Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 23
Capítulo 23: No voy a rechazarte
Dante la alcanzó bajo la lluvia del patio.
Milena no sabía si Jacobo le había contado o si el vínculo lo había arrastrado desde el ala de sanación. No importaba. Lo oyó salir por la puerta antes de que dijera su nombre. Reconoció su respiración. Reconoció el paso contenido de un Alpha que quería correr y se obligaba a caminar para no parecer una orden.
—Milena.
Ella siguió caminando.
—No.
—No firmé nada.
Eso la detuvo.
Se giró.
Dante estaba sin abrigo, con las vendas manchadas bajo las mangas. La lluvia le pegaba en la cara y le oscurecía el cabello. Se veía enfermo. Furioso. Asustado. El tipo de miedo que no pedía consuelo porque ni siquiera sabía cómo recibirlo.
—Lorena dijo...
—Lorena quiere mi asiento, mi lobo muerto y a usted lejos.
—También dijo que verme con Gael lo hizo sangrar.
Dante no negó.
Milena soltó una risa seca.
—Perfecto.
—No por celos.
—No mienta.
—Sí por celos —corrigió él—. Pero sangré porque mi lobo quiso cruzar medio pueblo y traerla de vuelta por los dientes. Lo contuve.
La lluvia llenó el espacio entre ambos.
Milena apretó la carpeta contra el pecho. El papel firmado parecía más pesado que el medallón Varela.
—Firmé la disolución humana.
Dante cerró los ojos.
El dolor le cambió el olor.
—Está bien.
—No suene tan noble.
—No estoy siendo noble. Estoy tratando de no pedirle que la rompa.
Milena dio un paso hacia él.
—No firmé el rechazo.
Dante abrió los ojos.
Negros. Dorados en el borde.
—Por qué.
—Porque no voy a decirle a un papel lo que no puedo decirle a usted.
El vínculo se tensó.
Dante respiró con dolor.
—Si quiere irse, voy a abrir la frontera.
—No le pregunté eso.
—Tiene que saberlo.
—Estoy cansada de salidas ofrecidas como castigo.
Él avanzó.
Esta vez no se detuvo tan lejos.
—Entonces dígame qué quiere.
Milena levantó la cara bajo la lluvia.
Quería respuestas. Quería a Abuela Clara viva. Quería saber si Serena Varela era su madre y por qué alguien había enterrado ese nombre. Quería no ser usada por Rodrigo, ni por Gael, ni por Lorena, ni por Dante.
También quería poner la boca en la de él desde la noche del invernadero.
Eso la enfurecía.
—Quiero que deje de sangrar cada vez que siento más de la cuenta.
Dante soltó un sonido bajo.
—No controlo todo el vínculo.
—Aprenda.
—Lo haré.
—Quiero que no me reclame cuando otro hombre me toca la muñeca.
—Lo intentaré.
Milena lo miró.
—Respuesta incorrecta.
Dante tragó.
—Lo haré.
La lluvia le bajaba por el cuello. Milena siguió una gota con los ojos. Dante lo notó. El aire cambió. El vínculo, cruel y vivo, convirtió esa mirada en calor.
—Y quiero...
No terminó.
Dante no se movió.
Esperó.
Maldito fuera por aprender justo ahora.
Milena agarró el frente de su camisa y lo atrajo.
El beso no fue suave.
Tampoco fue limpio.
Fue rabia, lluvia, alivio y hambre. Dante no la sujetó hasta que ella abrió la boca contra la suya. Entonces sus manos fueron a su cintura, firmes, calientes, cuidadosas de no cerrar una jaula.
El vínculo explotó.
Milena sintió el calor bajar por su espalda y encenderle la piel bajo el vestido mojado. Dante gruñó dentro del beso. Su lobo empujó hacia ella, no para marcar, sino para reconocer. La boca de él sabía a lluvia y a sangre contenida. Sus manos no subieron. No exigieron. Pero la presión de sus dedos en la cintura le dijo a Milena cuánto le costaba quedarse allí.
Ella le mordió el labio.
Dante se quedó quieto.
—¿Sí? —preguntó contra su boca.
La pregunta le desarmó la furia.
Milena respiró una vez.
—Sí.
La besó otra vez.
Más lento.
Peor.
Milena sintió cada límite porque él los sostenía con las manos abiertas, esperando que ella cruzara primero. Ella cruzó un poco más: una mano a su nuca, dedos en el cabello mojado, el cuerpo acercándose hasta que el calor de Dante le atravesó la ropa.
Él tembló.
No por frío.
—Milena.
—No diga mi nombre como advertencia.
—Lo digo para recordar que puedo parar.
Ella cerró los ojos un segundo.
Eso dolió en un lugar nuevo.
—No voy a rechazarte —dijo.
Sus dedos se cerraron en su cintura.
—No voy a marcarte hasta que me lo pidas.
La promesa cayó entre los dos con más peso que cualquier juramento.
Milena apoyó la frente contra su pecho. Bajo la camisa mojada, el corazón de Dante golpeaba demasiado rápido.
El olor de su sangre cambió.
Milena lo sintió antes de que él se apartara.
Acónito.
Más fuerte.
Más cerca del corazón.
—Dante.
Él bajó la mirada a su propia camisa.
Una mancha oscura crecía bajo la lluvia.
El beso no lo había roto.
Lo había despertado.