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OTRA TONTA REENCARNACIÓN... ESTÁ HEREDERA DA MUERTE A LOS CLICHES

OTRA TONTA REENCARNACIÓN... ESTÁ HEREDERA DA MUERTE A LOS CLICHES

Status: Terminada
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El consejo que es trampa

La puerta del despacho ducal se abrió sin que nadie llamara. Entró Fabrizio Valdris, uno de los cuatro nobles que respaldaban a Lucrezia —hombre de mediana edad, traje impecable, sonrisa que llegaba a los ojos pero nunca se quedaba ahí. Llevaba un pergamino bajo el brazo y una expresión de profunda preocupación que parecía ensayada frente a un espejo durante horas.

Tony estaba revisando cuentas sobre el escritorio, pluma en mano, y no levantó la vista cuando él entró.

—Señor Valdris. Qué… puntualidad. ¿Le traje una factura sin pagar o viene a ofrecerme algo que no voy a poder rechazar?

Fabrizio cerró la puerta con cuidado, como si el aire pudiera escapar. Se acercó con paso lento, respetuoso, y bajó la voz como si las paredes tuvieran oídos —lo cual, en este castillo, era muy probable.

—Antonia… puedo llamarte Antonia, ¿verdad? He venido como amigo. Como alguien que ve lo que está pasando y no puede quedarse callado. Tienes enemigos. Poderosos. Organizados. Y estás peleando sola. No es justo. Y no es seguro.

Tony apoyó la barbilla en la mano y lo miró con una curiosidad educada.

—Qué amable. ¿Y cuál es su consejo, "amigo"? ¿Que me rinda? ¿Que me case con el primero que pase? ¿Que me vaya a vivir a una cueva y olvide mi nombre? Dígamelo pronto, que tengo cuentas que revisar y prefiero saber si pierdo el tiempo.

Fabrizio sonrió, con la paciencia de quien explica el mundo a un niño.

—Nada de eso. Te ofrezco lo que todo heredero necesita: consejo, guía y protección. Yo y los otros tres nobles podemos respaldarte. Podemos asegurar tu posición. Podemos neutralizar a Lucrezia sin que manches tus manos. A cambio… solo pedimos una cosa pequeña.

—Qué conveniente —murmuró Tony, tomando el pergamino que él le tendía—. Siempre hay una cosa pequeña. Vamos a verla.

Desplegó el documento. No era un tratado de alianza. Era un reglamento. Tres páginas de letra apretada, elegante, y peligrosa como un suelo resbaladizo. Leyó despacio, moviendo los labios apenas, y cuanto más leía, más se le iluminaba la mirada… de diversión.

—"La heredera consultará con el Consejo antes de tomar cualquier decisión de importancia" —leyó en voz alta—. "No celebrará alianzas ni contraerá matrimonio sin su aprobación". "Delegará la administración de las tierras y rentas hasta que… demuestre madurez suficiente".

Levantó la vista y lo miró, con una sonrisa que amenazaba con convertirse en carcajada.

—Madurez suficiente. Qué frase tan… flexible. ¿Y cuándo considerarán que soy madura? ¿Cuando haga exactamente lo que ustedes digan? ¿Cuando deje de preguntar? ¿Cuando firme todo lo que me pongan delante sin leerlo? Qué definición tan interesante de madurez. Casi parece sinónimo de obediencia.

Fabrizio mantuvo la compostura, aunque sus dedos se entrelazaron con fuerza.

—Es por tu bien, Antonia. El mundo es peligroso. Tú eres joven. Estás sola. Necesitas guía.

—¡Ah, guía! —exclamó Tony, dejando el pergamino sobre la mesa como si fuera un plato de sopa fría—. Qué palabra tan bonita. Guía. Como si yo estuviera perdida y ustedes tuvieran el mapa. Pero dígame, señor Valdris: ¿dónde estaban ustedes cuando llegué? ¿Dónde estaba su guía cuando me envenenaron? ¿Cuando me empujaron por las escaleras? ¿Cuando Lucrezia intentó hundirme con un rumor? Porque yo no recuerdo haberlos visto entonces. Solo los veo ahora que empiezo a defender lo que es mío. Qué momento tan… oportuno para descubrir que soy "demasiado joven".

—No puedes gobernar sola —insistió él, con tono más firme—. Nadie lo espera. Nadie lo desea. La corte necesita orden.

—¡Orden! —repitió Tony, soltando una risa breve y seca—. Ahora entiendo. Para ustedes, orden es que yo calle y ustedes decidan. Orden es que yo lleve el título y ustedes el poder. Orden es que yo firme y ustedes cobren. Qué lástima que tengamos definiciones distintas. Yo llamo a eso… usurpación disfrazada de tutoría. Y es tan clásico que casi ofende la imaginación. ¿No podrían inventar algo nuevo? ¿Algo que no parezca copiado de la página dos del manual de tiranos para principiantes?

