La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.
Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.
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pítulo 24: Fuego en la Sangre y Ley en la Mano
La Emperatriz Viuda apretó el pergamino entre los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La flor negra dibujada en la tinta parecía mirarla, desafiante, y al leer la frase final, estalló en furia:
—¡Insolencia! —gritó, arrojando el pergamino al suelo y pisándolo—. ¿Quién se atreve a decir que ninguno de nosotros es el dueño? ¡Este trono es mío! ¡Mío y de nadie más!
Respiró entrecortada, con el pecho agitado. Su mirada, fría y venenosa, recorrió la habitación. No sabía quién había escrito aquello, pero juró que lo encontraría y lo haría desaparecer para siempre.
Mientras tanto, en otra ala del palacio, la pantalla del Sistema brilló frente a Eva con letras luminosas y frías:
NUEVA MISIÓN: ELIMINAR A LA EMPERATRIZ VIUDA. MÉTODO: ENVENENAMIENTO PROGRESIVO Y SILENCIOSO. OBJETIVO: SUCESIÓN AL TRONO.
Eva sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. Acarició la pantalla con dedos delgados y murmuró con voz suave y letal:
—No se preocupe, Sistema. Todo aquel que se interponga en mis planes morirá. Al final… seré yo quien reine como Emperatriz.
Nadie la escuchó. Ya tenía en mente qué poción usar, en qué dosis, en qué alimento o bebida introducirla: lenta, dolorosa, irreversible. Sabía que la Emperatriz Viuda la consideraba inofensiva, casi una muñeca obediente; se acercaría con dulzura, le ofrecería cada día una infusión preparada por sus propias manos, y ganaría su confianza hasta que fuera demasiado tarde. La Emperatriz Viuda no sabía que su propia muerte ya estaba planeada por la mano de quien más parecía adorarla.
La noticia del regreso llegó antes que ellos. Cuando la puerta de la mansión se abrió, el General Protector esperaba en el salón principal, de pie, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas que no lograba contener. Al ver a Serafina, dio un paso adelante, temblando, y la abrazó con tanta fuerza como si temiera que se desvaneciera entre sus brazos.
—Viviste… —susurró—. Está aquí…
—Estoy aquí —respondió ella, con la voz rota—. Y nunca más me iré.
Luego me soltó y me abrazó a mí también, acariciándome el rostro con manos temblorosas, sin dejar de mirarme, como si no pudiera creerlo:
—Es usted… la doctora queuio a mis hombres… la mujer valiente que le salvó la vida a mis soleados… es mi hija. Mi niña.
Me abrazó de nuevo, y yo dejé que las lágrimas cayeran libremente.
—Padre —dije, separándome suavemente—, llévese a madre con usted. Debo ir a la Mansión del Príncipe Regente. Ahora que hemos vuelto, todo se pondrá más peligroso. Intentarán quitarle la vida a ella… y por supuesto, querrán quitarme la mía. Pero yo sé protegerme. Usted cuídela. Eso le pido.
El General asintió, apretando mi mano:
—Lo haré con mi vida.
Esa noche, la luz era tenue en la alcoba de la Mansión Regente. Víctor y yo estábamos solos, de pie, uno frente al otro, conscientes del pacto que nos unía.
—Compartiremos esta habitación —dije con calma—, pero no compartiremos nada más. Aún no hay nada entre nosotros. Cuando yo me entregue a usted… será porque lo amé. Y no sé lo que es amar. Nunca he amado a un hombre.
Víctor me miró con respeto, sin rastro de impaciencia:
—Lo entiendo. No se preocupe. Nos iremos conociendo poco a poco. Y yo tampoco sé lo que es amar a una mujer. Aprenderemos juntos.
Me sentí aliviada. No hubo caricia forzada, ni palabra exigida. Nos acostamos cada uno en su lado de la cama, y el silencio entre nosotros no fue incómodo, sino sereno: el comienzo de algo que podría crecer con el tiempo.
A la mañana siguiente, me puse al frente de la administración de la mansión. Revisé los libros de contabilidad página por página, y lo que vi me heló la sangre: faltaban sumas enormes de dinero, sin explicación ni recibo. La casa estaba en desorden, las provisiones escaseaban, las paredes descuidadas… todo era un caos.
