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¡No Soy Pobre, Cariño!

¡No Soy Pobre, Cariño!

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Juego de roles / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:27
Nilai: 5
nombre de autor: Leni Anita

Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.

Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.

Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.

Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.

Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.

NovelToon tiene autorización de Leni Anita para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

05

—Rodrigo, mira las porquerías que nos sirve tu esposa. Solo preparó un salteado de verduras con salsa picante. ¡Eso no tiene ningún valor nutricional! —doña Carmen se quejó con su hijo.

—Marcia, ¿qué se supone que significa esto? —Rodrigo clavó los ojos en Marcia con una mirada afilada.

—Es lo único que había, así que cociné con lo que encontré —explicó Marcia a su esposo.

—Si se acabaron los ingredientes, se supone que tendrías que ir a comprar más. No te quedas ahí sentada como si nada, ¡hasta para algo tan simple hay que recordártelo! —Rodrigo la reprendió.

—¿Y el dinero? —Marcia extendió la palma de la mano.

—Mi mamá te da dinero para el mandado todos los días, así que no vengas a buscar problemas —replicó Rodrigo con una ligereza insultante, como si Marcia fuera la culpable.

—Rodrigo, usa la cabeza. Cinco dólares al día no alcanzan ni para comprar las especias, mucho menos para hacer un mercado completo —espetó Marcia, exasperada.

—Siempre ha alcanzado, y ahora de repente dices que no alcanza. Seguro te quedas con el dinero para tus gastos personales —Rodrigo acusó a su esposa sin el menor fundamento.

A Marcia le hirvió la sangre al oír la acusación. Cinco dólares al día para alimentar a toda esa familia. ¿En qué planeta alcanzaba eso?

—¿Tú crees que con cinco dólares se compra pollo, pescado, camarones y todo lo demás? Piensa un poco, se supone que eres universitario —le reclamó Marcia, furiosa.

—¡Lo que pasa es que eres una malagradecida! —Rodrigo seguía culpándola.

—Rodrigo, tengo hambre. Yo no pienso comer eso —Isabella señaló la comida sobre la mesa con gesto de asco.

—Ustedes no saben respetar a nadie. Si no les gusta, cocinen ustedes mismos —don Alfonso, que había permanecido en silencio hasta entonces, reprendió a sus hijos y a su esposa.

—¿Y ahora tú sales a defender a esta nuera sinvergüenza? —doña Carmen montó en cólera contra su esposo.

—Ya, Rodrigo, mejor pide comida a domicilio. Me muero de hambre y no pienso tocar eso —insistió Isabella.

—Está bien, ya pedí. Esperemos en la sala —Rodrigo llevó a su madre y a su hermana al sofá.

—Pide solo para nosotros tres, Rodrigo. A tu padre ni le pidas. Que aprenda lo que se siente defender a esa desgraciada —ordenó doña Carmen.

Los tres se acomodaron en la sala a esperar su pedido, mientras don Alfonso se quedó en la mesa del comedor. Él sí respetaba la comida que su nuera había preparado e invitó a Marcia a acompañarlo.

—No les hagas caso, hija. Ven, comamos —don Alfonso le hizo una seña cálida.

Marcia y don Alfonso cenaron juntos. En realidad ella no tenía mucha hambre, porque ya había comido algo antes de volver a la casa.

Mientras tanto, Rodrigo aprovechó la espera para intercambiar mensajes con Pamela, su amante.

Toc, toc, toc.

Alguien llamó a la puerta principal.

—¡Seguro ya llegó la comida! —exclamó Isabella.

—Ve tú, ya pagué por la aplicación —le indicó Rodrigo a su hermana.

Sin perder un segundo, Isabella abrió la puerta y recogió el pedido. Rodrigo ya había pagado todo por transferencia bancaria.

Los tres devoraron la comida con apetito, sin importarles que en la misma casa hubiera otras personas. En la cocina, Marcia terminó de cenar, levantó la mesa y lavó todos los platos sucios.

Cuando acabó con eso, retomó las tareas que habían quedado pendientes: doblar y planchar la ropa de cada uno de los habitantes de esa casa.

—Esto sí es comida de verdad, con sabor y con nutrientes. Ese salteado de verduras con salsa picante no alimenta a nadie —se burló Isabella.

—Ya ves, vive de arrimada y encima es una insolente —doña Carmen se sumó a los insultos contra Marcia.

—Que no se les olvide que soy yo la que cubre el faltante del mandado con mi propio dinero. Esta "sirvienta gratis" es la que les ha dado de comer —Marcia respondió sin vacilar.

—¡Marcia, no te atrevas a faltarnos el respeto! —bramó Rodrigo.

—¿Por qué, amor? ¿Te da vergüenza que siendo gerente no seas capaz de mantener ni a tu propia esposa? —replicó Marcia con firmeza.

—¡Cada día eres más insolente! —vociferó Rodrigo.

—Rodrigo, a partir de ahora no le des ni un centavo más. Que vea cómo sobrevive sin tu dinero —lo instigó Isabella.

—Isabella tiene razón, Rodrigo. Ni un peso más para esta muerta de hambre. Pobre y encima alzada —doña Carmen escupió su veneno contra la nuera.

—Muy bien, señora, como usted diga. Vayan ustedes a hacer el mandado con esos cinco dólares. Yo cocino cuando los ingredientes estén en la cocina —respondió Marcia con toda la calma del mundo.

—¡Ni sueñes con volver a tocar mi dinero, Marcia! —amenazó Rodrigo.

¿Cuándo he tocado tu dinero, Rodrigo? Jamás me has dado un solo centavo. Al contrario: tu estómago y el de toda tu familia se llenan con mi dinero, pensó Marcia para sus adentros.

—Ya, Rodrigo, lo mejor sería que buscaras una esposa a tu nivel. Una mujer de dinero que pueda aportarnos algo. Una como Marcia no sirve para nada —doña Carmen, sin el menor escrúpulo, le pidió a su hijo que buscara a otra mujer.

Marcia apretó los puños. Frente a sus propios ojos, su suegra le pedía a Rodrigo que la reemplazara. ¿Acaso esa mujer no pensaba ni un instante en lo que ella podía sentir, siendo mujer también?

Rodrigo esbozó una sonrisa al escuchar a su madre. Sin que ella se lo pidiera, ya tenía a otra mujer allá afuera. Una que, según él, era mucho mejor que Marcia: profesionista y adinerada.

Cuando terminó todas sus tareas, Marcia se metió a su habitación sin decir palabra. No quería seguir discutiendo con Rodrigo ni con su madre. En lugar de gastar energía peleando con ellos, prefería dormir y recargar fuerzas para la mañana siguiente.

Tal vez por esto mamá me pidió que ocultara mi identidad ante Rodrigo y su familia. Quería que yo descubriera con mis propios ojos cómo son en realidad, reflexionó Marcia en silencio.

Marcia se quedó mirando el techo de su cuarto. Agradeció en lo más profundo que su madre le hubiera insistido en usar anticonceptivos. Así, cuando llegara el momento, podría separarse de Rodrigo sin la atadura de un hijo de por medio.

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