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DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Autosuperación / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.

Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.

Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.

Pero Abelardo no era aquel hombre.

Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.

Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El remate de un falso sueño

Un sobre con el sello oficial del poder judicial llegó a la casa materna a mitad de semana. Abelardo lo abrió en el patio trasero bajo la mirada atenta de su padre. Se trataba de la notificación formal de ejecución hipotecaria y remate público de su departamento en la capital. La entidad bancaria había fijado la fecha para rematar el inmueble y saldar así la mayor parte de la deuda que Abelardo acumuló por las tarjetas de crédito y el préstamo que solicitó para complacer a Deborah.

Al leer cada línea del documento, un dolor profundo y desgarrador le atravesó el pecho. No era una simple pérdida administrativa; era ver cómo el sudor de diez años de trabajo amargo, de privaciones, de madrugadas sin dormir y de sacrificios personales se desvanecía en un abrir y cerrar de ojos. Apretó el papel hasta arrugarlo, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia le quemaban los ojos. El dolor era doblemente cruel porque no podía culpar solo a la suerte: la culpa le carcomía las entrañas al recordar las advertencias claras de Carlos, los consejos de Mateo y las miradas de preocupación de sus padres. Todos se lo dijeron, todos le advirtieron sobre el interés de Deborah, y él, por ciego, soberbio e insensato, decidió ignorarlos para entregarles su esfuerzo en bandeja de plata.

Don Mateo, al notar cómo el cuerpo de su hijo temblaba por el llanto contenido, se acercó a paso firme y le puso una mano pesada sobre el hombro.

—¿Es la carta del juzgado, hijo?

—Sí, papá... —alcanzó a articular Abelardo con la voz completamente quebrada y ahogada por la angustia—. Van a rematar el departamento. Diez años de mi vida, papá... Diez años trabajando de sol a sol, privándome de todo, regalados a una mujer a la que no le importé nada. Me lo dijeron mil veces y no escuché. Fui un imbécil.

—Llora todo lo que tengas que llorar, Abelardo —dijo Don Mateo con tono grave y maternal dureza—. El error fue tuyo por no escuchar a quienes te querían de verdad y dejarte llevar por espejismos. Duele perder el fruto del trabajo por un mal viaje de la cabeza, y ese dolor lo vas a cargar para no volver a cometer la misma estupidez.

Abelardo se dejó caer sobre el banco de madera, cubriéndose el rostro con las manos manchadas de grasa del taller. El golpe era demoledor: ver el esfuerzo de una década reducido a un remate judiciales por una deuda que ni siquiera disfrutó. Sin embargo, en medio del sufrimiento y del peso de su propia negligencia, entendió que no había marcha atrás. Aquel departamento era la última cadena que lo ataba a su error.

—Es el precio de mi ceguera, papá —susurró Abelardo, secándose las lágrimas con rabia y alzando la mirada con la garganta ardiente—. Perderlo todo me quema el alma, pero no voy a huir del problema. Que se ejecute el remate. Con lo que recaude el banco se pagará la mayor parte de la deuda. Lo que quede lo pagaré sudando cada centavo en la empresa de Don Hernán.

—Esa es la amarga lección de la vida, hijo —asintió Don Mateo con firmeza—. El dinero que se va por no pensar no vuelve, pero la lección te queda grabada con fuego.

Esa misma tarde, Abelardo llamó al abogado asignado por el banco para confirmar que no pondría ninguna traba legal ni apelación al proceso de ejecución. Firmó la conformidad con el corazón hecho pedazos pero con la mente clara. Al colgar el teléfono, sintió que dejaba atrás los escombros de su antiguo patrimonio, pagando con lágrimas la factura de su imprudencia, pero dispuesto a reconstruirse sobre una base de absoluta realidad.

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