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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Capítulo 19 — El escándalo sale a la luz

La notificación aparece en mi teléfono a las siete de la mañana.

Isabella me la reenvía con tres signos de exclamación: la Universidad de Puerto del Sol ha publicado el aviso oficial de investigación por fraude académico contra Camila Vega Solares. Abro el enlace. Leo cada línea despacio. Saboreo cada palabra.

En mi vida anterior, fui yo la acusada. Yo la que perdió todo por una mentira que Camila tejió con mis propios hilos. Esta vez, la verdad llegó primero.

—Valen, dime que estás viendo lo mismo que yo —dice Isabella al otro lado de la línea, con la voz vibrante de satisfacción.

—Lo estoy viendo.

—Esa víbora se lo merece. ¿Sabes cuántas veces me tragué las ganas de arrancarle esa sonrisa de santa? Ahora que se la arranque el comité disciplinario.

Sonrío. Isabella tiene una forma de decir las cosas que siempre me arranca una sonrisa, por pequeña que sea.

—Gracias, Isa. Por todo.

—No me agradezcas. Agradéceme cuando la expulsen.

Cuelgo y me quedo mirando la pantalla unos segundos más. Luego la apago. Tengo algo más importante que hacer hoy.

—————————————————————————————————

El restaurante frente al mar huele a sal y a café recién hecho. Don Ernesto Estrada ya está sentado cuando llego, con su bastón apoyado contra la mesa y una expresión amable que me aprieta la garganta.

Me pongo de pie, sonrío y lo ayudo a acomodarse. Pido una tetera de té caliente para los dos. Me humedezco los labios antes de hablar.

—Don Ernesto, esta vez vine a consultarle algo.

No quiero volver a pisar la casa de los Estrada. Ver a esas personas. Temo no poder contener el rencor que me hierve adentro y hacer algo de lo que me arrepienta.

Don Ernesto es la única persona de esa familia que me trató con bondad. No quiero engañarlo.

Su rostro se vuelve serio.

—Valentina, hija, dime. ¿Es que ese sinvergüenza de Diego te hizo algo otra vez?

—Si es así, voy y le pego un par de coscorrones yo mismo. No voy a permitir que te hagan sufrir.

Me arden los ojos. La garganta se me cierra como si la hubieran llenado de arena.

En mi vida pasada, Don Ernesto también me defendía así. Siempre fue el primero en castigar a Diego cuando se equivocaba. Después de su muerte, ya nadie me protegió. La familia Estrada me presionaba día y noche porque no podía darles un heredero varón.

Me muerdo el labio. Mi voz sale firme.

—Don Ernesto, lo he pensado bien. Quiero anular el compromiso con Diego. Espero que pueda aceptarlo.

El anciano se queda inmóvil. Parpadea.

—Pero... ¿por qué tan de repente?

—Valentina, las parejas jóvenes discuten, es normal. Llevan tantos años juntos, no hay necesidad de llegar a la ruptura.

Suspira.

—Si ese muchacho hizo algo imperdonable, dímelo y yo lo castigo. Pero las invitaciones de la boda ya están enviadas. Si ahora hablamos de anulación, las dos familias van a perder la cara.

—¿No quieres pensarlo un poco más?

Niego con la cabeza.

—Don Ernesto, ya lo decidí. Diego me fue infiel. No quiero pasar el resto de mi vida con ese tipo de hombre. Además, ya tengo a alguien. Es mejor que cada uno siga su camino.

—¿Infiel?

Don Ernesto parpadea, como si no procesara la palabra.

Sé que no va a aceptar fácilmente. Respiro hondo, abro mi bolso y saco el certificado de matrimonio. Lo deslizo frente a él con las dos manos.

—Don Ernesto, ya me casé con la persona que quiero. No puedo seguir siendo su futura nuera.

Don Ernesto toma el certificado. Entrecierra los ojos, lo examina con cuidado, y finalmente lo devuelve con una expresión de pesar.

—Valentina, hija, parece que Diego y tú no estaban destinados. Si es así, mejor terminar con esto.

—En cuanto regrese, haré que firme la anulación. El compromiso queda cancelado.

