Pero no puedo dejar de preocuparme por usted, de pensar en usted, de desear verla aunque sea un instante cada día. Eso está fuera de mi control ahora. Usted se ha convertido en mi brújula. Y si me alejo de usted, me pierdo. ¿Comprende ahora por qué no puedo simplemente irme? No es capricho. Es que sin usted, ya no sé hacia dónde caminar.
Mariana cerró los ojos, sintiendo la verdad de sus palabras como algo tangible entre ellos. No era simple afecto ni gratitud. Era una necesidad profunda, casi desesperada, de tenerla cerca, de cuidarla, de asegurarse de que estuviera bien cada hora del día. Y aunque parte de ella temía esa intensidad tan absoluta, otra parte de su alma, que había estado sola durante tanto tiempo, anhelaba esa certeza de ser importante para alguien.
—Roberto… —susurró, abriendo los ojos y encontrándose con los suyos a tan corta distancia que podía ver cómo sus pupilas se dilataban con emoción contenida—. No le pido que desaparezca de mi vida. Solo le pido que tengamos cuidado. Que no nos destruyan antes de que hayamos empezado. Porque yo también… yo también le he extrañado cada día que no le he visto. Y no sé cómo hemos llegado hasta aquí, pero sé que no quiero perderle. Ni a usted, ni a lo que empezamos a construir juntos. Solo… espere conmigo. Un poco más. Hasta que la tormenta pase. ¿Puede hacerlo? Sin olvidar quiénes somos, pero sin perdernos el uno al otro en el proceso.
—Esperaré —dijo él, llevando sus manos suavemente a su pecho, justo sobre su corazón, para que ella pudiera sentir lo rápido que latía—. Pero que esperar no significa dejar de querer. Significa cuidar lo que tenemos hasta que sea seguro mostrarlo al mundo. Y mientras tanto, nadie… nadie la cuidará ni la protegerá como yo lo haré. Aunque nadie lo sepa. Aunque nadie me lo agradezca. Es lo que debo hacer. Es lo que mi corazón me ordena hacer.
Se separaron despacio, como si cada centímetro de distancia les costara un esfuerzo enorme. Él se quedó junto a la ventana, mirando cómo ella se alejaba por el pasillo sombrío, con la lluvia todavía golpeando el cristal entre los dos. Y mientras su figura desaparecía al final del corredor, él susurró algo que nadie escuchó, algo que solo el eco de la biblioteca guardó para siempre:
—Eres mía, Mariana. Aunque el mundo no lo sepa. Aunque tú misma no lo quieras todavía. Eres mía. Y nada me apartará de ti. Nada.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
ya cambiaste la historia ?
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