Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.
Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.
Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.
Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?
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Los ojos en cada rincón
Desde la tarde en que había presenciado el destino del socio traidor, Candance no lograba volver a mirar la mansión con los mismos ojos. Antes había creído que las cerraduras pesadas, los guardias fijos en cada pasillo y las rejas en las ventanas eran solo medidas para protegerla a ella y al bebé que crecía dentro suyo. Ahora entendía que eran barreras construidas para atraparla, para que no pudiera escapar de ese mundo de reglas duras que Gino gobernaba a su antojo. Él no había cambiado de carácter de golpe, pero su vigilancia se había vuelto más estrecha, casi asfixiante. Cada mañana, al despertar, notaba algo distinto: el mayordomo pasaba por su habitación con mayor frecuencia, los guardias se detenían más tiempo frente a su puerta, incluso cuando ella creía que nadie la miraba, y la computadora que él le había regalado ya no era solo su pequeña ventana al mundo, sino un objeto que le hacía temblar las manos cada vez que se atrevía a encenderla. Sabía que cualquier rastro de su plan podía ser descubierto en un instante, y que las consecuencias serían muy graves para ella y para quienes la ayudaban.
Esa mañana, al abrirla para revisar los mensajes de sus contactos de la organización, notó que el historial de navegación no estaba donde lo había dejado la noche anterior. Se quedó inmóvil, con los dedos suspendidos sobre el teclado, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Sabía perfectamente quién lo había revisado: Gino había entrado mientras ella descansaba, había recorrido cada página, cada conversación que mantenía con quienes él creía que eran sus asesores académicos de Oxford. No había borrado nada, pero había dejado una marca sutil: una carpeta de documentos abierta que ella nunca había tocado, como una advertencia silenciosa de que nada de lo que hacía pasaba desapercibido para él.
Un rato después, la puerta se abrió sin llamar, como hacía últimamente con frecuencia. Gino entró y se detuvo detrás de su silla, mirando la pantalla por encima de su hombro. Candance sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Había borrado todos los códigos secretos de coordinación con la red de ayuda, había dejado solo mensajes sobre horarios de clases y requisitos de inscripción, pero aun así temía que él sospechara que había algo oculto entre esas líneas inocentes.
—Veo que sigues ocupada con tus planes de estudiar —dijo Gino, con voz baja y neutra, sin mostrar si estaba molesto o solo observaba—. Te he dado todo lo necesario para que estés bien: médicos de confianza, alimentos nutritivos, ropa cómoda, seguridad las veinticuatro horas, y aun así pasas horas frente a esa máquina, buscando cosas que no necesitas para ti ni para el bebé que llevas dentro.
—Solo reviso los requisitos de la universidad —respondió ella, intentando mantener la voz tranquila y sumisa, como había aprendido a hacer para no despertar su desconfianza—. Quiero tener todo listo para cuando llegue el momento de postularme de verdad, para no dejar nada al azar.
Gino se inclinó un poco más, hasta que su aliento rozó su oreja, y su tono bajó aún más:
—Yo sé que crees que tienes secretos —susurró—. No me gustan los secretos, Candance. Recuerda lo que viste el otro día. Aquí nadie oculta nada por mucho tiempo. Tarde o temprano todo sale a la luz.
Ella no se atrevió a responder nada, solo bajó la mirada hacia el teclado. Él se alejó hacia la puerta, pero antes de salir dio una orden clara al mayordomo que esperaba en el pasillo: desde esa noche en adelante, revisarían el contenido de la computadora cada día, sin excepción, sin avisarle a ella de antemano.
Más tarde, cuando la casa quedó en silencio y creyó que todos estaban ocupados con sus tareas, Candance se atrevió a escribir a sus contactos de la organización. Les contó que la vigilancia había aumentado mucho, que los guardias controlaban cada paso suyo, y que temía que en cualquier momento descubrieran su plan de huida. La respuesta tardó más de lo habitual: le explicaron que debían retrasar la fecha de partida, porque Gino había puesto a más hombres a vigilar las carreteras cercanas, las estaciones de autobús y las paradas de taxi de los pueblos vecinos. El riesgo de ser atrapada ahora mismo era demasiado alto.
Candance se quedó mirando la pantalla apagada, con las manos sobre su vientre que ya empezaba a ser visible bajo su vestido suelto de algodón. Recordó la forma en que Gino hablaba de su mundo: para él, la vigilancia era protección, el control era una forma de demostrar que se preocupaba por ella, y cualquier deseo de escapar era una traición imperdonable. Empezó a recordar pequeños momentos que antes había minimizado por miedo o por esperanza: cómo él sabía cuánto tiempo pasaba mirando por la ventana, cómo sabía con quién hablaba por teléfono, cómo parecía saber incluso cuándo soñaba despierta con el exterior. No era que tuviera suerte: tenía ojos en cada rincón de la casa, oídos en cada pasillo.
Cuando escuchó sus pasos acercarse de nuevo por el corredor, cerró la laptop de golpe y se sentó erguida, intentando fingir que solo estaba descansando y mirando hacia el jardín. Gino entró con una taza de infusión tibia recomendada por el médico para el embarazo, se la dejó sobre la mesa y la miró largo rato, sin decir nada. Candance no sabía qué pensar: ¿venía a ser amable, o venía a comprobar si estaba tramando algo en secreto? Ya no podía distinguirlo.
Él se fue poco después, pero ella no pudo dormir esa noche. Se quedó escuchando cada ruido del pasillo, cada crujido de las paredes antiguas, preguntándose cuándo sería el momento en que él descubriera todo su plan. Sabía que mientras estuviera allí, no estaría a salvo, ni ella ni el bebé que llevaba dentro. Pero también sabía que cualquier paso en falso podía traer consecuencias terribles, como había visto con el socio de Gino días atrás.
Se abrazó a sí misma, temblando en la oscuridad de la habitación, y comprendió que el miedo ya no era algo que llegaría después: vivía dentro de ella, cada segundo, sin saber cuándo se desataría la furia de ese hombre que decía protegerla.