Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 22: El eco de otra existencia
El aire en el salón principal de la casa de Maeva se sentía denso, cargado con el polvo que flotaba en los rayos de sol filtrados por los altos ventanales. Aquel espacio, que antes consideraba su refugio más seguro, ahora parecía un escenario extraño donde las verdades, largo tiempo reprimidas, finalmente buscaban una salida. Maeva se mantenía firme, aunque sus manos temblaban ligeramente ocultas tras los pliegues de su vestido.
—¿Por qué? —preguntó ella, rompiendo el silencio que se había instalado desde que él cruzó el umbral—. Pasé meses esperando una respuesta, escribiéndote carta tras carta, contando los días hasta que un mensajero trajera al menos una línea tuya. ¿Cómo pudiste ignorarme de esa manera?
Orion, que aún conservaba la elegancia que lo definía incluso en la intimidad de aquel hogar, la miró con una confusión genuina que le resultó dolorosa.
—Maeva, te lo juro por lo más sagrado, a mí nunca me llegó ninguna carta —respondió él, acercándose con cautela, como si temiera que ella fuera a desvanecerse—. Pasé semanas revisando el correo, esperando cualquier señal. Cuando no recibí nada, llegué a pensar lo peor: que habías decidido seguir adelante, que tu silencio era la respuesta definitiva.
El impacto de sus palabras golpeó a Maeva con más fuerza de lo esperado. Si él decía la verdad, significaba que alguien había interceptado su correspondencia desde el principio. Mientras procesaba esta nueva capa de traición, el recuerdo de Elena apareció en su mente. Elena, quien se había convertido en su confidente más cercana en este tiempo, no tenía la menor idea de la existencia de Orion, ni de la profundidad de los lazos que los unían. Maeva había mantenido ese capítulo de su vida bajo un cerrojo hermético, protegiendo a su amiga de las complicaciones y los peligros que implicaba aquel hombre.
La tensión alcanzó su punto máximo cuando el pensamiento prohibido volvió a asaltar su conciencia. Él es el prometido de la princesa.
—Es una farsa, ¿no es así? —dijo ella, soltando las palabras como una acusación—. Cómo puedes hablarme de esperanzas cuando todos saben que estás atado a la princesa. Eres su prometido.
Orion cerró los ojos un instante, dejando que un suspiro de derrota escapara de sus labios.
—Quiero romper ese compromiso, Maeva. Lo deseo más que a nada —declaró, acercándose lo suficiente para que ella pudiera ver la desesperación en su mirada—. Pero no tengo pruebas. Sé que hay algo profundamente corrupto en este reino, algo que pudre los cimientos del palacio, pero no he podido descubrir qué es. Me siento atrapado en un laberinto sin salida.
Maeva sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa del salón. Ella sí sabía a qué se refería; sabía de la oscuridad que acechaba tras la fachada del reino, pero ese conocimiento no le pertenecía a esta vida. El recuerdo del panadero, aquel trauma sangriento de su existencia anterior, seguía siendo un secreto que solo ella guardaba. Nadie más, ni siquiera Elena, sabía que el horror de esa muerte pasada era una pieza clave en el rompecabezas de la corrupción actual.
Maeva se debatió en silencio: ¿debía revelarle la verdad de lo que había descubierto con Elena, y de paso, cargarle con el peso de una memoria que él jamás podría comprender? Cada segundo que pasaba en ese salón la acercaba más a un punto de no retorno.