Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 11
Capítulo 11 — Premio o castigo
—No —le dije, sin levantar la vista de las manos—. Ni así.
Esperé el golpe, o la orden, o esa voz de hielo con la que apagaba todo. No llegó ninguna de las tres. Se quedó un rato largo mirando la mesa fría, los platos de mi tierra intactos, el vapor ya muerto sobre el arroz. Después dio media vuelta y se fue, y yo me dormí con el estómago vacío y la rara victoria de haberle negado lo único que él no podía obligarme a hacer: tragar.
A la mañana siguiente entendí que me había equivocado de guerra.
No volvió a subir un solo plato de casa. Doña Delia llegó con una charola distinta, y la cara de quien trae una mala noticia: caldo claro, verduras al vapor, pechuga hervida sin sal, una fruta pelada en cuadritos. Comida de convaleciente. Comida de nadie.
—Órdenes del señor, mija —dijo, bajito—. Dice que hasta que baje del todo la fiebre, nada pesado. Nada de fritangas ni chiles. —Bajó todavía más la voz—. Se lo comió él con la mirada al de la cocina. El pobre no volvió a mandar ni una tortilla.
Así que era eso. Le había quitado los sabores como quien le quita el aire a un preso para que aprenda a agradecer que lo dejen respirar. Y lo peor —lo que me hirvió por dentro toda la mañana— fue que la pechuga hervida estaba en su punto, tibia, cortada finito para que no me costara masticar. Hasta en el castigo me cuidaba. O cuidaba lo suyo, que para él era lo mismo.
Volvió al mediodía. Entró sin tocar, como siempre, se sentó en el sillón junto a la ventana y me miró comer dos cucharadas y dejar la cuchara.
—Ven —dijo.
—Estoy bien aquí.
—Mía. —Solo el nombre falso, seco, como una correa que tira—. Ven.
Fui, porque las piernas me temblaban menos que la voluntad. Me sentó de un tirón en sus rodillas, un brazo cruzado en mi cintura como una barra de hierro. Yo me quedé rígida, mirando la pared.
—Anoche me negaste la comida —dijo, contra mi sien—. Hoy me niegas la silla. ¿Qué crees que estás negociando?
—No estoy negociando nada, señor. —Me obligué a que la voz no me temblara—. Solo le estoy diciendo lo que soy y lo que no. No soy un desahogo. No soy una mascota que se cura para que vuelva a servir. Soy una persona, y las personas no se guardan en una casa como se guarda un perro fino.
Sentí que se le tensaba el pecho detrás de mi espalda. Cuando habló, lo hizo despacio, casi con desprecio, y cada palabra fue una piedra:
—Te equivocas en algo. No me interesas como persona. Me interesa tu cuerpo, que me sirve, y tu sangre, que es rara y me conviene. Ser mi mujer —esa idea que se te nota en la cara— tiene un listón muy alto. Y tú no lo alcanzas ni de puntitas.
Debió creer que me humillaba. Lo que hizo fue soltarme por dentro un nudo viejo.
—Pues mire qué alivio —le contesté—. Yo tampoco lo quiero de marido. No hay ninguna mujer que sueñe con un hombre que la compra por litros de sangre. —Giré apenas la cara—. Ese es su problema, no el mío. Usted tiene todo el poder del mundo y no sabe qué hacer con él más que apretar. Premio o castigo, premio o castigo. Como se doma a un animal. Solo que yo no soy suya, y por más que apriete, lo que consigue no es cariño. Es miedo. Y el miedo, señor, se acaba. El mío ya casi se acabó.
—Premio o castigo —repitió él, saboreando mis palabras como si le hubieran gustado—. Es curioso que lo digas tú. Es justo así como funciona el mundo, Mía. Toda mi vida. El que obedece, come; el que se resiste, sangra. No lo inventé yo. Solo aprendí a ponerme del lado que reparte. —Me giró la cara con dos dedos para obligarme a mirarlo—. Podría premiarte. Podría darte cosas que ni sabes que existen. O podría castigarte hasta que me pidieras el premio de rodillas. Las dos me sirven. Elige tú.