Llamé a los sirvientes con voz firme:
—Tráiganme al mayordomo. Ahora mismo.
Nadie se movió. Uno de ellos, con la mirada baja y la voz temblorosa, respondió:
—No podemos, Alteza… él está protegido por la Emperatriz Viuda. Nadie puede tocarlo.
Lo miré fijamente, un instante largo, en silencio, antes de responder:
—¿Así que nadie puede? —dije, despacio.
Di un paso hacia él, y en un movimiento tan rápido que apenas se vio, saqué una aguja y le corté la lengua de un preciso golpe. Cayó al suelo gimiendo, cubriéndose la boca, mientras la sangre le corría entre los dedos. Lo miré a todos con ojos de hielo:
—¿Alguien más va a decirme que aquí se hace lo que la Emperatriz Viuda ordene? —dije con voz que no admitía réplica—. Esta es la Mansión del Príncipe Regente. Y aquí mandamos nosotros. ¡Tráiganme al mayordomo! ¡Ahora!
Poco después llegó, caminando con arrogancia, sin rastro de miedo:
—No pueden hacerme nada —dijo con sonrisa burlona—. Soy hombre de confianza de la Emperatriz Viuda. Ella me protege.
Lo miré con desprecio:
—¿Así que no puedo hacerle nada? Qué insolencia. —Me giré hacia los sirvientes—: Tráiganme palos. Y ustedes —señalé a los más fuertes—: golpéenlo hasta que caiga. Y cuando termine, arrastren su cuerpo hasta la carretera. Que sirva de ejemplo: quien desobedezca a la Princesa Consorte, paga las consecuencias.
El mayordomo palideció entonces:
—Esperen… yo… hay cuentas que ella misma ordenó… —alcanzó a balbucear, pero ya nadie lo escuchó.
Lo golpearon hasta que dejó de moverse. Lo arrastraron fuera y lo dejaron a la vista de todos. Los vecinos y transeúntes murmuraban entre sí:
—Dios mío… esa Princesa Consorte sí que es letal…
—Digna hija del General Protector…
—Qué feroz…
—Se ve que nadie se le va a parar delante…
La noticia voló hasta el palacio antes de que el sol estuviera alto.
La Emperatriz Viuda escuchó el relato y estalló en rabia:
—¡Insolente! ¡Mató a mi mayordomo! ¡Esa arpía no me respeta en absoluto! —Golpeó el reposabrazos de su silla—. Doña Teresa… vaya a la Mansión Regente. Diga que venga aquí. Inmediatamente.
Doña Teresa, una mujer de porte rígido y mirada altiva, partió sin demora. Llegó a la puerta de la residencia y entró sin esperar invitación:
—La Emperatriz Viuda ordena que vaya al palacio ahora mismo —dijo con sequedad—. La espera.
Di un paso hacia ella y le di una bofetada tan fuerte que la lancé al suelo.
—¡Insolente! —le dije, mirándola desde arriba—. Soy la Princesa Regente. Y no se atreva a levantarme la voz ni a darme órdenes. No tengo tiempo para visitas. Como Princesa Consorte, no estoy sometida a ella. Solo mi esposo decide si voy o no. En esta mansión hay reglas. Quien me falte al respeto, será castigado.
Doña Teresa se llevó la mano a la mejilla, y por un instante su arrogancia vaciló; la mirada bajó, asustada, antes de responder con voz entrecortada:
—No puede… soy sirvienta de la Emperatriz Viuda…
—Sí puedo —respondí con frialdad—. Según el Artículo Treinta y Ocho de las Leyes Imperiales: incluso el Emperador puede castigar a quien desobedezca. ¿Cree que la Emperatriz Viuda está por encima de las leyes que establecieron los antiguos emperadores?
Uno de los sirvientes, con voz baja pero clara, dijo:
—Es verdad… esa ley existe. Nadie la ha aplicado en años, pero está escrita.
—Por insolencia y por intentar contradecirme —continué—, el castigo aumenta: cincuenta bofetadas y treinta azotes.
Víctor dio un paso a mi lado, con voz firme que todos escucharon:
—Ella manda aquí. La ley la respalda. Cumplan la sentencia.