Fabrizio dio un paso adelante, perdiendo la amabilidad.

—Te arriesgas mucho, Antonia. Rechazar el consejo de quienes pueden protegerte… es arriesgarte a quedarte sin protección. Y sin aliados. Y sin trono.

—¿Es una amenaza o una advertencia? —preguntó Tony, inclinándose hacia él—. Porque si es amenaza, se la agradezco. Es muy clara. Si es consejo… ya le dije qué hacer con él.

Tomó la pluma, mojó la punta en tinta, y antes de que él pudiera detenerla, escribió debajo de la última cláusula con letra clara y firme:

«Acepto el consejo. El Consejo se reunirá cada mañana al amanecer, redactará informes por triplicado, y será responsable de todo lo que salga mal. Sin autoridad, sin poder de decisión, y sin pago. Gracias por su guía.»

Firmó con un trazo seco, seco como el trato que le ofrecían, y le devolvió el pergamino.

—Ahí tiene. Acepté su consejo. Ahora es su responsabilidad. Si algo me pasa, si una oveja se pierde, si un grano de trigo se pierde en el granero… iré a ustedes. ¿No querían guiarme? Pues guíen. Pero no cobrarán por ello. El servicio gratuito es tan… edificante, ¿no cree?

Fabrizio miró el pergamino, luego a ella, con una expresión que mezclaba rabia, estupefacción y respeto a regañadientes. No podía enfadarse: ella había aceptado. Había tomado su "ayuda" y la había convertido en una carga. Le había dado exactamente lo que él pedía… pero al revés.

—Eres astuta —dijo él, con voz baja—. Demasiado astuta para tu propio bien.

—Y usted es demasiado ambicioso para ser mi amigo —respondió Tony, tranquila—. Así que hagamos un trato, señor Valdris: yo no les pido que me gobiernen. Ustedes no intenten que yo les pida permiso para respirar. Si quieren ayudarme… mantengan a Lucrezia ocupada. Si quieren darme consejos… que sean gratuitos. Si quieren traicionarme… al menos sean originales. La previsibilidad empieza a aburrirme.

Fabrizio se marchó sin despedirse, cerrando la puerta con un golpe seco que hizo temblar la vela. Tony se quedó sola, mirando la puerta, y soltó un suspiro de alivio que sonó mucho a risa.

—"Consejo, guía y protección" —murmuró, recargándose en el sillón—. Traducción: "Dános tu dinero, tu tierra y tu nombre, y nosotros te dejaremos sentada en una silla bonita mientras decidimos todo por ti". Qué generosos. Qué tiernos. Qué estúpidos si creyeron que aceptaría.

Giulia entró poco después, con una bandeja de té, y vio la sonrisa de Tony.

—¿Se fue enfadado?

—Se fue confundido —corrigió Tony—. Esperaba que gritara, que rechazara, que llorara. No esperaba que aceptara. Nadie espera que aceptes su trampa… y la conviertas en su deber. Eso los desarma. Porque no saben qué hacer cuando no sigues el guion que escribieron para ti.

—¿Cree que lo intentarán de nuevo? —preguntó Giulia, sirviendo el té.

—Por supuesto —respondió Tony, tomando la taza—. La próxima vez no vendrán con contratos. Vendrán con lealtad. Con amistad sincera. Con lágrimas en los ojos. Porque el dinero se puede negar. El poder se puede resistir. Pero la amistad falsa… esa es la trampa más difícil de ver. Y la más peligrosa.

Miró por la ventana, donde el sol empezaba a bajar, tiñendo de dorado las torres del castillo.

—Pero ya saben una cosa: cuando alguien me ofrece "ayuda sin condiciones", primero leo las condiciones. Y si no las encuentra escritas… están escondidas en el tono de voz. Y yo escucho el tono. Siempre.

En el pasillo, la figura que siempre observaba se detuvo un instante. Esta vez no se marchó de inmediato. Esta vez, asintió lentamente, como aprobando una jugada que nadie esperaba. Y desapareció entre las sombras, dejando tras de sí la certeza de que el juego se había vuelto mucho más serio… y mucho más interesante.

Tony bebió su té tranquila. Había ganado otra vez. No con fuerza, no con magia, no con el futuro. Con la capacidad de ver lo que otros ocultan bajo palabras bonitas. Y con la audacia de decir: acepto tu trampa… pero ahora es tu problema.

«Me ofrecieron guía», pensó, dejando la taza vacía. «Lo que no saben es que yo ya sé el camino. Solo estoy esperando a que ellos se cansen de intentar decirme por dónde ir.»

Sonrió. Y abrió el siguiente libro de cuentas. Había trabajo que hacer. Y nadie lo haría por ella.

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EspirituCreativo
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