—Ninguna —le dije, y le sostuve la mirada aunque me temblaba todo por dentro—. Un premio que se da para amansar no es un regalo, es una correa con moño. Y un castigo no enseña a querer, enseña a esconderse. Usted no quiere que lo quiera. Quiere que le baje la cabeza. Y eso, el día que pueda, se lo voy a quitar.
Hubo un silencio de esos que pesan. Esperé que la barra de hierro apretara. En vez de eso, aflojó. No del todo, pero aflojó.
—Hablas mucho para ser alguien que ayer se moría de fiebre —dijo, y había algo raro debajo del hielo, algo que no supe nombrar.
Me bajó de sus rodillas casi con cuidado. Y yo, envalentonada, tonta, cansada de esa comida de enfermo que me sabía a derrota, solté lo primero que me pidió el cuerpo:
—Si de verdad quisiera que comiera, me mandaría lo que mi mamá me daba de niña cuando me enfermaba. Duraznos en almíbar. De lata. Bien dulces, bien fríos. —Me encogí de hombros, ya arrepentida de haberle enseñado una grieta—. Pero da igual. Aquí no hay.
No dijo nada. Me miró un segundo de más y se fue.
Esa tarde lo vi de lejos, por la ventana, cruzando el jardín hacia el Torreón con el teléfono en la oreja. Y esa noche, sin querer, oí la otra parte de su mundo.
Doña Delia había dejado la puerta entreabierta. En el estudio de al lado —al que a veces él pasaba— la pantalla estaba encendida, y varias voces de hombres se cruzaban en una videollamada. Reconocí la de Saúl, y otras dos que no conocía. Una, ronca y burlona, hablaba de fusiles y de un cargamento; la otra, más joven, se reía de todo.
—Oye, patrón —dijo la ronca—. ¿Es cierto lo que cuentan? ¿Que el Rey sin corona tiene metida a una en la Casa de las Orquídeas? ¿Cómo hay que decirle ya? ¿La señora? —Risas—. Fito dice que le mandemos un ramo a la señora, no vaya a ser que…
—Rubén. —La voz de él cortó el aire—. Cállate.
—Ay, no se enoje. Si es una felicitación. Santiago dice que por fin floreció el árbol seco. Que ya era hora de que al Señor le…
No terminó. Oí un clic seco. Él había salido de la llamada. Sin más. Los había dejado a media broma, hablando solos, por una tontería sobre mí. Colgó y no volvió a entrar, y yo me quedé del otro lado de la puerta sin saber qué hacer con lo que acababa de oír.
No significaba nada, me dije. Un hombre orgulloso al que no le gustaba que se metieran en sus asuntos. Eso era todo.
Me acosté con esa idea. Y a la madrugada, cuando me levanté por agua, con la garganta seca, abrí el cajón del buró para buscar el vaso.
No estaba el vaso.
Estaban las latas.
Duraznos en almíbar. Una fila entera, apretadas, con etiquetas en idiomas que no reconocía —unas en español, otras en inglés, otras en letras que no supe leer—, como si alguien hubiera vaciado medio mundo buscando la que fuera. Frías. Recién puestas. Sin una nota, sin una firma, sin nadie a quien darle las gracias ni a quien reclamarle.
No eran latas de cualquier tienda. Alguien había tenido que buscar en aeropuertos, en tiendas de importación, en bodegas de medio mundo, hasta juntar todas las que existían, por si acaso la de mi infancia era una en particular. Alguien había recordado la palabra exacta que yo solté al pasar, una sola vez, en un cuarto, cansada y sin pensar. Y ese alguien no me lo había dicho. No quería el crédito. No quería mi agradecimiento. Solo quería que estuvieran ahí, en lo oscuro, cuando yo abriera el cajón buscando otra cosa.
Y eso —eso, que no cabía en "premio o castigo", que no cabía en nada de lo que él mismo me había dicho esa mañana con tanto desprecio— fue lo que me dejó helada.
Me quedé de rodillas junto al buró, con la mano dentro del cajón, sin tomar ninguna.