El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
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Capítulo 2
Me reí. No supe hacer otra cosa.
Fue una risa corta, seca, sin ninguna alegría dentro, la risa de quien acaba de oír algo tan absurdo que el cuerpo no tiene otra respuesta.
—¿Algo a largo plazo? —Recogí los billetes de la almohada y los metí de vuelta en la cartera con dedos torpes, evitando su mirada—. Muchacho, no sabes ni lo que dices. A largo plazo. —Sacudí la cabeza—. Vístete bien. Yo ya me voy.
Me vestí de espaldas a él, rápido, abrochándome la blusa al revés y volviéndola a abrochar, con la dignidad hecha jirones pero de pie, que es como una aprende a estar de pie después de los cuarenta: no porque no duela, sino porque ya no queda de otra. No volví a mirarlo. Recogí la bolsa, salí del cuarto, bajé las escaleras rechinantes del hotelucho y empujé la puerta a la calle.
La Ciudad de México en pleno invierno es un cuchillo. El viento me cortó la cara, todavía caliente por la bofetada de la tarde, y el frío se me metió hasta los huesos con esa saña que solo tienen las noches de enero, cuando el cemento suelta todo el hielo que juntó en el día. Me abracé sola, apretándome el abrigo delgado contra el pecho. Ya no tenía a quién más abrazarme. La idea me llegó fría y clara: estaba sola en una calle a la medianoche, cuarenta años, sin casa a la cual volver que fuera de verdad mía.
—¡Beatriz! ¡Espera!
Dante venía tras de mí, la camisa a medio fajar, el aliento haciéndole humo, brincando los charcos congelados. Apreté el paso, tonta de mí, como si pudiera dejar atrás algo a lo que le sobraban veinte años de piernas.
—Dame tu WhatsApp —dijo, alcanzándome sin esfuerzo, poniéndose a mi lado—. Nada más eso. Nada más un número.
—No. —Ni lo miré—. Fue un juego. Se acabó. Y por si no lo notaste allá arriba, tengo cuarenta años. Cuarenta. Tú tendrás, ¿qué, veinte y algo? Vete a tu casa, muchacho. Búscate una de tu edad, que las hay a montones y ninguna te va a pagar por la molestia.
—Los años no me preguntaron a mí si me importabas —contestó, tan tranquilo, tan seguro, que me dieron ganas de zangolotearlo por los hombros hasta que se le cayera esa calma de encima.
Suspiré, echando vaho. Saqué el celular con el único fin de quitármelo de encima. Le dije que abriera su código. Fingí escanearlo, apunté la cámara a la pantalla brillante, moví el pulgar por encima sin darle aceptar, y guardé el teléfono en la bolsa con un gesto de asunto terminado.
—Listo —mentí—. Ya te agregué. Buenas noches. Adiós.
Caminé media cuadra sintiéndome astuta, felicitándome por la maniobra. No llegué ni a la esquina.
—Mentirosa. —Ya estaba otra vez a mi lado, con su propio celular en alto, girándomelo para que viera la pantalla vacía—. No me llegó nada. Ni una solicitud, ni una notificación. Nada.
—Se habrá caído la señal —dije, sin convicción.
—Beatriz. —Lo dijo bajito, solo mi nombre, y algo en cómo lo dijo me quitó las ganas de seguir mintiendo.
El viento arreció, una ráfaga larga que barrió la calle y me hizo entrecerrar los ojos. Y entonces aquel muchacho hizo algo que ningún hombre había hecho por mí en veinte años: se movió. Se plantó entre el viento y yo, dándole la espalda a las ráfagas, usando su propio cuerpo de pared para taparme. Levantó el celular otra vez, la pantalla encendida esperando el código, y se quedó así, aguantando, mientras el aire helado se le colaba por la camisa abierta y le pasaba entre los dedos.
—Métete las manos a los bolsillos, te vas a congelar —le dije, molesta, sin saber por qué de repente me temblaba la voz por algo que no era el frío.
—Cuando me agregues —dijo, y ni se movió.
Se le pusieron los nudillos rojos. Luego las puntas de los dedos moradas. La mandíbula le empezó a castañetear, disimulada. Y no se movió. Se quedó ahí, terco como una mula, tiritando en silencio, tapándome del viento como si yo fuera algo que valiera la pena cuidar, algo frágil, algo que no se deja a la intemperie.
