Para salvar a su clan de la ruina, Zaira acepta un matrimonio forzado con Tariq Al-Rashid, el despiadado Alfa de la mafia vampírica de Dubái. Obligada a renunciar a su libertad, se adentra en un palacio de lujo y misterio que parece salido de Las mil y una noches. Pero el peligro real la espera al cruzar el umbral: el hombre con el que debe casarse no es su prometido inicial, sino el implacable y magnético padre de este, un inmortal de mirada abrasadora que esconde el secreto de un viaje en el tiempo. Entre sedas, dunas plateadas y miradas que queman, Zaira descubrirá que la línea entre el odio y la pasión más ardiente es tan fina como un suspiro.
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Capítulo 9: El Mercado de la Noche y la Piel del Desierto
El crepúsculo cayó sobre Isfahán con una lentitud majestuosa, tiñendo las cúpulas de adobe y las torres de los minaretes con un baño de violeta, oro y sombra. El viento del desierto perdió su ferocidad abrasadora, cediendo el paso a una brisa fresca que transportaba el aroma intenso de la canela, el azafrán, el cuero curtido y la flor de azahar.
Tariq guió el semental castaño por las callejuelas empedradas del barrio bajo de la ciudad. A resguardo de la penumbra creciente, las antorchas de aceite comenzaban a parpadear en las fachadas de los bazares. Para los mortales que abarrotaban las callejuelas —mercaderes con túnicas de lino, encantadores de serpientes y caravanas de camellos fatigados—, la pareja no era más que un noble persa regresando de un viaje de caza con su joven y prometida esposa.
Sin embargo, debajo de los velos carmesí que cubrían el rostro de Zaira y del turbante oscuro que ocultaba las facciones esculpidas de Tariq, latía el peligro Inmortal.
El Alfa mantenía a Zaira pegada a su torso. Cada paso del caballo hacía que la espalda de la joven rozara la firmeza inquebrantable del pecho de Tariq. Con la mano izquierda, el inmortal sostenía las riendas; con la derecha, rodeaba la cintura de su esposa con un agarre posesivo y constante, cuyos dedos se hundían levemente en la seda para transmitirle una calidez aseguradora.
—No te alejes de mí cuando desmontemos —murmuró Tariq cerca de la oreja de Zaira, su aliento cálido rozando la concha de su oído y provocando un estremecimiento inmediato en la espina dorsal de la muchacha—. Los espías de Jafar no son los únicos que caminan por estas calles. La noche es el dominio de mi estirpe, pero Isfahán en este siglo es un nido de serpientes.
—No tengo intención de soltarme —respondió Zaira en un susurro, ladando la cabeza para mirarlo. A la luz de los faroles de cobre, los ojos ámbar del Alfa brillaban como dos gemas encendidas, mirándola con una intensidad que casi le robaba el aliento—. Pero si este Visir nos busca, ¿no es arriesgado pasearnos por el corazón de su mercado?
Tariq sonrió con una arrogancia sutil, dejando ver una curva pecaminosa en sus labios.
—El mejor lugar para ocultar una joya, pajarillo, es en medio de un cofre lleno de oro. Además, antes de enfrentar a un brujo antiguo, necesitas ropa adecuada para la penumbra y un refugio donde descansar. Tu cuerpo mortal no puede soportar el ritmo de la caza sin pausas.
Se detuvieron ante una casa de té y sedería de dos pisos construida en piedra tallada y madera de cedro. Un rótulo de bronce desgastado indicaba que era el Oasis de la Luna Llena. Tariq desmontó de un salto fluido y extendió sus brazos para tomar a Zaira por la cintura. Al bajarla, no la dejó inmediatamente en el suelo; la mantuvo suspendida un segundo a la altura de sus ojos, devorándola con la mirada antes de depositar sus pies con absoluta delicadeza sobre el adoquín frío.
Entraron por una puerta lateral oculta tras un cortinaje de cuentas de madera. El interior de la posada era un santuario de lujo discreto: alfombras persas de hilos de seda borgoña tapizaban el suelo, divanes bajos cargados de cojines de terciopelo se repartían en los rincones y el humo dulce de los sahumerios de mirra flotaba en el aire cálido.
Un hombre anciano, de túnica blanca y barba plateada que llegaba hasta su pecho, emergió de las sombras. Al ver la figura de Tariq, el anciano abrió los ojos con un asombro reverencial y se inclinó hasta rozar el suelo con la frente.
—Mowlana... Señor de la Noche —susurró el hombre en lengua antigua—. Pensamos que habíais partido a las fronteras del norte.
—Levántate, Baraz —ordenó Tariq con voz suave pero imperiosa—. Necesito la suite de la torre. La más protegida. Y las mejores prendas de seda oscura para mi dama. Nadie debe saber que he vuelto a Isfahán.
—Vuestros deseos son órdenes para el clan, Alfa —respondió Baraz, realizando una rápida reverencia antes de desaparecer por una escalera de caracol.
Tariq tomó la mano de Zaira y la guió hacia la torre superior. La suite privada era una estancia monumental decorada con celosías de mármol blanco que daban a un patio interior con una piscina de agua de manantial rodeada de rosales nocturnos. En el centro de la habitación, una cama colosal de madera de cedro, vestida con doseles de gasa negra y sábanas de seda carmesí, dominaba el espacio.
En cuanto la puerta de madera masiva se cerró tras ellos y Baraz dejó los letreros de confidencialidad, el silencio de la suite los envolvió como un manto denso y embriagador.