Saca una tarjeta bancaria y la desliza hacia mí.

—Aquí hay un cheque generoso. Considéralo un regalo de bodas de parte de este viejo. Acéptalo.

Se me humedecen los ojos.

—Don Ernesto, no puedo...

Me toma la mano y me pone la tarjeta en la palma.

—¿Vas a hacerle desaires a tu abuelo? Tómala. Tú le hiciste un favor enorme a la familia Estrada. Esto es lo menos que puedo hacer.

Bajo la mirada. Trago el nudo en mi garganta.

—Está bien. Gracias, Don Ernesto.

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Al salir del restaurante, me siento ligera. Casi tarareando, camino hacia el edificio.

Y entonces lo veo.

Fruncido el ceño, giro la cabeza y me escondo en la cafetería de la esquina.

Rodrigo. Merodeando frente a la entrada del complejo residencial.

Rodrigo Solares Mendoza, con su traje oscuro y su cara de hielo, parado en la acera como un centinela. Es de esas personas con una obsesión enfermiza por la limpieza; jamás entraría a un puesto callejero. No se acercará aquí.

¿Cómo encontraron esta dirección?

Me muerdo el labio. Una inquietud fría me recorre la espalda.

La dueña del puesto me reconoce al instante.

—Señorita Solares, ¿lo de siempre? ¿Una taza de chocolate y unas empanaditas?

Vengo a comer aquí con frecuencia. Los vecinos ya me conocen.

—Sí, sin cebolla y sin cilantro.

—Enseguida.

La señora mira hacia la puerta, hacia la figura de negro.

—Señorita, ¿conoce a ese hombre? Lleva dos días rondando por aquí. Tiene cara de pocos amigos. No parece buena persona.

—Mejor mantén la distancia. Uno nunca sabe.

Miro la silueta de Rodrigo a lo lejos. Un escalofrío me recorre.

—Sí. Lo sé.

Me como las empanaditas despacio. Espero hasta que oscurece. Finalmente, Rodrigo se da la vuelta, sube a su auto y se va.

Agarro las bolsas de la compra y subo corriendo.

Salgo del ascensor con la cabeza baja y choco de frente contra un pecho firme.

—¿Cómo puedes ser tan distraída?

Alzo la vista. Los ojos oscuros de Sebastián me miran desde arriba. Lleva una camiseta blanca simple y pantalones de deporte. Tiene gotas de sudor en la frente. Parece que iba a salir a correr.

Sus manos me rozan la cintura, pero sin tocarme realmente. Me sostiene apenas lo justo para que recupere el equilibrio, y luego me suelta.

Y en el momento en que veo su cara, el sueño de anoche estalla en mi memoria.

En el sueño, este hombre perdía el control. Como un perro fiel se aferraba a mí, con los ojos húmedos, rogándome en voz baja que le diera una vez más.

Mi cara arde. Mis orejas se ponen rojas. Doy un paso atrás.

—No... no estaba viendo por dónde iba.

Tartamudeo. Las palabras se me atoran.

Sebastián me mira con esos ojos profundos. Un sonido grave y breve.

—Mm.

Pasa junto a mí y entra al ascensor.

Camino hasta la puerta del departamento. Saco las llaves. Me tiemblan las manos. El corazón me late tan fuerte que puedo sentirlo en las costillas.

No me doy la vuelta, pero siento esa mirada clavada en mi espalda hasta que las puertas del ascensor se cierran con un timbre suave.

Solo entonces me atrevo a respirar. Apoyo la frente contra la puerta del departamento, con las bolsas de la compra colgándome de los brazos, y me río en voz baja de mí misma. Sobreviví al chantaje de los Solares, a la crueldad de Diego, a mi propia muerte. Y aquí estoy, temblando como una colegiala por culpa de un sueño.

Desde que tuve ese sueño absurdo, estar a solas con Sebastián me pone los nervios de punta. Y lo peor de todo, lo que no me atrevo a admitir ni frente al espejo, es que una parte de mí ha empezado a buscar esos encuentros en el ascensor. A calcular la hora en que él sale a correr. A quedarme un segundo de más en el pasillo.

No es un buen síntoma. Y no sé cómo curarlo.

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