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Los Días Que No Viviste

Los Días Que No Viviste

Status: En proceso
Genre:Venganza
Popularitas:62
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.

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Capítulo 11: El árbol de hierro

Amanece con un cielo gris y una niebla espesa que se arrastra sobre la carretera como un fantasma. Leo conduce el coche que Elena consiguió durante la noche: un viejo Seat color marrón, con el parabrisas agrietado y un olor a tabaco rancio que parece haberse incrustado en los asientos. No es bonito, pero es discreto. Perfecto para pasar desapercibido.

Elena está a su lado, en el asiento del copiloto, con el mapa desplegado sobre sus piernas y una expresión de concentración que no ha abandonado su rostro desde que salieron del refugio.

—Faltan unos diez kilómetros —dice, señalando un punto en el mapa—. La antigua base de entrenamiento está al final de un camino de tierra que sale de la carretera principal. No tiene señalización. Si no fuera por el mapa, sería imposible encontrarla.

—¿Cómo sabes tanto de este lugar? —pregunta Leo, sin apartar los ojos de la carretera.

—Porque yo también entrené allí —responde Elena—. Dos años después que tú. Cuando llegué, tú ya eras un instructor. Fuiste mi mentor durante un tiempo.

Leo la mira de reojo. Esa información es nueva. No sabe cómo sentirse al respecto.

—¿Y no me lo dijiste antes?

—No era relevante —dice Elena, encogiéndose de hombros—. Además, quería que lo recordaras por ti mismo. El entrenamiento, el árbol de hierro, todo eso es parte de tu historia. No de la mía.

Leo no insiste. Sabe que Elena es reservada, que guarda sus propios secretos. Pero la idea de que ella haya sido su alumna, de que él le haya enseñado algo, le provoca una sensación extraña. Como si hubiera un vínculo que va más allá de la misión compartida.

El coche se desvía por un camino de tierra que apenas se distingue entre los arbustos. La niebla se vuelve más densa, y Leo tiene que reducir la velocidad para no perder el rumbo. Los árboles se alzan a ambos lados, formando un túnel verde y húmedo.

—Allí —dice Elena, señalando hacia adelante.

A través de la niebla, aparece la silueta de un edificio. Es una estructura de hormigón gris, con ventanas rotas y grafitis en las paredes. El cartel en la entrada, casi borrado, dice "Centro de Instrucción Especial - Norte". Las puertas de metal están entreabiertas, y la maleza ha invadido el patio delantero.

Leo estaciona el coche detrás de un grupo de árboles. Bajan con cuidado, con la mochila al hombro y la atención puesta en cada rincón.

—¿Hay alguien vigilando? —pregunta Leo en voz baja.

—No lo creo —dice Elena—. Este lugar está abandonado desde hace más de una década. Pero no bajemos la guardia.

Atraviesan el patio. Las losas de cemento están resquebrajadas, y por las grietas crecen malas hierbas. En el centro del patio, Leo ve lo que está buscando: la escultura de metal con forma de roble.

El árbol de hierro.

Es una obra extraña, de unos tres metros de altura, con ramas retorcidas que parecen alcanzar el cielo. El óxido ha cubierto gran parte de su superficie, dándole un tono rojizo que parece sangrar bajo la niebla.

—Ahí está —dice Leo, acercándose.

Toca el tronco metálico. Está frío y áspero. Recorre la superficie con las manos, buscando algo, aunque no sabe qué. Un mecanismo, una inscripción, cualquier cosa que le indique dónde está el segundo fragmento.

—¿Qué buscas? —pregunta Elena, acercándose.

—No lo sé —admite Leo—. El yo del pasado dijo "busca el árbol de hierro". Pero no especificó qué hacer una vez que lo encontrara.

Da la vuelta al árbol, examinando cada centímetro. En la base, entre las raíces metálicas que se hunden en el cemento, ve algo: una pequeña placa de bronce, casi oculta por la herrumbre. Se agacha y la limpia con la manga de la chaqueta.

La placa tiene grabado un nombre: "Sofía Valdés. 1985 - 2010. Siempre en nuestras raíces."

Leo siente que el aire se le escapa de los pulmones. Sofía. Ese nombre no le dice nada, pero la fecha de muerte... 2010. Cinco años antes de la misión. Cinco años antes de que él perdiera la memoria.

