Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 5
Se quedó allí, de pie en medio del pasillo bullicioso, sintiendo que algo acababa de cambiar fundamentalmente. Había aceptado un pacto con el diablo, o quizás con su única oportunidad de supervivencia. Lo que estaba claro es que ya no había vuelta atrás. La sombra de Milton Vance se había proyectado sobre su vida, y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se sentía vacío, sino peligrosamente lleno de posibilidades.
Alexia guardó el papel en su bolsillo, apretándolo contra su costado. Tenía que volver a clase, tenía que actuar como si nada hubiera pasado, pero su corazón latía con una urgencia que no le pertenecía. Se miró en el reflejo de una ventana cercana. Sus ojos verdes parecían diferentes, más intensos, más cansados. Se alisó el cabello con manos temblorosas y se obligó a caminar hacia su aula.
El precio de su educación estaba sellado. El próximo martes, su vida entraría en un territorio que ella no alcanzaba a comprender, un lugar donde el poder y la desesperación se entrelazaban peligrosamente. Caminó entre la multitud de estudiantes ajenos a todo, sintiéndose como una extraña en su propio mundo, una chica que acababa de vender una parte de su tranquilidad para comprar un sueño. Pero al menos, pensó, al menos su madre no tendría que llorar mañana por el dinero. Y eso, por el momento, era todo lo que importaba.
Las horas siguientes fueron una tortura de abstracción. Los profesores hablaban, las lecciones pasaban frente a sus ojos, pero ella no retenía nada. Su mente estaba atrapada en los ojos negros de Milton, en la sensación de su presencia dominante, en el peso de la nota que guardaba en su bolsillo. Se preguntaba qué clase de casa tendría alguien como él, qué secretos escondería tras esas paredes de cristal y lujo, y qué esperaba él realmente de ella.
¿Clases particulares? Podría ser una mentira, una excusa para humillarla, para jugar con ella como un gato con un ratón. Pero, ¿y si no lo fuera? ¿Y si él realmente necesitaba esa ayuda y ella era, por una vez, la persona que tenía algo que él quería? Esa idea, aunque pequeña, le dio un hilo de esperanza. Sería útil, sería necesaria. Quizás, si se movía con cuidado, si mantenía esa barrera profesional, podría sobrevivir a esos martes y jueves sin romperse.
Al final del día, mientras salía hacia el pequeño departamento, el sol comenzaba a ocultarse tras los edificios altos, pintando el cielo de colores naranjas y púrpuras. La ciudad parecía menos opresiva hoy. Quizás era porque ella sabía que el desastre inminente había sido pospuesto, o quizás porque sentía que, por primera vez, había tomado las riendas de su propio destino, aunque esas riendas estuvieran hechas de un material incierto y potencialmente peligroso.
Llegó a casa y encontró a su madre cocinando algo sencillo, un arroz con poco más que sal. Elena levantó la vista, con una sombra de ansiedad en su rostro, buscando una señal en los ojos de su hija. Alexia, con un esfuerzo supremo, forzó una sonrisa.
—Todo está bien, mamá —dijo, acercándose a ella y abrazándola por detrás—. Hablé con el director. Hubo un malentendido con los registros. El pago se ha aplazado.
Elena soltó un suspiro profundo, un sonido que parecía vaciar sus pulmones de años de tensión. Se giró hacia Alexia, con las manos húmedas por el fregadero, y la rodeó con sus brazos cansados.
—¿Es verdad? ¿No tendré que buscar más trabajo?
—No, mamá. Todo está bajo control. Estaré bien.
Alexia mintió con una maestría que le dolió. Mentir le parecía un pecado menor comparado con la paz que estaba viendo en los ojos de su madre. La culpa, sin embargo, se instaló en el fondo de su pecho, un recordatorio constante de que nada en la vida es gratuito.
Esa noche, acostada en su cama estrecha, volvió a sacar el papel con la dirección de Milton. Lo estudió bajo la luz mortecina de su lámpara, sintiendo el peso de la decisión que había tomado. El martes. Faltaban días, pero se sentían como una eternidad. Cada segundo que pasaba la acercaba más a esa casa, a ese encuentro, a ese pacto que prometía cambiar todo.
Se quedó dormida con la imagen de unos ojos negros grabada en su mente, preguntándose si estaba entrando en un laberinto del que nunca saldría, o si finalmente, entre las sombras de su realidad, había encontrado la luz que la llevaría a otro lugar. El sueño llegó cargado de imágenes difusas: pasillos oscuros, escaleras interminables, y una mano que se extendía para sostenerla, una mano fuerte que parecía prometer protección a cambio de su presencia.
Despertó sobresaltada, con el corazón martilleando contra sus costillas. La habitación estaba en silencio, la oscuridad de la madrugada era total. Se sentó en la cama, respirando agitadamente. Era solo un sueño. O quizás, una premonición. La realidad de su vida —la escasez, el cansancio, la lucha constante— la esperaba al levantarse, pero ahora había una nueva variable en la ecuación. Una variable llamada Milton Vance, alguien que, para bien o para mal, había decidido que ella era parte de su vida ahora.
Se levantó y se acercó a la pequeña ventana, mirando las luces de la ciudad que titilaban en la distancia. Eran hermosas, inalcanzables, llenas de vidas que ella apenas podía imaginar. Pero ella ya no era la misma chica que se había ido a dormir ayer. Ahora era una chica con un objetivo, con una deuda, y con un trato que la obligaba a mirar al frente, hacia un destino que se negaba a ser escrito por la pobreza.
El segundo capítulo de su historia apenas comenzaba, y el aire, antes pesado y opresivo, ahora se sentía cargado de una expectación eléctrica. Estaba asustada, sí. Estaba nerviosa, también. Pero por primera vez en mucho tiempo, no se sentía indefensa. Se sentía, en su propia y pequeña manera, armada con una decisión. Y para alguien que había pasado toda su vida tratando de sobrevivir, esa sensación era, más que una promesa, una victoria en sí misma.
Mañana sería otro día. Mañana tendría que seguir fingiendo ante su madre, seguir siendo la estudiante brillante y aplicada en el instituto, seguir navegando las aguas de su realidad con la cabeza alta. Pero el martes… el martes, entraría en el mundo de los sombras, el mundo de Milton Vance, y vería si podía encontrar la manera de caminar a través de ellas sin perderse en el camino. Cerró los ojos, visualizando la dirección una vez más, memorizándola, integrándola en su plan. Ya no era solo Alexia Mendoza, la chica pobre del edificio gris; ahora era alguien con un propósito, un papel y una cita que prometía cambiar su mundo para siempre. El sueño volvió, esta vez más tranquilo, mientras la ciudad dormía, ignorante de los acuerdos que se forjaban en la penumbra de sus vidas.