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Mi Nueva Versión

Mi Nueva Versión

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Brujas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Jaqueline Nicole

Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.

NovelToon tiene autorización de Jaqueline Nicole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 8

​El crujido del altavoz del intercomunicador rompió el silencio de la calle. Pasaron unos segundos eternos hasta que la puerta principal del edificio se abrió.

​Mateo apareció en el umbral.

​Al verlo, el dolor acumulado en el pecho de Lucía pareció disiparse por un instante. Una sonrisa involuntaria, llena de alivio y esperanza, le iluminó el rostro. Después de siete días de angustia y silencio, volver a tenerlo frente a frente significaba la posibilidad de entenderlo todo, de arreglar las cosas y recuperar la calidez de antes.

​Sin embargo, Mateo no dio un paso hacia ella. Se quedó bajo el marco de la puerta, vistiendo ropa de estar en casa y con el ceño fruncido. Al ver a Lucía, su rostro no reflejó alegría ni sorpresa agradable, sino una molestia evidente.

​La sonrisa de Lucía se apagó de inmediato.

​—¿Qué haces aquí? —preguntó él, con un tono seco y distante.

​Lucía parpadeó, desconcertada por el recibimiento, pero intentó mantener la calma.

​—Vine a verte porque no me contestas las llamadas... Ni los mensajes. Pensé que tal vez te había sucedido algo.

​Mateo suspiró con pesadez, pasándose una mano por el cabello y mirando hacia la calle, como si temiera que los vecinos lo vieran.

​—No me sucede nada. Pero no tendrías que haber venido sin avisarme.

​Lucía lo miró con extrañeza, sintiendo una primera punzada de frialdad en la boca del estómago.

​—¿Pero por qué no? Si eres mi novio... ¿Por qué no podría venir a verte? Estás un poco raro, Mateo.

​Él dio un paso atrás, manteniendo la distancia.

​—Es que no quiero verte —dijo sin rodeos—. Si no te contesté los mensajes es porque realmente no quiero verte. No quiero hablar contigo.

​Las palabras cayeron como un golpe físico. A Lucía se le llenaron los ojos de lágrimas al instante. El nudo en su garganta se apretó tanto que apenas podía articular sonido.

​—¿Pero por qué? —alcanzó a murmurar, con la voz quebrada—. ¿Qué te pasa, Mateo? ¿Qué sucedió? ¿Hice algo mal?

​Él vaciló un segundo, cruzándose de brazos.

​—Sí... No. No es eso. Solo que necesito tiempo. Ahora no estoy bien para hablar de nosotros. Necesitamos un tiempo.

​—¡Pero si estaba todo bien! —exclamó ella, sintiendo que las lágrimas finalmente se le escapaban por las mejillas—. ¿Qué fue lo que sucedió? Yo no te hice nada. Te esperé todo el viaje... Desde que volviste de la playa has cambiado demasiado. Yo no cambié nada.

​—Solo necesito tiempo —insistió él.—. Necesito que te vayas ahora.

​—Pero ¿por qué? Déjame entrar, hablemos dos minutos, por favor —le rogó ella, dando un paso al frente con las manos temblorosas.

​—No. No quiero hablar ahora. Por favor, necesito que te vayas.

​—Por favor, Mateo... Quiero hablar contigo, déjame explicarte cómo me siento...

​Mateo endureció la mirada y negó con la cabeza, perdiendo la paciencia.

​—No. Lárgate de aquí, por favor. Ya tuve suficiente contigo.

​Antes de que ella pudiera reaccionar, dio un paso atrás y le cerró la puerta en la cara con un golpe seco. El sonido del pestillo encajando resonó con una frialdad absoluta.

​Lucía se quedó inmóvil frente a la madera barnizada, mirando el punto fijo donde hacía un segundo estaba el hombre que amaba. Escuchó sus pasos alejándose hacia el interior.

​Sentía que el pecho se le partía en dos, que el corazón se le desintegraba en pedazos en ese mismo instante. Ver a Mateo cerrarle la puerta sin un atisbo de piedad destruyó cualquier resto de dignidad que le quedaba.

​Se dio la vuelta y echó a correr.

​No quería que nadie en el transporte público la viera deshecha de ese modo, así que decidió caminar las decenas de calles que la separaban de su departamento. La caminata nocturna se convirtió en un tormento interminable. El aire frío de la noche le quemaba el rostro humedecido por las lágrimas, mientras la escena de la puerta cerrándose se repetía en su mente en un bucle doloroso. Todo lo que había creído, la intimidad construida, las risas en la cocina y los abrazos de madrugada se habían transformado en un veneno que la consumía por dentro.

​Caminaba a ciegas, ahogándose en su propio llanto

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