—¿Quién es Sofía? —pregunta, con la voz temblorosa.

Elena se acerca y lee la placa. Su rostro se vuelve pálido.

—Tú la conociste —dice, en voz baja—. Fue... una compañera. Una amiga. Algo más que una amiga, creo. Tú nunca me diste muchos detalles. Pero sé que su muerte fue el motivo por el que te volviste tan frío. Tan metódico. Tan... calculador.

Leo mira la placa y siente que algo se desgarra en su interior. Un recuerdo que aún no puede atrapar, pero que está ahí, agitándose bajo la superficie.

—¿Cómo murió? —pregunta.

Elena titubea. Mira el árbol, luego a Leo, luego al suelo.

—En una misión —responde finalmente—. Una operación que salió mal. Tú estabas con ella. Fuiste el único que sobrevivió. Pero nunca quisiste hablar de lo que pasó.

El peso de esas palabras cae sobre Leo como una losa. Él estaba allí. Él la vio morir. Y luego, para protegerse, la olvidó. O la enterró tan profundo que ni siquiera él mismo podía encontrarla.

—¿El archivo tiene algo que ver con ella? —pregunta.

—No lo sé —dice Elena—. Pero el hecho de que el segundo fragmento esté aquí, en el lugar donde ella está enterrada simbólicamente... tiene que ser importante.

Leo vuelve a mirar el árbol. Sofía. Sofía Valdés. La mujer de la foto de la carpeta. La que sonreía entre los uniformados. La que su cuerpo recordaba con tanta intensidad.

—¿Dónde está el fragmento? —pregunta, más para sí mismo que para Elena.

Se arrodilla. Las raíces metálicas del árbol de hierro se extienden como dedos sobre el cemento. Una de ellas, en la parte posterior, parece ligeramente suelta. La agarra y tira. Cede.

Bajo la raíz, hay un hueco. Dentro, una funda de plástico transparente, como las que usan para documentos. La saca. Contiene una llave USB y un papel doblado.

Abre el papel. Su letra. La misma letra de las notas que ha estado encontrando.

"Has llegado hasta aquí. Eso significa que has empezado a recordar. O que al menos has empezado a confiar en tus instintos. La llave USB contiene los primeros códigos de acceso. Pero no son suficientes. Necesitas la contraseña. Y la contraseña es el nombre de la mujer que nunca debiste olvidar. Escribe su nombre. Solo entonces el archivo se abrirá."

—Sofía —susurra Leo—. La contraseña es su nombre.

Elena lo mira con preocupación.

—¿Estás seguro?

—Es lo único que tiene sentido —dice Leo, guardando la USB y el papel—. Él me está diciendo que recuerde. Que enfrente lo que olvidé. Y Sofía es parte de eso.

Se pone de pie. Mira el árbol de hierro una última vez, y por un instante, cree ver a una mujer de cabello oscuro y sonrisa cálida, de pie junto al árbol, mirándolo con una mezcla de ternura y tristeza.

Sofía. La mujer que amó. La mujer que perdió. La mujer que él eligió olvidar para no sentir dolor.

—Vámonos —dice, con voz ronca—. Tenemos lo que vinimos a buscar.

Elena asiente. Regresan al coche en silencio. Leo guarda la USB y el papel en la mochila, junto con la carpeta y la foto de Sofía. Siente que ha dado un paso importante. Pero también siente que el peso del pasado se ha vuelto más pesado.

Cuando arrancan el coche, Leo mira por el espejo retrovisor. La base de entrenamiento y el árbol de hierro se desvanecen entre la niebla.

—Ahora qué —dice Elena.

—Ahora necesito un ordenador —responde Leo—. Y necesito tiempo para recordar el nombre de esa mujer.

—Pero ya lo sabes. Sofía.

—No —dice Leo, con una expresión sombría—. Ese es el nombre que vi en la placa. Pero la contraseña no es su nombre. Es el nombre que yo le di. El que solo nosotros dos compartíamos.

Elena guarda silencio. Leo aprieta el volante y acelera.

En su cabeza, el eco de un nombre que aún no puede atrapar.

Pero está ahí, como una burbuja en el fondo del mar.

Esperando.

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valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
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