Zaira se quitó el velo de la cabeza, dejando caer su larga melena oscura sobre los hombros. El cansancio del viaje a través del tiempo y la batalla en las dunas se reflejaba en la lentitud de sus movimientos, pero el fuego en sus ojos seguía intacto. Se giró hacia Tariq, que había tirado su turbante sobre una mesa de taracea y desabrochado el primer botón de su túnica de lino.
—Este lugar es hermoso... —dijo ella, avanzando hacia la celosía que daba al patio.
Tariq no respondió con palabras. Se movió con esa prestancia felina que lo caracterizaba, cerrando la distancia entre ambos hasta quedar a las espaldas de Zaira. Extendió sus brazos y rodeó la cintura de la joven, pegando su espalda contra su pecho tenso. La barbilla del Alfa descansó sobre el hombro de Zaira, e inhaló profundamente el aroma a jazmín y sudor dulce que emanaba de su piel.
—Te prometí que te protegería en cualquier siglo, Zaira —susurró él, y la vibración de su pecho retumbó directamente en la espalda de ella—. Pero estar aquí contigo, sabiendo que el brujo te acecha, me despierta un hambre que difícilmente puedo domar.
Zaira apoyó la cabeza contra el cuello del inmortal, sintiendo el latido sordo y poderoso de su yugular.
—No pidas perdón por desearme, Tariq. Ya te lo dije en la cúpula... no le temo a tu naturaleza.
Las manos del Alfa se volvieron más atrevidas. Con una lentitud tortuosa y calculada, sus dedos desataron los broches de plata que sujetaban la túnica carmesí sobre los hombros de Zaira. La tela pesada se deslizó hacia el suelo con un susurro de fricción, dejando a la joven vestida únicamente con una fina enagua de gasa transparente que no ocultaba las curvas moldeadas de su figura bajo la luz dorada de las velas de cera de abeja.
Tariq ahogó un suspiro áspero. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron directamente sobre la piel desnuda de los brazos de Zaira, ascendiendo lentamente hasta moldear los hombros y bajar por la línea de su caja torácica. La piel de la joven se erizó de inmediato; pequeños temblores de puro deseo recorrieron cada uno de sus nervios.
—Mírate... —murmuró Tariq en su oído, girándola suavemente entre sus brazos para tenerla frente a frente—. Eres la creación más perfecta que la noche haya dado a este mundo. Mil años de soledad valieron la pena solo por contemplarte así.
El Alfa la tomó en brazos sin el menor esfuerzo y la llevó hacia la cama de dosel. La depositó sobre las sábanas de seda carmesí como si fuera una reliquia sagrada, inclinándose de inmediato sobre ella. Su cuerpo masivo la cubrió sin llegar a aplastarla, apoyando sus antebrazos a cada lado de la cabeza de la muchacha.
Zaira alzó sus manos temblorosas y desabrochó por completo la camisa de Tariq, apartando la tela para presionar las palmas de sus manos contra el relieve esculpido de su pecho y su abdomen de piedra. La piel de Tariq ardía con una temperatura febril, un calor inmortal que contrastaba con la frescura de la noche.
—Tariq... tómame —susurró Zaira, fijando sus ojos oscuros en los orbes ámbar de él, sin dejar margen a la duda.
El Alfa no esperó más. Su boca cayó sobre la de Zaira en un beso hambriento, profundo y devastador. La lengua de Tariq reclamó el aliento de la joven con un dominio salvaje pero impregnado de una delicadeza poética. Zaira gimió abiertamente contra sus labios, enredando sus piernas alrededor de las caderas del Alfa, uniendo sus cuerpos en una presión ardiente que hizo desaparecer cualquier recuerdo del peligro exterior.
Las manos de Tariq retiraron la última capa de gasa con una veneración casi religiosa. Su mirada recorrió el cuerpo desnudo de su esposa, reluciente como la porcelana bajo la tenue luz de la estancia. Descendió con sus labios por la curva de su cuello, devorando la piel de su garganta, haciendo una pausa en la pulsación agitada de su pecho para lamer con devoción la aureola de su seno, haciendo que Zaira se arqueara contra el colchón en un espasmo de placer líquido.
—Eres mi luna, mi esposa y mi única dueña —declaró Tariq con la voz ronca por la pasión, rozando con la comisura de sus labios la ingle de la joven, provocando que un reguero de chispas eléctricas estallara en el vientre de Zaira.
El roce de sus cuerpos se volvió un baile lento, rítmico e incandescente. Cada embestida del Alfa era recibida por Zaira con un suspiro de entrega absoluta; cada caricia de las manos de Tariq sobre la espalda y los muslos de ella sellaba el lazo inmortal que los unía a través de las eras. El placer se expandió por la habitación como un perfume embriagador, sofocante y perfecto, consumiéndolos en una llama que fundió el pasado y el presente en un solo instante eterno.
Cuando la tormenta de la pasión finalmente cedió, Zaira quedó recostada sobre el pecho desnudo de Tariq, escuchando el latido sereno del inmortal mientras la brisa de la noche agitaba suavemente los doseles de gasa negra. El Alfa la rodeaba con sus brazos, besando la coronilla de su cabeza con una ternura infinita.
Sin embargo, en el silencio de la madrugada, un leve temblor recorrió las paredes de piedra de la torre. El amuleto de lapislázuli, depositado sobre la mesa de noche, volvió a emitir un destello de luz azul, pero esta vez acompañado por una sombra sutil que dibujó un eclipse sobre el techo de la habitación.
Tariq abrió los ojos, su mirada volviéndose seria en una fracción de segundo. El tiempo de la tregua había terminado: la hora de enfrentar al Visir y romper el maleficio se aproximaba con la llegada del alba.