Y algo se me aflojó en el pecho. Algo que llevaba muchísimo tiempo apretado, con nudo doble, se soltó de golpe y me subió a la garganta.
—Dame acá. —Le arranqué el teléfono de las manos heladas, escaneé de verdad, le di aceptar, esperé el sonidito de confirmación y se lo devolví de un empujón—. Ya. ¿Contento? Ahora sí métete las manos, por Dios santo, que te van a tener que amputar.
Su usuario apareció en mi pantalla. "Solo quiero ser un buen hombre", decía, con una foto de un héroe de película de esas de capa, muy digno, muy salvador. Puse los ojos en blanco. El mío decía "Orquídea serena", un nombre que me había puesto años atrás, cuando todavía me creía capaz de ser una mujer serena, cuando todavía pensaba que la serenidad era una virtud y no una forma bonita de decir resignación. Lo guardé como Dante. A secas. Sin corazón, sin nada.
—Que quede clarísimo —le dije, ya con el teléfono en la bolsa, señalándolo con el dedo—: fue una noche. Ya pasó. No me escribas para nada que no sea nada. No hay nada que hablar entre tú y yo.
Sopló sobre sus manos, se las frotó, y sonrió como si acabara de ganarse la lotería con un boleto de a peso.
—Buenas noches, vieja.
No le contesté. Me di la vuelta y caminé hacia mi casa. Mi casa. La palabra me supo a ceniza en la boca. A la vuelta de la esquina paré un taxi y le di la dirección del Fraccionamiento Los Tulipanes, y en todo el trayecto miré por la ventanilla las luces de la ciudad corriendo hacia atrás, pensando en que iba de regreso al único lugar donde ya no quería estar.
Cuando llegué, la muchacha ya no estaba. La sala estaba recogida, los cojines en su sitio, como si nada hubiera pasado, como si yo hubiera imaginado la tarde entera. Rodrigo estaba en la recámara, en pijama, recostado en la cama con unos papeles y los lentes en la punta de la nariz, tan a gusto que por un momento dudé de mi propia memoria. Alzó la vista por encima de la montura.
—¿A dónde fuiste? —preguntó, con un fastidio de dueño de casa a quien le mueven las cosas de lugar—. Son casi las doce. Me tenías con pendiente.
Con pendiente. Lo miré. De verdad lo miré, quizá por primera vez en años, como se mira a un desconocido en el metro. Cuarenta y cinco años, investigador universitario, canas prematuras muy cuidadas, esa cara de hombre sensato que engaña a los alumnos, a los colegas, a los vecinos y a todo el mundo, menos a la mujer que le ha lavado la ropa durante dos décadas. Traté de recordar cuándo fue la última vez que me tocó con ternura, sin prisa, porque quisiera y no por costumbre, y no pude. No había fecha. No había recuerdo. Solo un largo desierto que yo, en mi terquedad, había confundido con un matrimonio.
Me acordé, sin querer, del muchacho tiritando en la calle con las manos moradas por no soltar el celular. Y me acordé de este otro hombre, tibio bajo las cobijas, que en veinte años nunca aguantó nada por mí. La comparación llegó sola, cruel y exacta, y ya no la pude sacar de mi cabeza. Uno tenía veintidós años y me había tapado del viento con su cuerpo. El otro tenía cuarenta y cinco y me preguntaba con fastidio por qué llegaba tarde.
Fui al cajón del tocador. Saqué la carpeta donde guardo los documentos importantes: el acta de matrimonio amarillenta, con la foto de dos jóvenes que ya no existían; mi credencial de elector, la suya. Volví a la cama y dejé todo sobre el buró, junto a sus papeles y su vaso de agua, con un golpe seco de carpeta contra la madera.
—¿Y esto? —Frunció el ceño, bajando los lentes.
Me enderecé. Bajé la voz, porque cuando de verdad me enojo no grito: hablo despacio, muy despacio, para que cada palabra pese exactamente lo que tiene que pesar y no se pueda malentender.
—Rodrigo, vamos a divorciarnos ahora mismo.